El primer secretario del PSC y candidato socialista a la presidencia de la Generalitat en las autonómicas del próximo 1 de noviembre, José Montilla (Iznájar, Córdoba, 15 de enero de 1955), había hecho gala hasta ahora de una legendaria discreción. Sin embargo, de forma callada, Montilla ha venido acumulando poder de forma ininterrumpida durante los últimos 15 años. Alcalde de Cornellà, presidente del consejo comarcal del Baix Llobregat, su primer intento de hacerse con el poder en el PSC, en nombre del aparato territorial del partido, se resolvió con un acuerdo con los sectores catalanistas y burgueses del partido. Montilla y sus capitanes lograron forzar la jubilación de Raimon Obiols en 1995, pero tendrían que repartirse el poder con Narcís Serra al año siguiente, cuando el ex vicepresidente volvió a Barcelona tras dimitir por las escuchas del CESID. Todas las esperanzas electorales de los socialistas catalanes -obreristas y burgueses- estaban depositadas en que el alcalde de Barcelona, Pasqual Maragall, olvidara el constante macaje al que le había sometido el aparato del partido y aceptara disputarle la presidencia de la Generalitat a Jordi Pujol. Maragall no deshojaría la margarita hasta 1997 y, cuando finalmente se enfrentó a Pujol, perdió las elecciones. Tras cuatro años en la oposición, Maragall tuvo que recurrir al tripartito para evitar que el delfín de Pujol, Artur Mas, se convirtiera en presdiente de la Generalitat. El fiasco del tripartito y el escandaloso proceso de reforma del Estatut han dado a Montilla la excusa perfecta para pasar cuentas con esos sectores sofisticados de los socialistas a los que quería ver fuera de la dirección del partido. Ya han caído los más visibles, Maragall y el alcalde de Barcelona, Joan Clos. Pero la purga continuará. El proceso, sin embargo, no tiene vuelta atrás. Si Montilla no es president, estará acabado.

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