Para este cronista, las vacaciones de agosto suelen suponer un muy relativo descanso, consistente en unos cuantos miles de kilómetros al volante por las carreteras de España y de Europa, y este 2006 no ha sido diferente. Así que regresa uno bastante exhausto, y también consciente de que durante cuatro semanas lo que con más atención hemos leído es lo que se alcanza a ver a través del parabrisas, desde los carteles de señalización vial (la segnaletica, que dicen los italianos), hasta las pintadas de todo tipo. Interesantísimo, oigan...

¡Qué placer cultural nos aporta la progresiva desaparición de esa moda de las señales bilingües, que ayudaban al turismo pero herían el orgullo autóctono! ¡Qué enriquecimiento para nuestra cultura general supuso el borrado de la palabra Mondragón de las señales en el País Vasco, ya que así aprendimos a buscar Arrasate! Y la cosa cunde.

Así, andaba uno preocupado, entre Budapest y Viena, con esos carteles que señalaban Bécs. ¿Ortografía alternativa, para conductores algo gangosos, de la ciudad de Pécs? Pues no. Al fin, un trasnochado cartelón -seguro que pronto lo cambian, como en Mondragón-, ya en la autopista, nos dio la clave: Bécs/Wien. Bécs era Viena... en húngaro.

Los españoles, claro está, estamos mejor entrenados que otros europeos para el dulce florecimiento monolingüe de las regiones y nacionalidades. Y, con enorme alegría, hemos visto este verano que el progreso llega ya hasta Cantabria, esa tierra, hasta ahora, tan atrasada e incomprensiblemente castellanohablante. Pero ya no. Unas manos artísticas y autárquicas ya nos han cambiado muchos cartelones: Comillas es Cumillas, Rioturbio es Riuturbiu, Ruiseñada es Ruiseñá. ¡Viva la cultura cántabra! Claro que habrá que darle otra vueltecita de tuerca a esas grafías un poco timoratas: el año próximo queremos ver que pone Kumillas.

El presidente regional, Miguel Angel Revilla, ése al que «le pone España» y que este agosto decía que su tierra «sabe que su autonomía desemboca en España», se nos antoja un poco anticuado y desfasado. Algo así como Víctor de la Serna y Espina, ese escritor de hace más de medio siglo que situaba en Mazcuerras la mítica Malacoria, de donde partió en 814 la repoblación cristiana de la España ocupada por los musulmanes. Una estela en la hoz de Santa Lucía recoge ese párrafo de De la Serna que terminaba así: «Aquí empieza esa cosa inmensa e indestructible que llamamos España». Nos contaron que al lado del monumento habían hecho una bonita y progresista pintada que rezaba «Cantabria no es España», pero al llegar ya no estaba. Algún fascista la habría borrado... Pero, en más pequeño, sobre el banco situado frente a la estela, una inscripción en color verde/ecologista dice casi lo mismo: «Puta España». No hay quien detenga la modernidad.

Revilla no lo recuerda hoy, pero hace años sus cachorros de ADIC/PRC hicieron mucho por esa modernidad con sus pintadas hirientemente anticastellanas en el puerto del Escudo. ¡Qué tiempos felices!

© Mundinteractivos, S.A.