Si en algo conozco a la persona, más allá de los personajes que la componen, diría que está enfadado. No solo porque su mujer nos ha ofrecido el gesto más silencioso y explícito que podía hacer para demostrar su hondo desengaño -la ruptura de su carnet socialista-, y bien sabemos que Diana Garrigosa es la alma máter del alma maragalliana. También pudimos intuir su enfado en el elegante, pero rotundo artículo que publicó el propio Pasqual Maragall en este mismo periódico.
Aplicando la lupa política, veíamos en él avisos para navegantes, quejas sutiles, críticas certeras y un hondo grito de no errar el tiro nuevamente, resumido todo en una frase para la historia: "el pacto socialismo español-nacionalismo catalán funcionó en la desaparición teóricamente provisional del Grupo Socialista Catalán en el Congreso, después del golpe del 23-F. El PSC nunca ha renunciado a recuperarlo. Si no se recupera ahora, dudo que se recupere nunca".
Por supuesto, el mencionado artículo hablaba de Joan Clos, lo señalaba como el artífice del papel de Catalunya en España y recordaba el significado político de su ministerio. En muchos aspectos, era un artículo de queja; en otros, casi era un artículo de súplica. Y en todos ellos era la crónica de un desengaño.
NADA EXTRAÑO bajo el sol, dirán las plumas más aventajadas, no en vano Maragall se va, a Joan Clos lo echan por elevación, el PSC mueve sus piezas a velocidad del rayo --y en ellas no existe el maragallismo--, y ZP se entiende tan bien con Artur Mas, que hasta le ha regalado el protagonismo del Estatut. ¿Será, como dijo el propio Maragall, que va cuajándose una "franca colaboración" entre ambos dos, mientras el resultado electoral catalán reviste más incertidumbre que el español?
Será, en cualquier caso, que todo aquello que edificó Pasqual Maragall, sobre las bases de una gran complicidad ciudadana, libre de las servidumbres de un partido que siempre le miró de reojo, y con las altas miras puestas en la reformulación de España, ha desaparecido cual grandioso castillo de naipes. Hoy es un presidente a punto de irse, ha protagonizado una gesta grandiosa --un nuevo Estatut-- sin recibir la gloria pertinente, el partido le ha complicado la vida más allá de toda lógica, ZP duerme sus sueños con Artur Mas, y, para guinda en plena cara, han enviado a Joan Clos a mejor vida ministerial. Lo cual, por mucho que Maragall pida y diga, no es precisamente un premio. Con todo ello, ni el político Maragall, ni el hombre Pasqual deben estar con su mejor ánimo. Motivos de queja no le faltan.
ANALICEMOS desde el desengaño maragalliano, el panorama catalán. ¿Están realmente rotos los sueños que engendró Pasqual? Y, si fuera el caso, ¿sería ello recomendable? Personalmente creo que algunos indicadores permiten un estado de ánimo ambivalente: habrá más calma, pero habrá, también, menos entusiasmo. Me explico. Ciertamente la consolidación del PSC como único poder verdadero en el universo socialista bajará la adrenalina de sus líderes, neutralizará las sorpresas desagradables y evitará tentaciones arriesgadas, pero también significará la implementación de un pensamiento único, dirigido y partidista, que difícilmente seducirá con horizontes lejanos.
El panorama se vuelve más sólido y más seguro, tanto como deriva en más gris, más mediocre y menos ambicioso. Y no solo porque Maragall fuera un ideólogo y Montilla solo sea un gestor. También porqué el maragallismo significaba la multiplicación de complicidades, y el partido, en cambio, las acota, las controla y las resta. Los ciudadanos, y sus muchos nombres que acompañaron a Maragall en sus sueños, son sustituidos por los militantes disciplinados y los líderes sectoriales, y la voluntad de una España reformulada retorna al cajón de las buenas intenciones fallidas. Sin duda Montilla no tiene las mismas aspiraciones. Pero, sobre todo, tampoco tiene las mismas aptitudes. Hemos pasado, pues, del binomio taquicárdico, estimulante, seductor y arriesgado Maragall-Clos, al binomio estable, previsible y seguro Montilla-Hereu, y con el cambio el PSC lo ha ganado todo. Más allá del PSC, ¿hemos ganado algo?
PERSONALMENTE, me aburre el debate simbólico-esencial del catalanismo de José Montilla. En parte, porque me parece injusto, en parte porque me resulta estéril. No creo que en la Catalunya actual, con sus muchos retos, este sea el tema. Pero como somos esclavos de la estética, vamos a dedicar dosis ingentes de energía a cultivar la tontería retórica, con tanto ahínco que hasta pareceremos inteligentes. El núcleo duro no reside, desde mi punto de vista, en el grado de pureza catalanista del bueno de Montilla, sino en las ambiciones que plantea, las complicidades que puede crear y la España que visiona desde la mirada catalana.
Es ahí donde Maragall demostró mucho y donde Montilla, de momento, no parece demostrar tanto. Si la llegada de Montilla significa la desaparición de las virtudes del maragallismo, desde su voluntad de sumas, hasta su capacidad de reto, y solo representa la llegada del PSC al poder global catalán --donde nunca reinó ni tranquilamente, ni solitariamente---, entonces estamos ante una degradación de la política socialista. Lo bueno de estos años de infarto ha sido que Maragall multiplicaba al PSC, y éste aseguraba a Maragall.
AHORA, EL PSC suelta todo el lastre del maragallismo, Clos incluido, y con ello pesa menos, pero, ¿lleva carga de mejor calidad? Quizás sea esa la pregunta que anida en el triste ánimo de Maragall. Que los horizontes lejanos que llegó a soñar solo sean los sueños de un loco. Y hoy ha llegado la hora de los cuerdos.

Escribe un comentario