«Las diferentes sensaciones de contento o disgusto descansan no tanto sobre la condición de las cosas externas que las suscitan como sobre la sensibilidad peculiar a cada hombre para ser grata e ingratamente impresionado por ellas. De ahí proviene que algunos sientan placer con lo que a otros produce asco; de ahí la enamorada pasión, que es a menudo para los demás un enigma, y la viva repugnancia sentida por éste hacia lo que para aquél deja por completo indiferente. El campo de las observaciones de estas particularidades de la naturaleza humana es muy amplio, y oculta aún buena copia de descubrimientos tan interesantes como instructivos. Por ahora dirigiré mi mirada sobre algunos puntos que parecen particularmente destacarse en este terreno, y más con el ojo de un observador que de un filósofo». (Kant. «Lo bello y lo sublime»).
Parece que hay medios que ofrecen pingües cantidades para hacerse con la historia de Natascha Kampusch. Nunca estuvo tan al alza el sentimentalismo. Jamás el llanto en público concitó tanto interés mediático. Lo culminante es el momento de la lágrima, bien sea de la víctima o de sus allegados. A semejante reto denigratorio hemos llegado en el momento presente. Algo que siempre se ha mimado y respetado como es la intimidad (deficientemente llamada «privacidad» para los que hacen mal uso del idioma) está en venta en los últimos años. Y los medios sirven en bandeja un bien que muchos no dudan en vender al mejor postor, un bien que mancillan y pudren. Un bien prostituido.
Lo que interesa no es la historia de un sufrimiento. Lo que se demanda no es un largo episodio de privación de libertad. Lo que concita el interés no es la psicología enfermiza de un secuestrador. No, lo que levanta las pasiones más bajas es saber lo que sucedió en ese agujero. Ojos que se asoman. Narices que olisquean. Inmersiones en un reducto en el que sólo pueden mirar y oler los que no sienten repugnancia ante el morbo.
Ahí está, con un descaro nauseabundo, el ojo que pone a la vista de quienes estén interesados en ello lo que podría denominarse pornografía sentimental. ¡Cuántas gentes sin escrúpulos tienen ya las preguntas más vomitivas en la boca, prestas a ser proferidas bien sea a Natascha, bien a sus padres y también a quien la tuvo en cautiverio!
Urge que alguna autoridad en materia estética salga a la palestra a explicar el abismo que separa lo sentimental de lo sentimentaloide. Apremia que se recuerde al efecto que la infinita distancia que hay, pongamos por caso, entre «La Regenta» y cualquier folletón alcanforado y mohoso no es la trama en sí misma, sino cómo está contada, es decir, desde qué perspectiva se narra y a qué tipología de lectores va dirigida.
No se trata de los mimbres, sino de qué se hace con ellos, de cómo son presentados, lo que también conlleva a quiénes van dirigidos. La historia de Natascha no ha conmovido, por seguir con excelencias literarias, como lo ha hecho el «Diario de Ana Frank». No, en el caso que nos ocupa lo que vemos son buscadores de tripas, de mondongo. No es el horror ante la ausencia de libertad, sino el babeo ante el morbo. Aquí no huele a cerrado, a cautividad. Aquí los hedores son de muy distinta índole.
Pornografía sentimental. Habrá quien no descanse hasta que pregunte los detalles más escabrosos. Habrá quien busque desesperadamente la lágrima de Natascha y de sus padres, así como la «confesión» de su secuestrador. No se busca la lágrima que, según el logrado verso de Claudio Rodríguez, «hace feraz» un llanto. Lo que se intenta hacer, no sé con qué grado de consciencia, es violar la intimidad de quien ha sufrido y exponerla en ese prostíbulo mediático que vende pornografía sentimental.
Dolor que se pretende prostituir. Alguien lo dejó escrito: «En el dolor nos hacemos, en el placer nos gastamos». Aquí se trata de un dolor raptado, puesto y expuesto a la venta, que no busca fines reparadores en lo moral, que no lleva consigo valor estético alguno, que es puro mercadeo del peor. Lo que más conmociona de todo es la constatación de que vivimos en la era de la pornografía sentimental.
Algo huele a podrido en esta era de la información. Y lo más alarmante de todo es que no hay ningún Hamlet que denuncie tal cosa, porque la excelencia estética no cotiza.
Lo acaba de escribir Millás a propósito de este suceso: «¡Qué duro es todo!». Porno duro el de la pornografía sentimental. La peor abyección estética imaginable.

estimado amigo:
parece que tenemos visiones similares...
me alegro de comprobar que no estamos tan locos y que no debemos ser tan pocos como creemos
yo también escribí con menos intensidad y menos brillantez en mi blog lo que me provocaba la venta del daño a una niña
yo, a través de mi blog, lo planteo en términos de denuncia y humor casi todo, pero mientras tanto sufro observando...
desde luego esta es la auténtica pornografía...
un abrazo solidario
seis dragones