Daily Telegraph, Domingo 3 de septiembre.

“Sin Ataturk seríamos iguales que Irán.” Las palabras de un joven político que conocí recientemente en Ankara reflejan el amplio sentimiento sostenido por muchos turcos.

Creen que la previsión del padre fundador del moderno estado turco, Kemal Ataturk, creó las condiciones que permitieron a Turquía desarrollarse como un país democrático y laico en claro contraste con algunos de sus vecinos. En las áreas de co-operación en defensa, mejoras en los derechos humanos y liberalización económica, su desarrollo continúa con rapidez.

Para muchos turcos, el final lógico de este camino a la modernización siempre ha sido el formar parte de la Unión Europea. Aún así crecientes números de ciudadanos turcos creen que los elementos clave de la Unión Europea no tienen ninguna intención real de permitir alguna vez a Turquía conseguir la membresía, y se preguntan: “Si nunca vamos a entrar en el club, ¿para qué pasar por el dolor de la transición?” Es una pregunta con enormes ramificaciones.

La semana pasada, Turquía estaba de vuelta en los titulares con nuevos crímenes terroristas siendo cometidos contra un número de zonas turísticas. Como tantos otros países, está en primera línea en la lucha contra el terrorismo global. Enfrentándose por una parte con los terroristas separatistas kurdos y por la otra compartiendo una gran frontera terrestre con Irak, dificilmente podría ser de otra manera.

Cómo responde al desafío al que se enfrenta política y militarmente tiene importantes implicaciones. Las preguntas que debemos hacer en este país son: “¿Cómo de importante es el futuro desarrollo en Turquía?” Y: “¿Le importa a Gran Bretaña?” La respuesta a ambas es un “sí” rotundo.

Consideremos solamente la importancia militar y geopolítica de Turquía en el mundo moderno. Un actor importante en la OTAN, el ejército de medio-millón de hombres de Turquía es el segundo más grande en la alianza tras el de América, empequeñeciendo las fuerzas de Gran Bretaña y Francia.

Ha comandado dos veces la Fuerza de Asistencia de Seguridad Internacional (ISAF) en Afganistán y tiene un gran papel en la reorganización del país (recientemente, de hecho, anunciando el envío de refuerzos). Una de las principales razones de mi visita fue de animar al gobierno turco a ver si sería posible desplegar más helicópteros en Afganistán para prevenir el estiramiento de la capacidad de transporte británica en ese país.

Políticamente, Turquía es un puente al mundo islámico. Demuestra que la prosperidad, democracia y seguridad son posibles en un compañerismo constructivo con el mundo desarrollado. Si Turquía fuera parte de la UE, sería su octava economía más grande. Su constitución y sistema educativo aseguran los derechos de la mujer y que jueguen un papel pleno en la vida económica y política de la nación.

Hay muchos entre las sombras fundamentalistas que creen que tales derechos amenazan el poder e influencia de los clérigos y que la emancipación de la mujer es incompatible con su interpretación del Islam. Nada les gustaría más que empujar a Turquía hacia la marcha atrás.

En términos de seguridad energética, un tema del que recientemente escribí para el Sunday Telegraph, Turquía es importante tanto por oleoductos como transporte marítimo. En 2001, 6.500 petroleros transportaron 100 millones de toneladas de petróleo a través del Bósforo. Para el 2005, había aumentado a 10.027 petroleros transportando 143 millones de toneladas. Con el desarrollo de nuevos campos petrolíferos en los países centroasiáticos, Turquía se convertirá en un centro de tránsito y suministro todavía más importante para nuestras energéticas.

Un valioso compañero en la OTAN, un estado laico puente entra Europa y el mundo islámico, una economía en desarrollo, y un gran actor en el mercado energético: Ataturk tendría sin duda motivos para estar orgulloso de su obra. Pero la suave continuación de estas tendencias está lejos de ser segura; es un desafío para todos nosotros asegurarnos que nada se hace para estorbar el progreso de Turquía. Pues la dirección del desarrollo del país es crucial para los propios turcos, para aquellos que buscan la ilumincación en el mundo islámico, para la Unión Europea… y más allá.

Los mismos extremistas islámicos que buscan retrasar el reloj allá donde sea -los talibanes en Afganistán, terroristas suicidas en Gran Bretaña- también amenazan el muy apreciado laicismo de Turquía. Para aquellos que buscan libertad, democracia y una sociedad abierta en el mundo islámico sin desechar ninguna de sus tradiciones religiosas, Turquía demuestra que el Islam puede vivir de forma compatible con la ley constitucional determinada por el consenso democrático.

Para Europa, la admisión de Turquía a la Unión Europea es la principal prueba de si la unión puede adaptarse a un mundo en cambio o si se convertirá en un organismo cada vez más introspectivo y redundante. Para los políticos europeos, rechazar a Turquía acarrea el riesgo de empujar a este país vitalmente importante a los brazos de extremistas políticos y religiosos.

Por supuesto, habría problemas asociados a la entrada de Turquía, algo que la mayoría de turcos entienden. Las cuestiones de mobilidad laboral recientemente sacadas a la luz por las inmediatas membresías búlgara y rumana tendrían que ser afrontadas.

Pero están aquellos que objetan por diferentes razones. Un importante oficial francés se quejó a mí el año pasado de que la membresía turca significaría que “nunca podríamos tener una Europa política, sólo una económica”. Sofocando un “tres hurras por ello”, apunté cuán anticuada estaba esa visión del mundo. Incluso más inquietante fue la profundamente desagrable subcorriente presente durante los referéndums francés y holandés del pasado año sobre la constitución de la UE, donde el sentimiento anti-turco nunca estaba lejos de la superficie y mezclada con argumentos constitucionales.

Qué tragedia sería si los elementos xenófobos de la Europa continental tuvieran el resultado neto de producir un estado mucho más fundamentalista en la frontera oriental de Grecia en vez de un faro que, desde Europa, brilla hacia afuera sobre aquellos que niegan las libertades y derechos básicos que damos por sentadas. Qué error de proporciones realmente históricas sería si, por apaciguar todo lo que es negativo de la política europea, aquellos en la autoridad entregaran a las futuras generaciones a un continente mucho más peligroso y desestabilizado.

Turquía se sitúa en el nuevo cruce de caminos militar y político del mundo. Con el militarismo creciente y el nacionalismo de recursos de Rusia amenazando los intereses europeos en el norte, con las inestables e impredecibles naciones del Cáucaso al este, y con Irak y el Golfo al sur, la mayoría de turcos miran hacia el Oeste, a Europa, para estabilidad y seguridad. Sería tanto profundamente erróneo como monumentalmente estúpido darles la espalda en este tiempo tan peligroso.

Gran Bretaña tiene una orgullosa tradición de apoyar la causa truca, tanto bajo los gobiernos Conservadores como Laboristas. Un leal aliado de la OTAN en la región está ciertamente en los intereses de seguridad de este país. Pero el futuro de Turquía tiene implicaciones mucho más amplias. Aquí hay un desafío para nuestra generación, una prueba para nuestros tiempos. Las decisiones a las que colectivamente lleguemos ahora reverberarán durante años venideros y afectarán profundamente al mundo en el que vivimos.

Liam Fox es el MP Conservador por Woodspring y el secretario de defensa en la sombra.