Tras la locura colectiva de la fiesta mayor de Vilafranca del Penedès me encuentro en la calle con Jordi Mir, de profesión panadero y reputado cronista casteller de estas tierras. Lleva un carrito de la compra vacío y nos saludamos en pleno centro de la ciudad. Unos minutos más tarde, coincidimos en uno de los pocos establecimientos abiertos por estas fechas, con excepción de alguna panadería, del bar que trabaja siempre fijo y del tenderete de los vendedores de cupones. Una carnicería (en mi infancia, muchas colgaban el letrero carnecería.Acaso para distinguirse de la carnicería que, por aquellos tiempos, se libraba en Vietnam y demás puntos del planeta).
"Ya lo decían los clásicos: ´Post festum pestum´", arguye Jordi, que es un hombre bien surtido de lecturas y demás aficiones raras. Y la verdad es que es así: las calles empiezan a limpiarse después de sufrir los estragos de la fiesta. El silencio urbano se amplifica todavía más gracias al eco extinto - martilleando aún en nuestra conciencia farrera- del estruendo y de la bulla que ocuparon la calle los últimos días. Ese característico olorcillo del aire va desapareciendo gracias al chorro implacable de las máquinas de agua a presión que ametrallan la calzada pegajosa de toda suerte de líquidos desparramados (orines de muy variado coupage;rastros de cerveza, de espumosos calimochos y demás salvajadas líquidas; vómitos que me recuerdan la variedad y la textura de un potaje). Reprimo el impulso de recitarle a Mir el arranque del Prufrock de Eliot: "Vamos entonces, tú y yo, cuando el atardecer se extiende contra el cielo como un paciente anestesiado sobre una mesa; vamos, por ciertas calles medio abandonadas". Pero no, sofoco el calentón porque él acaba de solicitar a la dependienta 120 gramos de butifarra blanca y yo pido a su compañera un poco de queso tête de moine para mis hijos (bendita boca de príncipes, la suya).
Anoche, centenares de cascos de cristal roto y millares de envases de plástico aplastados convertían una de las plazas principales en una sofisticada instalación artística. La peste, vamos. Leo una pintada en un muro: "Contra el patriarcat, sexualitza´t l´anus" (Vilafranca, ciudad puntera en leyendas urbanas y cuescos de perro). No sé si de momento - me perdonarán la grosería- el ano está suficientemente sexualizado. Lo que sí sé es que lleva años admirablemente socializado.
¿Tiene razón, la etapa que ahora arrancamos? ¿Las reuniones de trabajo, el cole de los críos, el análisis de sangre para detectar todo tipo de desajustes, la patraña de matricularse en septiembre en una academia de inglés? ¿Fue el verano un espejismo? Esta especie de letargo de la ciudad tras ser gozosamente vapuleada por el fuego y el alcohol ¿constituye la posición adecuada para inscribirse en un purgatorio que no puede sino concluir en el infierno de la realidad recuperada?
Algo parecido ocurre tras las fiestas navideñas. Las esquinas devienen en selva de abetos desterrados de los hogares; el cartón de los millares de cajas de juguetes abiertos el día de Reyes - descuartizado, doblado- obliga a los contenedores a abrir la boca para no volver a cerrarla en unos días. La desolación se cobra centenares de víctimas y el tedio se ceba en el corazón humano. Lo mismo, pero con bochorno y ampliado. ¿Cuál era el fin del verano? La felicidad, sin duda. Sólo aquellos que pasaron un estío de desazón se arriman ahora a la promesa del otoño con algo de ánimo. Propongo que destruyamos esta idea estúpida: el verano está para disfrutar. Es una idea alimentada por los pobres de espíritu. La partida de agosto debe prepararnos para disfrutar de lo que venga, en otro orden de cosas. Estamos venturosamente vivos, amigos. No vamos a desperdiciar nuestro tiempo, ¿verdad?

Escribe un comentario