Salvador
Dentro de unos días se estrena por todo lo alto Salvador, la película que recrea la detención y muerte al garrote de Salvador Puig Antich en el penúltimo año de franquismo. No fue la última pena de muerte de aquel régimen. Franco se despidió matando. Y sus continuadores prolongaron la represión al grito de "la calle es mía". Domingo por la tarde en casa de Manuel Huerga, director de la película, en la oscuridad de su delicioso y pequeño cine profesional, y aparecen en la pantalla, enfriados como recuerdos en conserva, los pedazos de una juventud que tenía que ganarse la libertad día a día. Después de verla el espectador se queda con la garganta malherida como la del reo ejecutado. Las lágrimas en esta cinta no son furtivas. Son la demostración de lo que el sentimiento humano puede llegar a resistir cuando el arte no se recrea en sí mismo, sino que se oculta para ponerse al servicio de la historia. Hay dos tipos de películas buenas. Los filmes que nos mantienen aprisionados en la butaca con la boca abierta a la espera del nuevo susto o del nuevo milagro. Y también están las películas que se nos tragan, como si los personajes de la pantalla alargaran sus manos y sus palabras y se llevaran al espectador hacia el mundo de una memoria que nadie había ido a rescatar.
Porque el mérito más destacado de Salvador no es ni su color, ni su sonido, ni su espléndida dirección, ni la contención trágica de sus actores. El mérito principal no es otro que el de haberse filmado. Jaume Roures ha sido el productor de este rescate. Roures ha sido el responsable de ofrecer a las jóvenes generaciones una imagen mucho más real que las bienintencionadas declaraciones con las que se intenta mostrar el franquismo como un conflicto de los unos y los otros. En Salvador no solo están los unos y los otros. Estan los desesperados y están los asesinos. Y está ante todo ese aroma carcelario, de muerte lenta y sin alma, ese lugar en el que no se puede escribir en otra lengua que la lengua oficial. Y ese color sin futuro que va apareciendo sobre una televisión en blanco y negro que emitía falsas alegrías de vivir. Salvador llega tarde, pero llega. No como la deseable condena al franquismo que tantos políticos democráticos se resisten a suscribir.
La sonda y la escoba
La sonda Smart-1, cansada y agotada, se ha precipitado sobre la superficie lunar. Nada nuevo bajo el sol. De la misma manera que ahora nos vamos a Abu Simbel o al dolmen de Romanyà de la Selva y nos sentimos parientes de los antiguos escultores, también dentro de poco llegará un autobús lunar junto a los restos de la Smart-1. No sería extraño que el señor Xavier Gabriel, propietario de la administración de lotería La Bruixa d'Or, de Sort, sea uno de esos prototuristas. Gabriel se ha apuntado como turista a la estación espacial internacional. Quiere demostrar que todas las brujas vuelan. Entre la ciencia exacta de la astronomía y el azar extremo de la lotería, Gabriel busca la bisectriz.
El partido interior
El entrenador de la selección de baloncesto, Pepu Hernández, se enteró de la muerte de su padre poco antes de la final. Calló y animó a sus jugadores y les dio los ánimos que a él le faltaban. A veces el juego se detenía. El tiempo muerto se llenaba entonces del recuerdo de una vida.

Escribe un comentario