El tercer país consumidor de energía pugna por hallar nuevos recursos para reducir su dependencia del petróleo.
En junio del año pasado, el Gobierno japonés tomó una medida revolucionaria: los termostatos de los equipos de aire acondicionado de todos los edificios públicos se regularían a 28 º , tres menos que la media nacional, y el personal tendría permiso para ir al trabajo sin corbata ni americana. Fue un primer indicio de la voluntad del primer ministro, Junnichiro Koizumi, de fijar entre sus objetivos para su último mandato la cuestión energética y, también, medioambiental.
Japón, tercer gran consumidor mundial de energía, tiene un altísimo índice de dependencia energética, puesto que el archipiélago es particularmente pobre en recursos fósiles. Ante la volatilidad política en la región de Oriente Medio - casi el 90% del petróleo proviene de allí- y la agresiva política energética de la vecina China, Japón ha optado por marcarse unos ambiciosos objetivos en esta materia para las próximas dos décadas.
El país encabeza la lista mundial en eficiencia energética: por cada 55 kilolitros de crudo Japón produce 100 millones de yenes (algo más de 670.000 euros) de PIB, la mitad que hace veinte años. Las consecuencias de las crisis energéticas de los años setenta llevaron a Japón a invertir masivamente en I+ D para lograr una mayor rentabilidad de las limitadas - y de precios volátiles- reservas de energía. Aun así, Tokio se ha puesto el objetivo de mejorar las cifras actuales en un 30% antes del 2030, la fecha límite que el Ministerio de Economía, Comercio e Industria (METI) se ha dado para llevar a la práctica la nueva estrategia energética nacional, el libro blanco de la energía nipona para el primer tercio del siglo. Sin embargo, mejorar la rentabilidad no es la prioridad, dice Tsutomu Toichi, director del Instituto Económico de la Energía. Toichi asegura que asistimos a un cambio de estrategia: atrás queda la preocupación por la rentabilidad y ahora lo que inquieta verdaderamente es la seguridad de las reservas a largo plazo.
Reducir la dependencia del crudo, apostar por nuevas fuentes de energía y elaborar una auténtica diplomacia energética son las soluciones por las que apuesta el Gobierno de Koizumi. Japón y China han aceptado entrar en una vertiginosa y hasta arriesgada competición para cerrar acuerdos con los países ricos en reservas.
Pekín lleva una clara ventaja tras varios meses de incesante actividad diplomática. En Asia Central se ha asegurado, entre otras cosas, una sustanciosa parte de las abundantes reservas de Kazajstán, hace unos meses cerró un acuerdo con la vecina Rusia para acercar gas y crudo de Siberia y ahora, en fin, mueve ficha a la vez en África y América Latina. Tokio va a remolque: Koizumi ha visitado recientemente Kazajstán y Uzbekistán, ha enviado emisarios a Libia y pugna con Moscú para acelerar la construcción de una planta de extracción en Siberia oriental. Los analistas creen que pesa la alianza con EE. UU.
En el 2004 Japón firmó un contrato billonario con Irán para explotar conjuntamente las reservas del campo petrolífero de Azadegan, donde se cree que se podrán extraer 700.000 barriles diarios en el año 2010, pero ahora el proyecto está paralizado. Las reticencias de Washington a un acuerdo de su mayor aliado en Asia con el gran enemigo iraní son la causa.
Para mayor inri en el bando nipón, Teherán amenaza con conceder la licencia a Pekín en el caso de que no empiezan las extracciones en breve. La tensión entre las dos potencias asiáticas se hace todavía más evidente, sin embargo, en el contencioso por un puñado de islas, ricas en reservas gasísticas, en el mar de China Oriental: las islas Senkoku para Japón, e islas Daiyou según China. Ambos gobiernos siguen sin ponerse de acuerdo en cuáles son los límites territoriales de las respectivas zonas económicas exclusivas. De forma unilateral, el Parlamento japonés ha concedido una primera licencia para hacer pruebas de extracción a Inpex Holdings, grupo empresarial creado por dos de las mayores compañías petroleras de Japón (Inpex y Teikoku Oil). Impulsado por el Gobierno, que tiene una participación total del 36%, el holding deberá aumentar del 13% al 40%, antes del 2030, la cantidad de petróleo extraído KYODO por las empresas japonesas y reducir la dependencia del crudo importado, de precio volátil.
En la agenda de su reciente visita a la república de Kazajstán, la primera que realiza un primer ministro japonés a la región, Koizumi llevó no sólo los deseos nipones de abastecerse de las grandes reservas de crudo del país, sino también de las de uranio, las segundas más grandes del mundo. Precio de consolación, según algunos críticos, pero lo cierto es que Japón está también muy hambriento de combustible nuclear. Los 53 reactores en funcionamiento en el archipiélago proporcionan el 30% de electricidad y el Gobierno quiere que en el 2030 aporten el 40%. Menos dependencia del crudo y menos emisiones de CO , lo cual permitiría acercarse a los 2 límites marcados en su día por el protocolo de Kioto, objetivo todavía por cumplir para la segunda economía mundial.

Escribe un comentario