YA han vuelto. Estaba este país tan tranquilo, tan entregado al aplauso a los tiarrones del baloncesto, tan mirando la cuenta corriente asfixiada por la hipoteca, y aparecieron las hordas políticas. Era lunes, los lunes toca reflexión en los partidos, y se cumplió el ritual acostumbrado: palo al adversario como primera forma de contacto con la realidad nacional. Los análisis que hacen las formaciones políticas quizá sean objetivos cuando no tienen micrófonos delante; pero sus portavoces, en cuanto tropiezan con un periodista, sienten una tendencia irrefrenable a hacer responsable al otro de cuanto ocurre. Que nadie se desanime: lo escuchado de boca de José Blanco, Zapatero y Rajoy sólo fue un prólogo. Entramos en año electoral, y las urnas agudizan el ingenio de la agresión.
¿Les confieso mi impresión de comienzo de curso? Es muy simple: vértigo. En la agenda aparecen dos catálogos de problemas. A un lado, los de la gestión diaria, en un país que sufre la increíble contradicción de disfrutar de una economía boyante, con datos de crecimiento felices, pero con un tono de desaliento social que anticipa algún tipo de recesión. En ese ámbito hay que situar el drama de la inmigración, con un país que se empieza a preguntar cuánta presión puede soportar. Al otro, los serios problemas de Estado, que en los próximos meses se deben decantar por una de estas salidas: o fortalecimiento de la estructura estatal o desmembramiento del modelo que conocemos. Así de trascendente es el desafío.
Todo eso está sobre la mesa del presidente Zapatero. Hemos pasado un mes anestesiados por el ocio, respetando las peticiones de discreción ante el diálogo con ETA, y ajenos a las tensiones nacionalistas. El cuadro que encontramos al regreso es inquietante: un Maragall que califica como «residual» el papel del Estado en Cataluña; un independentismo vasco que cuenta con el respaldo de casi el 40 por ciento de la población, porcentaje nunca visto en los sondeos; una agitación de la «memoria histórica» que asusta por cuanto tiene de intención de darle la vuelta al resultado de nuestra más cruel Guerra Civil; un descaro en los planteamientos republicanos que no habíamos visto ni en el período constituyente¿
Todo eso aparece en los subterráneos de la política. Constituye el pórtico del comienzo del curso político. Este cronista ignora si tiene razón Mariano Rajoy cuando dice que el Gobierno está desbordado, o si la tiene Rodríguez Zapatero cuando manifiesta en Rodiezno que está orgulloso de su trayectoria y de su equipo. Pero hay algo cierto: una agitación más, y entraremos en una crisis política sin precedentes próximos. No me digan que no es para sentir vértigo. Y si me apuran, miedo.

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