Lo dejó escrito Francisco Umbral, para siempre: Madrid es un género literario. Un género que Umbral prorroga, completa y prestigia, después de Larra, Gómez de la Serna, Valle Inclán, Ruano y otros. Joaquín Sabina también entraría, por arriba, entre los nombres de oro que han contado y han cantado la ciudad, nuestra brillante, absurda y hambrienta ciudad, pero poniendo media esquina de lo que pasa y media esquina de lo que les pasa, en un ejercicio de memorialismo o arte de confesión donde a menudo no sabemos si el autor biografía Madrid o es Madrid quien biografía al autor. Y ni falta que nos hace, obviamente.

Quiero decir que Sabina ha contado siempre, desesperadamente, su Madrid, con sus chulos de ley, con sus majas de tarifa, con sus ángeles de ginebra, y en esta elección está la mejor y más singular manera de pasear la intimidad de lo urbano, porque no hay otra ciudad que la ciudad vivida y porque no hay más verdad que la propia. Parece que Joaquín está haciendo el retrato de Madrid, pero es Madrid quien retrata a Joaquín. Su cronismo no es sino autobiografismo, y de ahí que Sabina sea un éxito, porque la gente no aplaude un mapa de calles sino una vértebra de hombre.

Todo esto no consigue acreditar necesariamente que el Madrid de Sabina, tan florecido de excesos, exista, que sí existe, o ha existido, pero sí constata que quien existe, sobre todo, es el propio Sabina, tan fiel desde siempre a aquello de que la verdad también se inventa. Hoy, este golfo hace el paseíllo en Las Ventas, lucrando la lista de los maestros que ahí torean o han toreado, desde Antoñete a José Tomás, pero con la guitarra de la mejor tarde, que será noche, y con la voz radiante de ronquera, tan suya, que es un joyón de las cañerías del alma.

No pocas veces me he preguntando qué Madrid sería sin Sabina. Y, por supuesto, qué sería Sabina sin Madrid. La respuesta se agota en la propia pregunta, porque Madrid y Sabina, Sabina y Madrid, son muy a menudo la misma inenmendable rareza emocionante, entre el bar abierto y la camaradería urgente, entre la libertad con semáforos y el vecindario con puchero, entre la inocencia de verbena y la picaresca de la Gran Vía, esquina Montera. Alguna madrugada, de subidón en su piso de Tirso de Molina, que es un cruce de cabaré y biblioteca, le he preguntado a Joaquín por Madrid, y, previsiblemente, al hablar de la ciudad me estaba hablando de él: «Aquí ni te preguntan tu apellido, ni te piden el carnet, ni quieren saber de tu padre ni tampoco si tienes mucha o poca pasta. Eso es maravilloso. Maravilloso e impresionante. Un sitio así es mi casa». No es mala definición de Madrid, pero tampoco es mala definición de Joaquín. Están en lo mismo, porque son lo mismo. En un libro recientísimo y fascinante, Sabina en carne viva, su biógrafo, Javier Menéndez Flores, ahonda en el madrileñismo militante de Joaquín, y éste le sale con una de sus frases lúcidas y memorables: «Que haya un atasco de tráfico terrible a las doce del mediodía es un coñazo, pero que lo haya a las tres de la mañana es poesía».

He aquí una oda doble a la noche y a la ciudad que sólo puede hacer aquel que ha fundado en estas calles su poética. Madrid, que es una ciudad poco amante de los himnos, tendría los suyos en algunas canciones de Sabina. Desde el clásico Pongamos que hablo de Madrid a Todos menos tú o Yo me bajo en Atocha o Barbi Superestar, entre muchos otros, y citando deprisa. Es emocionante, y es estupefaciente que uno pueda escuchar una de estas letras, en un bareto de Sol, y cuatro calles más arriba pueda toparse con el propio Sabina, que sale a pasear en solitario su tristeza vallejiana mientras le mira o no le mira el culo transeúnte a una de las chicas de sus canciones, que por lo general sí se lo mira.

Es emocionante y es estupefaciente que Joaquín sea como el Madrid que canta. Suele presumir de impostor, pero su Madrid es verdadero como el tanga inquieto de las busconas de Azca o la piedra pensante del Museo del Prado. Joaquín rima con bombín, y por supuesto también puede decirse al contrario. No sé qué Dylan de otro sitio habríamos perdido si no viviera aquí, en plena calle Melancolía. Pero Madrid sin él es menos Madrid.

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