Como nací en un confín barcelonés, me costó unos años entender en mi tierna infancia que una compañera de escuela se refiriera a los cocodrilos como lacostes.Con los años, lo más cerca que he estado de un cocodrilo fue en un restaurante de Namibia donde me sirvieron un bistec que me desconcertó, porque era carne con un sorprendente sabor a pescado. El invierno pasado, fascinado por las imágenes introductorias de CSI Miami, donde Horatio se introduce en las marismas de Florida, visité los Everglades a bordo de uno de estos pequeños hovercraft que muestra la serie y avisté un impresionante reptil a poca distancia. Por cierto, que durante la excursión no pude quitarme de la cabeza un capítulo en el que la policía criminalista abría en canal un largarto gigantesco y en su estómago encontraban la pierna de una muchacha.
Por todo ello debo confesar que desde hace unos cuantos meses me he vuelto un adicto a la serie El caçador de cocodrils durante los fines de semana de TV3. Por ello, la reciente noticia de su muerte perforado en el corazón por el aguijón de una raya, mientras buceaba para uno de sus documentales, me ha entristecido casi tanto como me ha turbado. Un cazador de cocodrilos que, por su tamaño, no cabrían en unos de estos apartamentos para jóvenes que se presentaron en el último Construmat no podía tener un final tan poco épico como acabar ensartado por un pez. Una vez pisé una raya en un islote cubano y no me pareció ninguna heroicidad, más allá del escalofrío que me produjo tan gelatinoso pisotón.
Ver a Steve Irwin entre saurios, cogiéndolos, curándolos, alimentándolos, eso sí era todo un subidón de adrenalina a la hora del aperitivo. Hijo de un tipo que tuvo una granja de cocodrilos en Queensland, se casó con una estadounidense con la que pasó la luna de miel cazando estos reptiles, que es algo que une mucho a una pareja. Las imágenes de este naturalista dando un bistec con una mano mientras con la otra cogía a su hijo de dos meses consiguieron que vociferara ante el televisor, como si se tratara de un árbitro casero en el Bernabeu. Sin embargo, su sentido del humor en las situaciones difíciles comportó que en poco tiempo se convirtiera en un superhéroe que merecía haber salido del cómic o la PlayStation.
Irwin siempre dijo que no temía a los lagartos asesinos ni a las serpientes venenosas. El cazador de cocodrilos sólo se sentía inseguro con los loros. La enseñanza de la historia del zoólogo australiano es clara: no hay enemigo pequeño, y un pescado que lo soñamos a la plancha puede ser más peligroso que el aligator de nuestras pesadillas. Eso es algo que los políticos - igual que los naturalistas- aprenden pronto. Sin que ello los libre ni a unos y ni a otros de un final inesperado.

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