La diferencia entre un viajero y un turista está en que el viajero ve lo que ve, mientras que el turista ve lo que ha ido a ver.Una cosa es el viaje fijo a la sombrilla clavada en la arena y otra el viaje a lo desconocido. Ésta es la línea que separa al turista de piñón fijo del viajero abierto a todas las sensaciones.

El turismo, tal como lo conocemos ahora, es un fenómeno relativamente reciente en la historia. Para encontrar algún precedente remoto habría que remontarse a la Inglaterra del siglo XVI, donde, en el periodo dominado por el largo reinado de Isabel I nació el Grand Tour entre los jóvenes aristócratas del país, consistente en emprender viajes que podían durar meses y servían para completar su formación. Aquella costumbre se generalizó en el siglo XVIII con la incorporación de los hijos de la gran burguesía. Desde entonces, la palabra tourist se difundió por Europa (touriste, torista, turista ) para designar aquella modalidad viajera. Un siglo después, Thomas Cook organizó el primer viaje colectivo en ferrocarril, y también fue el pionero en crear un sistema organizado de servicios turísticos, el embrión de las actuales agencias de viajes. En 1890 ya había 1.200 hoteles en todo el mundo (una docena de ellos en Cataluña) que aceptaban los bonos emitidos por Cook.

Cataluña había quedado fuera de los circuitos del Grand Tour, pero durante siglos fue visitada por viajeros ilustrados y románticos motivados por intereses dispares. Los ilustrados del siglo XVIII y principios del XIX llegaron animados por un espíritu enciclopédico y al amparo del marco de seguridad que inspiraba la dominación napoleónica. Los románticos buscaban el mítico exotismo del sur europeo. El objetivo de unos y otros no era Cataluña, tierra de paso para ellos, que se parecía muy poco al resto de España o a la imagen de España que trataban de encontrar, la España auténtica de gitanas, cante flamenco, toreros y bandoleros.

En Cataluña se dieron unos primeros movimientos autóctonos previos al boom de los años sesenta del siglo pasado, protagonizados, por las clases acomodadas y familias de clases medias y medio bajas, que siguen las costumbres de la burguesía y los intelectuales de los países vecinos, como Francia e Italia, con estancias en la playa y, menos, en la montaña. Pero el gran desembarco empezó a finales de los cincuenta. Una bella visitante de piernas largas y cabellos dorados, a la que los naturales de Calella llamaban la sueca y que era de Burdeos, se cree que oficializó la vitola de destino turístico para Cataluña. Fue en 1959, y aquel verano llenó de ilusiones y fantasías el todavía territorio virginal de la Costa Brava, hoy irreconocible. Aquella sueca, seguida a todas partes por las miradas asombradas de los nativos, se multiplicó exponencialmente hasta convertirse en gran emblema del turismo.

Hoy, Cataluña es el primer destino turístico de España en número de visitantes (más de 17 millones). Sus especiales características la convierten en un interesante laboratorio para el estudio de la evolución del turismo en el sur de Europa. La Costa Brava y la Costa Daurada han sido un destino clásico para el turismo de sol y playa. La montaña ha propiciado el desarrollo del turismo hibernal, con su máxima expresión en Baqueira-Beret, y también la implantación del turismo rural y el de aventura. El cultural cuenta desde siempre con alicientes como la ciudad romana de Tarragona, el emplazamiento greco-romano de Empúries, singularidades como Montserrat o las obras de Dalí, Picasso, Miró y los modernistas, pero tardó en despegar hasta los Juegos Olímpicos de 1992.

Entre los factores que contribuyeron a la eclosión turística se encuentra un nuevo orden internacional orientado a la consecución y mantenimiento de la paz y la seguridad en el mundo, la prosperidad económica de la posguerra, la generalización de las vacaciones pagadas, la revolución en el transporte y las comunicaciones, la popularización del vehículo privado y la expansión de la aviación comercial. En los 60, los turistas extranjeros y las remesas de los emigrantes fueron providenciales para el incipiente desarrollo de la economía española, ya que aquellos ingresos cubrían casi el 80% del déficit comercial español.

Un informe de la Caixa señala que el caso de España es paradigmático.El turismo jugó un papel trascendental en el desarrollo de los sesenta y propició que la economía del país consiguiera, en unos pocos decenios, situarse en el grupo de países avanzados. En la actualidad, el sector sigue teniendo un importante papel en la economía española, pero a diferencia de la situación imperante de mediados el siglo pasado, España también es un mercado notable emisor de turistas.

El segmento de sol y playa, el centro de gravedad de nuestras costas, ha cedido el paso a las vacaciones combinadas con visitas de interés cultural. Parques temáticos, turismo de aventura y de naturaleza adquiere impulso motivado por una mayor conciencia sobre la importancia del medio ambiente. Los avances tecnológicos reducen los costes del transporte y permiten un acceso inmediato e interactivo a ofertas de productos turísticos a través de Internet.Compañías de bajo coste, la tendencia a dividir las vacaciones a lo largo del año impulsan viajes a destinos más alejados y más frecuentes, pero con permanencias más cortas.

Para que se materialicen estos buenos augurios son necesarias ciertas condiciones, entre ellas un entorno estable. No podrán progresar aquellos puntos percibidos como peligrosos, tanto por las amenazas de atentados terroristas o secuestros como por los riesgos para la salud. En la época de la globalización también es necesaria una coordinación multilateral. En los próximos años llegarán las primeras oleadas de turistas chinos. Los precios en Cataluña son muy elevados y otros países mediterráneos representan una directa competencia que puede llegar a eclipsarnos. Pero siempre nos quedará el sol, como decía Josep Pla.

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