En Occidente el concepto de lucha de clases se empezó a ir al carajo cuando los obreros se pudieron comprar al fin un Mercedes. Personalmente, comprendí que algo había cambiado en la economía familiar cuando mi padre se agenció un Fiat de gasoil que, para su época, era un cochazo. Digan lo que digan las encuestas, con Franco viajábamos todos los veranos en un 850 amarillo que, más que un coche, era un emblema de la época: enano como un caudillo e incómodo como una dictadura, pero capaz de durar décadas. Tenía el motor en el culo, igual que la economía del régimen, que más que tirar, empujaba, y se ponía a echar humo cada 100 kilómetros, sudando y refunfuñando como los obreros de la época.

A lo que más se parecía aquel 850 era a la tartera con la que mi padre, camionero de pro, iba al trabajo, porque el sueldo no alcanzaba ni para un menú de carretera. Muchos años después, los restaurantes empezaron a llenarse de albañiles a mediodía y la Costa del Sol a florecer de chalés y apartamentos baratos. El 850 y el 600 pasaron a los amplios y abarrotados museos de la memoria, junto a las tarteras metálicas con hollín de croquetas y los obreros concienciados fueron cambiando las hojas sindicales por la lectura del Marca.

Mientras tanto, los empresarios (que no descansan ni durmiendo) tuvieron que reclutar fantasmas que vinieran de fuera para que recorrieran Europa como era su obligación. No iban a dejar que el Manifiesto Comunista se quedara sólo en una frase. Alemania se forró de turcos, Francia de argelinos y así sucesivamente. España no podía quedarse atrás en esa repoblación forestal de curritos, de desgraciados que trabajen sin rechistar, por una miseria, sin derechos laborales ni inspectores de trabajo. No nos basta con los ecuatorianos que se multiplican detrás de las barras de los bares, ni con los niños chinos que hacen los deberes del colegio en los Todo a un euro. Necesitamos más carne fresca para alimentar la máquina del capitalismo y apuntalar el socialismo con hechos. Por suerte, contamos con Rubalcaba.

Rubalcaba ya ha dicho que nos preparemos, que carne fresca no va a faltar. Que los miles de emigrantes que han venido este verano desde la costa africana, cruzando el Aqueronte del hambre, no son más que un aperitivo. Lo dice como frotándose las manos, preparándose para la nueva remesa de esclavos negros que llegan sin chalé, sin tartera y sin 600. Gente que ni siquiera sabe hablar español y que, después de una tranquila recalada en los centros de acogida, va a salir a la selva de la lucha de clases en busca de un sueño sólo para formar parte de una pirámide de alimentación donde ellos son la base, el plancton, el forraje indefenso. A dos pasos del crimen, a uno de la desesperación, a medio de la nada. Perplejos, invisibles y hambrientos, como fantasmas que recorren, un siglo después y sin guión, Europa.

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