Mario Gas, director del Teatro Español, vestido con camisa oscura, unos pantalones imposibles y sandalias, estaba apoyado en el quicio de la puerta izquierda del patio de butacas, charlando con un amigo. Faltaban dos minutos para el comienzo de la representación de un asombroso programa doble: la ópera chica Adiós a la bohemia y la opereta Black el payaso, ambas de Pablo Sorozábal. Gas, contemplando el teatro, sonreía:

–La verdad es que da gusto verlo así.

Vaya que si daba. Allí no cabía un alma pero es que ni de canto. Y este caballo pensaba para sus gualdrapas: “Si a Mario Gas le satisface ver el Español lleno, este hombre debe de llevar años siendo el tipo más feliz del mundo”.

Mario Gas es a la iniciativa teatral española lo que la Revolución Francesa fue a Francia o lo que internet al periodismo: algo febril que lo cambia todo, que pone patas arriba las viejas ideas y costumbres; que vuelve tarumba a todo bicho viviente, desde la taquillera a la señora ministra, y que, cuando pasa –Dios mío, que no pase; Virgencita, que nos quedemos como estamos al menos diez o veinte años más–, uno, sencillamente, ya no se acuerda de cómo eran las cosas antes del tsunami, porque el paisaje está tan cambiado que ya no es fácil siquiera recordar el pasado y muchísimo menos volver a él.

Creen que exagero, ¿verdad? Bien, pues tomen nota. Sólo en este mes de septiembre, el Teatro Español programa la función doble de Sorozábal que vamos a comentar; a continuación, solapándose en dos días con la música de don Pablo, Nina, drama de José Ramón Fernández, que fue premio Lope de Vega en 2003; a renglón seguido, La casa de Bernarda Alba, de Lorca; inmediatamente, Medea, de Eurípides, dirigida por Ricardo Iniesta; y, por último, la compañía de danza Gelabert Azzopardi, que pone en escena dos obras. Ese trajín hubiese llenado la programación de cualquier teatro de Madrid durante una temporada entera. Mario Gas la atiza sólo en este mes, y septiembre es de los tranquilitos.

¿Cómo se hace eso? Pues miren, yo no lo sé. Y no logro imaginarlo. Supongo que a base de una energía sobrehumana, de una imaginación sin límites y de una pasión febril, desatada (esto último se le nota) por la escena. Pero es que yo no conozco a nadie más que sea así o que pueda funcionar así, aparte, naturalmente, de Superman. Temo mucho que, el día en que Mario Gas vaya al hospital porque se ha torcido un tobillo, lo agarren los cardiólogos por las orejas y no lo dejen salir de allí en seis meses, porque debe de tener la tensión que ni los cables de Iberdrola. Así que lo mejor para el público será que este hombre no se tuerza un tobillo.

La eterna canción. El éxito fue clamoroso. Ahora nos arrea este programa doble que, sencillamente, quita el hipo. La ópera chica Adiós a la bohemia, con texto nada menos que de Pío Baroja, es una pequeña delicia basada en tres personajes: Ramón, pintor fracasado; Trini, su antiguo amor, que ahora ejerce la prostitución, y el Poeta Vagabundo, un personaje irresistible que es quien, se supone, escribe el drama “realista” que estamos viendo. Se trata de una larga despedida entre los dos antiguos amantes que, aunque quieran, ya no pueden volver a serlo, porque la vida –¿me estás escuchando, Marité?– ya les ha llevado demasiado lejos. Sería un dramón del corte de Il tabarro de Puccini si no fuese por las intervenciones de los personajes secundarios: el coro de tertulianos (Gas, que es a la vez director del teatro y director de escena de esta pieza, ya digo que le va a dar un infarto, se inspira en el Café de Pombo que pintó Solana); el señor que lee el periódico y que canta (genial Tony Cruz) un desternillante “chotis del crimen de Chinchón”; el señor de la capa, un enorme Francisco Piquer, que seduce a dos “sobrinas” famélicas y a su “tía” a base de jamón y filetes con patatas. Y, desde luego, el inenarrable número del que podríamos llamar Coro de Pilinguis del Teatro Español, un grupo de conmovedoras putalastras que cantan desde los palcos vestidas que ni para una de Visconti: qué gran trabajo del figurinista Antonio Belart.

Voces, tres, y espléndidas. El barítono Javier Galán, que ya nos maravilló a todos cuando hizo el “Sancho Panza” del Don Chisciotte de Manuel García en el estreno mundial de Tomelloso, con Juan de Udaeta a la batuta, pronto hará un año, borda al pobre “Ramón”. La soprano María Rey-Joly le empata noblemente el partido con su “Trini”, y el barítono Iñaki Fresán está tremendo en su papel de Vagabundo, un verdadero homenaje de Sorozábal al “Prólogo” de I Pagliacci, de Leoncavallo.

La orquesta, pues… Bueno, en fin. El director, Manuel Gas, hermano de Mario, esteee… (a ver cómo decimos esto para no jorobar la columna, caramba). Vamos, que Carlo Maria Giulini lo hacía, si acaso, algo mejor. Cuando el Poeta Vagabundo repite su frase favorita: “¡Realismo! ¡Realismo! ¡Cosa amarga, triste!”, a veces da la sensación de que está pensando en el sonido de la orquesta más que en el Realismo, pero no pasa nada: el resultado sigue siendo magnífico.

Payasos, reyes, gobiernos

Pero el público, tras el Adiós a la bohemia, es que ni sospecha la que se le viene encima en la segunda parte. Black el payaso, increíblemente estrenada en la España de 1942 (es una crítica feroz hacia la incompetencia de los gobernantes, la hipocresía de los políticos y la vanidad huera del poder: “¡El espectáculo somos nosotros!”, grita el “barón de Orsava”), es lo que se dice una obra maestra. Por la partitura de Sorozábal, llena de genialidad, humor y mala leche; por el texto tremendo del periodista sevillano Francisco Serrano Anguita, que le mete un viaje a la monarquía de los de sudar frío; por la interpretación, que ahora comentaremos, y, sin la menor duda, por una puesta en escena sencilla, literal, absolutamente inolvidable, que firma Ignacio García.

Si el mundo de la música en España fuese un nido de escorpiones vengativos, trepadores, encanallados y sin escrúpulos (que ya saben ustedes que no es así, por Dios: todos son amigos fraternales, generosos como nadie, no dejan de hacerse favores unos a otros y van juntos a misa de doce cada domingo), cabría pensar que Mario Gas e Ignacio García, con este montaje asombroso, le han propinado una solemne coz en el centro mismo de los nísperos a los programadores y escenógrafos del Teatro Real, del Liceu o de la Maestranza, que disponen para cada obra de un presupuesto equivalente al que el Español tiene que administrar en toda la temporada. Convertir el escenario del Español en una pista de circo poblada por una verdadera multitud de clowns, funambulistas, malabaristas, lanzadores de cuchillos, trapecistas… y, a la vez, de príncipes, princesas, condes de guardarropía, ujieres y ministros, eso no lo hace cualquiera. Y menos con la precisión, la agilidad y la brillantez de este Black el payaso.

La partitura es sencillamente maravillosa. Cómo puede ser que esto estuviese arrumbado en un cajón. Sorozábal sabía hacer de todo, y todo bien: la conmovedora “melodía de la estepa”; el descacharrante fox trot “Catalina”; el coro al estilo de La bella Helena de Offenbach; el crudelísimo Himno Nacional de Orsonia, que está directamente emparentado con el célebre “Ya el sol asomaba en el Poniente”, de Les Luthiers; la parodia de música popular rusa, que eso es el “Adiós a la siega…” La cita literal, explícita, del Vesti la giubba de I pagliacci… Miren ustedes: cuando el payaso “White”, transmutado en “marqués de Tarnovich”, habla por teléfono con la guardia cosaca, y la voz que le contesta al otro lado de la línea la hace una coñona trompeta con sordina, el público es que llora de la risa. Qué músico, Sorozábal. Y pensar que en 1952 tuvo que dimitir de la dirección de la Sinfónica de Madrid porque el régimen de Franco le prohibió estrenar en España la VII Sinfonía de Dimitri Shostakovich, titulada “Leningrado”… Y pensar que el diario El Alcázar publicó entonces una foto suya tachada por un aspa negra bajo el enorme titular: “Este hombre ha dejado de existir en España”… ¿Quién ha dejado de existir en España, eh? ¿Franco y El Alcázar o Sorozábal, aquel genio cabreado que llena hasta arriba el Teatro Español dieciocho años después de su muerte?

Black el payaso es un duelo vocal entre dos cantantes que son, al tiempo, insuperables actores: de nuevo Javier Galán, que está inmenso, y Enrique Baquerizo, el memorable protagonista del Don Quijote de Cristóbal Halffter en el Teatro Real, pronto hará siete años. Este caballo no se atreve a decir cuál de los dos estuvo mejor. Es imposible hilar tan fino cuando se canta y se actúa tan condenadamente bien. Se llevan la función entre los dos. Los demás hacen lo que pueden, y pueden mucho, pero los milagros sólo los hace Dios, y Beatriz Díaz, en su “Princesa”, exhibe una voz que recuerda a la de Hilde Gueden: una de las más eximias representantes de aquella generación de sopranos de principios del XX a las que se llamó “las gatitas”. Y el tenor José Manuel Montero sufre los tremendos efectos de la ley de la gravedad sobre su voz (vamos que “cala” terriblemente) y no canta a gusto, a pesar de que no le falta madera vocal.

Pero no es posible dejar de citar a dos “secundarios” tremendos. Yo sabía que Paco Maestre era un espléndido actor: lo admiré en El cerdo, de Raymond Cousse, y llenaba la pantalla en su papel de cura asesino en La mala educación, de Almodóvar. Pero no tenía ni idea de que supiera cantar. Pues vaya que si canta. En el cuarteto del “Cronicón del protocolo de la boda” está que se sale, sencillamente. Y luego, por supuesto, el “director de escena”, el extremadamente bajito Emilio Gavira, que hace en realidad de “narrador” del drama con unas capacidades actorales y una voz alucinantes.

Mario, por favor, cuídate mucho. De verdad. Nos estás haciendo muy felices, no sabes cuánto. Ya has resucitado tres obras maestras de Pablo Sorozábal y, el año que viene, te propones nada menos que el estreno absoluto de la última partitura del maestro, la ópera Juan José: don Pablo la consideraba su mejor creación, muy por encima de La tabernera del puerto, Don Manolito o La del manojo de rosas, que se dice pronto. Don Pablo se fue a la tumba amargado porque no logró verla en escena, y tú la vas a montar. En todos los sentidos: en el escénico y en el otro, eso seguro. Y eso en medio de tu habitual programación de cincuenta y ocho títulos por mes, que nos tienes locos, felicísimamente locos, a todos.

Pero cuídate, ¿eh? No vayas al médico (¡Dios nos libre de que te tuerzas un pie!) pero vigila la tensión, haz vida sana, come mucha fruta, logra que te den muchos mimos y muchos besos. Que nos tienes que durar mucho, chaval. Que la pasión y el arrebato que tú les pones a ese teatro, y a la cultura española, no los pone nadie en este país. Sigue en el Español muchos, muchos años. Que al público nos pasa como a ti con tu teatro, que “da gusto verte así”. Porque como a Zapatero se le ocurra nombrarte ministro de Cultura, hijo, el infarto nos va a dar a nosotros.