Si toda guerra raya en el absurdo, la guerra de Líbano es el absurdo mismo. Tras un mes de matanzas de cientos de civiles, sobre todo libaneses, nada ha cambiado. Ni Israel ha conseguido eliminar a Hezbollah (más bien lo ha reforzado), ni ha recuperado a los dos soldados secuestrados (motivo aparente de la guerra), ni Hezbollah ha conseguido canjear prisioneros, ni recuperar el territorio libanés ocupado por Israel antes de la guerra, ni disminuir la supremacía militar israelí, aunque haya mostrado sus límites. Lo único claro es el odio y la ferocidad que revela esta guerra. Los dos bandos han concentrado sus esfuerzos en matar y mutilar al mayor número posible de civiles, entre ellos miles de niños, y en destruir la infraestructura básica de la vida.

La aviación israelí realizó más de 9.000 bombardeos, destruyó 50 fábricas, 100.000 viviendas, 146 puentes y 74 carreteras, y mató a más de mil civiles e hirió a cuatro mil más. Hezbollah lanzó unos 5.000 misiles, que mataron a 57 civiles e hirieron a casi un millar. Más de un millón de libaneses y 300.000 israelíes se convirtieron en refugiados. El ataque a la población civil ha sido deliberado por ambas partes. En el caso de Hezbollah, porque su capacidad de infligir un castigo a Israel se basa en los imprecisos katiushas que lanzaba desde plataformas móviles sobre las ciudades israelíes, apuntando a bulto. En el caso de Israel, el objetivo era destruir las infraestructuras de Líbano y aterrorizar a su población para que renegase de Hezbollah. Porque la justificación israelí de bombardear los lugares de donde partían los ataques de las milicias desde zonas habitadas sólo podría valer para el sur de Líbano, pero no para Beirut, donde se produjeron los bombardeos más mortíferos. Y nadie puede dar crédito a la idea de matar a los dirigentes de Hezbollah bombardeando los edificios donde viven, porque naturalmente no estaban allí. Quienes sí estaban eran los cientos de familias que quedaron sepultadas bajo los escombros. Sobre todo en los barrios chiíes de Beirut, base social de Hezbollah. Por tanto, el bombardeo de estos lugares es equivalente a considerar a la comunidad chií (40% de los libaneses) un enemigo al que destruir. O sea, el mismo razonamiento que lleva a Hezbollah a bombardear indiscriminadamente las ciudades israelíes. Así, el odio y la rabia se han enquistado aún más en las dos poblaciones, e Israel tendrá que continuar sobreviviendo a partir de su afirmación como país guerrero y ocupante, aterrorizando a poblaciones civiles mediante bombas racimo y de fósforo blanco.

Con ello Israel se condena a la amenaza perenne del terrorismo y la guerra, fiando su supervivencia a su capacidad militar y al apoyo de Estados Unidos. De modo que los niños israelíes, generación tras generación, seguirán creciendo en el miedo, el prejuicio y la violencia.

El despliegue de las tropas de Líbano y de las Naciones Unidas puede estabilizar el alto el fuego, pero no resuelve ningún problema. Nadie podrá desarmar a Hezbollah, que se ha erigido en la fuerza de resistencia nacional libanesa y que está desempeñando un papel clave en la reconstrucción del país. Es improbable que los suministros de armas a Hezbollah puedan controlarse eficazmente. Para eso tendría que blindarse la frontera siria, algo que ni está en el mandato de las Naciones Unidas ni es practicable con los efectivos desplegados. Lo positivo es que Israel no podrá continuar la ocupación del sur de Líbano y que los katiushas no deberían poder operar desde el territorio supervisado por la fuerza internacional. Pero eso no impide que cohetes de largo alcance puedan dispararse desde el norte del río Litani ni que comandos israelíes o islámicos operen en territorio del país enemigo. Nada pues ha cambiado, excepto el deseo de venganza y la percepción de fracaso de la ofensiva israelí, un peligroso sentimiento que puede conducir a mayor agresividad por ambas partes.

Visto así, todo es absurdo, absurdas las atrocidades que hemos vivido en falso directo por la tele como episodios de hazañas bélicas. Pero incluso el absurdo tiene explicación. En los medios informados de Estados Unidos, sobre todo entre los analistas críticos con la Administración Bush, se ha ido construyendo una inquietante visión de lo que ha pasado y de lo que puede pasar. La verdadera raíz del problema está en la preocupación creciente de los halcones estadounidenses con respecto a Irán. Un Irán nuclear, con alianzas internacionales con Rusia, China, Venezuela y otros países, con una economía en crecimiento, un régimen fundamentalista consolidado y unas fuerzas armadas modernizadas y motivadas, puede emerger a corto plazo como la potencia de Oriente Medio, capaz incluso de plantar cara a Israel por medio de su disuasión nuclear. La perspectiva es aún más preocupante por cuanto el Iraq estable con el que sueña George W. Bush para antes de irse implicaría una clara dominación chií, probablemente en situación de guerra abierta o larvada con los suníes en Iraq y más allá de Iraq. Los dirigentes religiosos del chiismo iraquí, tanto los moderados como los radicales, saben que no pueden contar a largo plazo con las fuerzas de ocupación. Su supervivencia en un mundo suní cada vez más militante requiere un apoyo de Irán, el centro del islamismo chií.

Irán, por su parte, como pude percibir en una reciente visita a Teherán, incrementa su apoyo a los chiíes en todo el islam y utiliza la hostilidad a Israel como factor de prestigio en el mundo islámico. Claro que países suníes como Siria también entran en esa alianza por razones geopolíticas. Pero la potencia emergente es Irán y su área de influencia chií. Por ello EE. UU. quiere frenar a Irán por todos los medios. Esto incluye destruir su capacidad operativa en la línea de frente con Israel, el enemigo común de los musulmanes. De ahí que, según un reportaje de Seymour Hersh en el New Yorker (el periodista que reveló las torturas de Abu Graib), Bush incitara a Israel para lanzar una amplia operación y acabar con las milicias de Hezbollah, retomando el control de Líbano a través de su actual Gobierno moderado. Tras reducir la influencia siria el año pasado, se trataba ahora de acabar con la conexión iraní, situando a un país clave bajo la influencia norteamericana. Pero en realidad cayeron en la trampa de Hezbollah. Porque la guerrilla islamista presuponía, conociendo a su enemigo, que una emboscada en el propio Israel provocaría una respuesta masiva para la que se había preparado durante años. De modo que tanto Israel como el sufrido Líbano se han convertido en tierra de enfrentamiento entre EE. UU. e Irán por el control de Oriente Medio, su petróleo y sus fieles. La batalla de Iraq se extiende a Líbano, mientras se vislumbra Irán en el horizonte bélico. De ahí que habiendo perdido esta apuesta a través de Israel, EE. UU. esté activando en estos momentos el acoso a Irán por otras vías. Al pinchar en hueso en el Consejo de Seguridad de la ONU, por la oposición de Rusia y China y la resistencia de Francia a adoptar sanciones duras contra Irán, EE. UU. está buscando alianzas con otros países para formar una coalición que actúe contra Irán sin pasar por las Naciones Unidas. Por ahora no militarmente, aunque se podría enviar una fuerza naval para el control de suministros nucleares a Irán. Para empezar, el acento se pondría en los bloqueos de cuentas internacionales del Gobierno iraní. EE. UU. está reclutando para este fin a la Unión de Bancos Suizos y otras entidades financieras internacionales. Mientras, Irán acaba de inaugurar su primera instalación de producción de agua pesada. De modo que el absurdo de la guerra de Líbano, sin dejar de serlo, se puede entender como un paso hacia un absurdo aún mayor: un enfrentamiento gradual con Irán y una posible guerra contra Irán y sus aliados chiíes, incluidos los iraquíes, actuales aliados de EE. UU., en el contexto de un posible Irán nuclear que aún conserva buenos amigos en la vieja guardia científico-militar del complejo nuclear de Pakistán.