En principio, van por buen camino los pasos previos para el cumplimiento de la resolución 1701 de la ONU con el fin de asegurar el cese de hostilidades en el sur de Líbano. Después de muchas vacilaciones y temores, la Unión Europea ha dado el paso adelante que se le pedía: la decisión del envío de un número de tropas suficiente para constituir el núcleo duro de una fuerza multinacional bajo la bandera de las Naciones Unidas. Por parte europea hay un cierto alarde, tal vez prematuro, respecto a esta toma de posición.

Chirac, que el 28 de agosto se pronunció a favor, como quien recupera para Francia el papel de abanderada de la UE y como potencia a la que le queda mucho que decir sobre Oriente Medio, subrayó precisamente la importancia de esta aportación de una Europa "demasiado ausente de la crisis libanesa". El ministro de Exteriores francés, Douste-Blazy, habló de "éxito político para Europa". Y el de Italia, Massimo D´Alema, se ufanaba de que "cuando Europa está unida tiene un peso real". Detrás de estas palabras hay mala conciencia. Y, más aún, el convencimiento de una manifiesta debilidad. La UE no está en su mejor momento. Y que sean Francia, Italia y España los países miembros que toman con mayor empeño la iniciativa habla por sí mismo.

Alemania se queda en un discreto segundo plano de apoyos logísticos. El Reino Unido se abstiene.

Demasiado el Gobierno de Blair se ha desgastado en la aventura de Iraq, siguiendo fielmente a su gran aliado de ultramar. Y, como éste, ve con buenos ojos que ahora algunos aliados continentales tomen a su cargo una tarea delicada y expuesta sin que conlleve la denuncia consabida de acto imperialista.

Chirac dio al anuncio de su decisión una largura de miras. Habló de "pasos concretos" que dar sobre el terreno sin olvidar la dimensión regional del conflicto, que implica la responsabilidad de Siria e Irán y sobre todo la necesidad de resolver la cuestión de Palestina. Para llegar a remontarse "al mayor peligro, el divorcio entre dos mundos: Oriente contra Occidente; islam contra cristiandad". Así, sin rodeos, posiblemente con un gramo de más en la altisonancia de quien sienta doctrina desde el palacio del Elíseo.

De entrada, pues, todo va bien. Según cómo, a gusto de todos. Israel consigue el establecimiento en el sur de Líbano de una fuerza multinacional de interposición como garantía contra ataques de Hezbollah. Lo rechazaba sistemáticamente antes, pero la decepcionante experiencia de la lucha ha cambiado muchas cosas.

Al Gobierno libanés de Fuad Siniora se le compensa de la marginación sufrida, haciendo que el ejército nacional vuelva a los territorios del sur de los que estuvo alejado de manera humillante y sucesiva por la OLP de Arafat, milicias subordinadas a Israel, el propio ejército israelí y, finalmente, por las del Hezbollah chií. Hasta éste tendrá ocasión de lamerse las heridas de una victoria que la propia población civil y todo Líbano han pagado muy cara. Por algo Nasrala, el líder tan ensalzado, ha dicho recientemente que no hubiera dispuesto el ataque a un grupo de soldados israelíes y el secuestro de dos de ellos si hubiera imaginado la violencia destructora de Israel.

La UE, por su parte, adquiere un protagonismo que parece sacarla de su largo letargo. Y la ONU tiene ocasión de desquitarse de su proverbial descrédito, puesto que toda la operación se hará bajo su enseña. Nada de fuerzas de la OTAN, de alianzas sobre la marcha. Y fuera quedan las manos del binomio unilateralista e imperialista Estados Unidos-Reino Unido.

¿Así que todo en orden? ¿El cumplimiento de la resolución 1701 es la fórmula mágica? Si hubo que vencer reticencias, había por qué. Una de las condiciones impuestas por las potencias europeas que aportan unidades militares es que dispongan de libertad de movimientos. La tendrán, pero deberán medirla cuidadosamente en el estrecho margen que deja el territorio que queda entre el río Litani y la frontera con Israel. Primero, porque deberán combinar con mucho miramiento dónde, cuándo y cómo complementarse con el desmotivado ejército libanés.

Luego, porque allí estará Hezbollah. Es su tierra. Nadie ha dicho que deban abandonarla. Los cascos azules tendrán que moverse sobre suelo socavado por un laberinto de túneles, refugios, almacenes de armas. El miliciano chií puede ser cualquier muchacho que ayuda a los suyos a reconstruir las casas o asiste a los heridos. La milicia de la bandera amarilla no ha perdido su bien trabada organización, su espíritu de fe y sacrificio, su moral de victoria. La fuerza multinacional carece de mandato para desarmarla. Sólo puede hacerlo el ejército libanés por órdenes expresas de su Gobierno, que ya ha anticipado la negativa a darlas.

Así el laberinto estrecha más sus pasadizos, los moldea en trazados de salida casi imposible. Si no hay desarme, tampoco desbloqueo israelí de costas, fronteras y cielo libaneses. Se lo ha dicho el primer ministro Olmert a Kofi Annan. Y, aunque le acompañaba abrazándole amistosamente de hombro a hombro, le dejó bien claro que retirará las tropas israelíes de la franja meridional libanesa en que se mantienen sólo si la resolución 1701 se cumple punto por punto. Uno de ellos, esencial, el desarme de Hezbollah. Lo cual, naturalmente, implica impedir el rearme por mar. Oa través de la frontera libanesa con Siria. Algo cuya vigilancia Israel no abandonará si la fuerza multinacional no lo asume con las debidas garantías.

Estrecho margen le queda a la fuerza multinacional. Podrá defenderse si es atacada. Ya es mucho si se tiene en cuenta que los 15.000 soldados previstos para la fuerza multinacional- de momento se trabaja con cifras mucho más modestas- serán simplemente un refuerzo que añadir a los desamparados de la Finul, que padecieron las hostilidades entre el ejército israelí y Hezbollah sin poder disparar ni un tiro en defensa propia.

Nadie está en condiciones de ceder. En el interior, el Gobierno israelí ya está en la cuerda floja de una credibilidad que se encuentra en sus mínimos. Y en el exterior, puede serle fatal dar un paso en falso que acreciente la impresión de incapacidad que ha dado en Líbano. Hezbollah ha de mantener la no derrota como victoria e impedir que el Gobierno de Siniora quiera y pueda liberarse de su forzosa alineación con el grupo extremista bajo la coacción de que es el único escudo de la maltrecha causa nacional. Lo cual le impide tomar cualquier decisión contraria a la milicia, como la autorización de su desarme o de un auténtico control de la frontera con Siria para cortar una vía de rearme. Precisamente cuando el presidente sirio, Bashar el Assad, y su equipo están a la espera de algún desliz para recuperar la absoluta posición hegemónica de que disfrutaron antes de verse obligados a retirar las tropas de territorio libanés.

Lo que pueda hacer la fuerza multinacional, lo que los gobiernos implicados de la UE puedan trabajar diplomáticamente sobre la base de su existencia, lo que la ONU esté en condiciones de aprovechar queda por ver hasta que se aclare la confusión en el terreno.

De momento, la gira del secretario general de la ONU, Kofi Annan, no parece estar dando vistosos frutos. Y los gobiernos de Francia, Italia o España corren el riesgo de verse envueltos en complicaciones de mucho cuidado. En todo caso llevará tiempo ver si la UE se ha expuesto para bien o para mal. Si Chirac planteó adecuadamente, en toda la amplitud de sus términos, lo que está en juego entre el río Litani y la frontera con Israel. Mientras, Irán plantea su ambición nuclear.