ARTUR Mas, el candidato de CiU a la presidencia de la Generalitat, se ha comprometido, si gana las elecciones autonómicas de noviembre, a liderar desde Barcelona un nuevo modelo económico para España. No está mal. Alguien tendrá que hacerlo y, mientras le llega -si le llega- el turno de poder al PP, Mas parece mejor dispuesto para el intento que Pedro Solbes. El vicepresidente, a pesar de su irreprochable currículo en los gobiernos de España y en la Comisión Europea, más que brillar como una estrella luce como una chapa refractante. Parece haber cambiado la iniciativa por la paz y lo mismo se reflejan en él las ambiciones y las intrigas de su teórico subordinado José Montilla, también ansioso de Govern, que los discretos servicios de Carlos Solchaga en contra de Endesa y en beneficio de Gas Natural.
Es la constante desde la arribada de José Luis Rodríguez Zapatero a La Moncloa, mucha sonrisa y poca chicha. Muy lejos de un plan de acción, más o menos coincidente con su programa electoral, el presidente aprovecha cualquier circunstancia para ir parcheando los agujeros que él mismo produce. La nación se perjudica y empobrece, pero él destaca como estadista, algo más que un efecto de la propaganda y algo menos que una verdad constatable. Aquí los problemas no se solucionan, y me temo que ni tan siquiera se pretende hacerlo. Se disimulan y posponen. Por eso las chispas de alegría que la actualidad aporta a la realidad nacional producen mucho ruido y gozo abundante.
El jurado del Premio Príncipe de Asturias de los Deportes le otorgó el galardón de este año a la selección española de baloncesto por el mérito de su éxito en Japón. No podía ser de otro modo. Hacía tiempo que el nombre y la bandera de España no adquirían tanto protagonismo... dentro de España. Un milagro de Pepu Hernández y sus muchachos que trasciende lo deportivo para señalarnos, oportunamente, lo decaído que está el concepto nacional y la fuerza que puede llegar a tener a poco que se le estimule y anime.
La incapacidad del Gobierno subraya éxitos como los de la selección de baloncesto, que actúa como contraste y lección de equipo y objetivos. El papelón que viene representando Solbes y me servía de ejemplo de las sombras gubernamentales unas líneas más arriba no es único. Tómese por donde se quiera la lista del Consejo de Ministros y, salvo la hueca sonrisa del presidente y el vestuario de la vicepresidenta, poco más hay que destacar. De ahí que Mas, que ha heredado de Jordi Pujol la ambición de Cataluña y un moderado sentido del Estado español, no esté tranquilo y se ofrezca a echar una mano. Las autonomías tienen que entender, tanto más cuanto menos incardinadas se sientan en la idea de España, que sin un mínimo de unidad nacional no hay salvación para ninguna. Los cuerpos que no crecen y se fortalecen de manera equilibrada y homogénea se convierten en deformes.

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