Ciertos conspicuos, cuando oyen decir que el poder político es el satélite principal del sistema solar (económico) que nos condiciona, aseguran que eso es una conjetura cargada de malicia e imposible de demostrar. Sin embargo, para una rara minoría observadora, que explora minuciosamente la galaxia del actual régimen democrático, la supuesta conjetura es, desde hace tiempo, el teorema fundamental que permite razonarla, explicarla y entenderla --por lo tanto, describirla y nominar los diferentes planetas que la componen-- sin demasiados riesgos de equivocarse. Un ejemplo: contemplando el régimen democrático que rige en Asturias el funcionamiento autonómico de ese sistema, se puede observar cómo el poder político gravita en torno a los grandes intereses económicos que son, en realidad, quienes determinan el estado de la cuestión asturiana. Dicho de otra manera: esos intereses (privados) son los que constituyen (para no decir que la suplantan) la verdadera soberanía popular.

La reciente y sublime decisión que una multinacional estadounidense --encapsulada desde hace una década en el antiguo e idílico valle de Tamón --acaba de anunciar que va a invertir algo más de cien millones de dólares en la realización de una planta destinada a la elaboración de una materia prima indispensable para la fabricación de uno de sus productos estrella, ha sido recibida con ruidoso entusiasmo en la sacristía del Gobierno del Principado de Asturias. Quienes tienen a su cargo la custodia y la difusión de las tesis fundamentales del poder político en Asturias se han apresurado a levantar la voz para repetir --tal como se acostumbra desde hace casi una década-- que Asturias ha superado sus históricas dificultades y está en disposición de afrontar nuevos retos. Los sagaces teólogos del poder económico, que saben muy bien de qué pie cojean las tesis del poder político --no en vano han contribuído en buena parte a su institucionalización-- saben cómo presentar sus planes y proyectos; generalmente, lo hacen argumentándolos con datos económicos y promesas sociales. Por ejemplo, manifestando la cantidad a invertir y el número de puestos de trabajo a crear. Así, en vez de un plan fabril, el asunto se parece más bien a un proyecto benéfico. Quizá, por eso hay asturianos que creen que la multinacional incrustada en Tamón es una poderosa ONG...

EL QUID de la cuestión política en Asturias consiste en insistir en que todo va bien. El discurso orgánico del Principado de Asturias ha sido construido aprovechando antiguos retales triunfales que son rotundamente autocomplacientes. Como si la nueva inteligencia que lo dicta permaneciera de espaldas a la realidad de este momento y fuera insensible a las urgentes necesidades de la actual sociedad asturiana. Esa autocomplacencia que estructura el pensamiento del poder autonómico aumenta sus decibelios cuando se aproxima otro de esos trances mágicos de la democracia, que consisten en convocar al pueblo para que participe en la periódica liturgia electoral. Con esta técnica política --la de la autocomplacencia-- se favorece el lenguaje ambiguo, se tergiversa la realidad y se erosiona gravemente la credibilidad en las instituciones del poder. Para alimentar esa autocomplacencia, que parece convertir a esta región en un envidiable paraíso del bienestar total, vale todo: incluso valen --esto es lo más alucinante-- los triunfos deportivos de un joven piloto de F-1 (en uno de cuyos acelerones mediáticos alcanzó el colmo del éxito precoz: el Premio Príncipe de Asturias de los Deportes); o el mitológico romance del príncipe con la periodista, que acabó como en los cuentos de hadas: casándose.

Ciertamente, ambos casos son tan respetables como excepcionales y meritísimos, pero no sirven como ejemplos a imitar por las nuevas generaciones de asturianos. La superación del esfuerzo individual, llevada a esos extremos está más cerca de la leyenda que de la realidad cotidiana. Ese discurso orgánico, que se difunde insistentemente desde la tribuna principal del Gobierno autonómico, es como un sonajero: probablemente, sirva para distraer; quizá, también para divertir. Pero nada más. A nadie cabalmente instruido se le ocurriría pensar que el futuro de Asturias pasa por que los jóvenes asturianos sean todos campeones de F-1, ni que sus jovencitas acaben convirtiéndose todas ellas en dulces princesas... Mucho menos, por que las empresas que se encapsulan en sus valles se comporten como si fueran generosas oenegés. El futuro de esta región es bastante menos fabuloso que sus mitos fantásticos.

PARA EMPEZAR a poner los pies sobre la tierra sería importante que cambiara su discurso autocomplaciente por otro más práctico y más realista, menos quimérico, que esté inspirado en la reflexión autocrítica; porque en Asturias al poder político le sobra triunfalismo y le falta una autocrítica severa y serena. Ya sé que no es fácil sustituir el primero por la segunda, sobre todo, porque en general nos han educado para el triunfo rápido en vez de para el esfuerzo prolongado. A la autocrítica --al menos, desde el tiempo en que Asturias era un Gobierno Civil y una Jefatura Provincial del Movimiento-- siempre se la consideró como una crítica negativa , funesta; como un derrotismo antipatriótico... Convendría, sin embargo, comenzar por la racionalización de sus mitos históricos y por la humanización de sus modernos personajes mitológicos : habría que poner mayor énfasis en la necesidad de convencer al poder económico de que no utilice al poder político para lograr sus fines particulares. Sobre todo, no estaría de más que alguien se preocupara de restaurar el actual lenguaje político, implacablemente erosionado por unos intereses que no tienen nada que ver con la democracia y sí, en cambio, con el implacable economicismo absorbente.

Lorenzo Codero. Periodista.