CON este título se ocupa el profesor Samuel P. Huntington, en un magnífico libro, de los «desafíos de la identidad nacional estadounidense». Los Estados Unidos, escribe, tienen un problema identitario específico, pero no son la única nación con un problema de identidad. Los debates en torno a la identidad nacional resultan algo omnipresente en nuestra época. Más aún: las crisis de identidad nacional se han convertido en un fenómeno global.

Estas palabras deberían servirnos de consuelo a los españoles, que sufrimos desde hace tres décadas un ataque incesante a nuestro carácter de nación. Ciertamente, la nación española no constituye una entidad creada por Dios destinada a pervivir hasta el final de los tiempos. Si, como dijo Rousseau, Esparta y Roma perecieron, ¿qué Estado puede abrigar la esperanza de durar siempre? Siendo las naciones, recuerda Huntington, comunidades imaginadas, las identidades son personalidades imaginarias: somos, en suma, lo que creemos que somos y lo que queremos ser. Pues bien, parece que la voluntad nacional del pueblo español se halla hoy debilitada, al haber disminuido nuestra percepción y nuestro deseo de una identidad común. Nos encontramos tan desorientados después de treinta años de denodados esfuerzos por construir en nuestro territorio otras naciones, que, al presente, tendemos a vernos sólo como un ordenamiento jurídico estatal, del que ha huido, por falta de la necesaria sustancia psíquica, el alma de la nación española. Una nación existente, sin duda, 'de iure', pero cada vez menos sentida, proclamada y defendida 'de facto'. Como nación venimos ahora a ser un fantasma cohibido, huérfano de cuerpo político en el que encarnarse. Carecemos de emoción nacional. Así, si la bandera tiene entre los norteamericanos un altísimo valor simbólico, entre nosotros ni ondea indisputadamente en todos los edificios oficiales del país ni, fuera de los eventos deportivos, suscita adhesión identitaria alguna. Cosa que, en cambio, sí sucede con la 'senyera' o con la 'ikurriña', objeto de una sostenida pedagogía de simbolización por parte de los nacionalistas catalanes y vascos. Nuestro himno, a su vez, sin letra que sustituya a la de la época franquista, no puede inspirar por su misma mudez el sentimiento de compartir un credo nacional.

Huntington defiende la preservación del credo nacional americano frente a las amenazas que sobre él se ciernen. Ese credo, nos explica, fue el producto de la cultura angloprotestante característica de los colonos fundadores de Estados Unidos en los siglos XVII y XVIII. Los elementos clave de dicha cultura son la lengua inglesa, el cristianismo, los conceptos ingleses de imperio de la ley, responsabilidad de los gobernantes y derechos de los individuos, y los valores de los disidentes religiosos (el individualismo, la igualdad, la ética del trabajo). Tal viene a ser el credo que sostiene la identidad nacional estadounidense. Una identidad erosionada desde finales del siglo XX por los siguientes factores: 1) un multiculturalismo exacerbado, estimulado por decididas políticas públicas; 2) la tendencia de los nuevos emigrantes a mantener fuertemente sus vínculos anteriores y, por tanto, a poseer identidades, lealtades y ciudadanías duales; 3) la transformación de Estados Unidos en una sociedad bilingüe y bicultural por obra de una inmigración mayoritariamente mexicana; y 4) la desnacionalización de unas élites cada vez más cosmopolitas y transnacionales. En opinión de Huntington, el multiculturalismo es, en su esencia, civilización antieuropea, y la inmigración sin asimilación resulta imposible de soportar de manera indefinida. No cabe convertirse en norteamericano y continuar comprometido con un sistema político, económico y social diferente, propio del país de origen. Eso no es integrarse, sino actuar como una diáspora. Finalmente, un Estados Unidos multicultural se convertirá, con el tiempo, en un Estados Unidos 'multicredal', en el que los colectivos de culturas diferentes propugnarán valores políticos distintos y principios arraigados en sus culturas particulares.

Como nación de emigrantes ya desde sus inicios, Estados Unidos tiene mucho que enseñarnos acerca de los problemas de integración de unas corrientes migratorias que sólo recientemente nosotros hemos comenzado a recibir. A diferencia de Estados Unidos, sin embargo, España no puede ofrecer a los inmigrantes un credo nacional que nos identifique desde antiguo y que propicie, por su fuerza histórica y capacidad de atracción actual, la asimilación de aquellos que deseen permanecer aquí y trabajar por un futuro mejor para sus hijos. La verdad es que los españoles, sometidos a los vaivenes del inacabable baile de identidades territoriales, no nos aclaramos. No sólo padecemos el ruido y la furia de los nacionalistas excluyentes, sino el oportunismo claudicante de todos los logreros que nos gobiernan. ¿En qué creer sino en los intereses más inmediatos?

Urge, pues, que los intelectuales ajenos a cualquier pesebre partidista se desperecen y recuperen el patriotismo del que tantas veces se han avergonzado frente a los fetichistas, supuestamente progres, del nacionalismo aldeano. No se trata de oponer otro nacionalismo al suyo, pues el nacionalismo, como observara Orwell, es «el patriotismo echado a perder». Tampoco podemos apelar a un patrioterismo zarzuelero de baja estofa, ése que ha solido ofrecer a tantos pícaros su último refugio. Tras azarosos procesos históricos, la nación española alcanzó, con la Constitución de 1978, un acuerdo fundamental: la institución de un Estado social, democrático y autonómico de Derecho. Esto ha sido magnífico, y conviene no dilapidar, como ahora se hace alegremente por unos y otros, el caudal de consenso que nos ha proporcionado ingentes beneficios a lo largo de los últimos decenios. Pero el patriotismo meramente constitucional corre el riesgo de quedarse en frío racionalismo, insuficiente para caldear el corazón de los ciudadanos. Permítaseme, pues, parafraseando a Hans Küng, proponer que, junto a la razón institucional, se tenga también en cuenta el querer y el sentir, la fantasía y la emotividad, las emociones y las pasiones; todo aquello, en suma, que permita a los patriotas demócratas salir del armario y proclamar, legítima y orgullosamente, que España es una nación y que quiere seguir siéndolo.

RAMÓN PUNSET. CATEDRÁTICO DE DERECHO CONSTITUCIONAL DE LA UNIVERSIDAD DE OVIEDO.