Parece que fue en el neolítico, cuando nuestros antepasados se asentaron y cultivaron las tierras, cuando empezó esa jerarquización de las relaciones entre las gentes. Es decir, de grupos anteriores donde existía un matriarcado, en que las mujeres eran las portadoras de la vida y las relaciones eran igualitarias, se pasó a tener bienes cultivados, las tierras, y ahí empezó el quién tiene más y quién tiene menos y el hombre se hizo con el poder del grupo por la fuerza, relegando a la mujer a un segundo papel. Es decir, se cambió la fuente de vida que era la mujer por los bienes acumulados como un signo de riqueza y poder.
Y ahí cambió todo. Y cuando digo todo es que es todo. El cambio fue enorme porque de unas relaciones en las que participaba todo el grupo, hombres y mujeres, reuniones de una cierta manera asamblearias, se pasó a dividir al grupo en una primera categoría de individuos, hombres,y una segunda categoría, mujeres,con lo cual el hombre se sintió dueño y señor de todo lo demás, con derecho de vida y muerte incluidos.
Y a partir de entonces, la historia no ha hecho nada más que perfilar con creces ese statu quo. Dentro de ese esquema universal - excepto en pequeñas comunidades donde todavía existe algún matriarcado- ha habido mujeres gobernantes en algunos países, pero siguiendo el modelo jerárquico y de sumisión de la población femenina.
Las tres grandes religiones monoteístas se apuntaron de manera absoluta a ese patrón de patriarcado que todavía dura de manera incuestionable, como si el hombre, por el solo hecho de serlo, ya fuera el elegido de los dioses, de cualquier dios en cualquier sitio.
Eso del patriarcado, honesto no es, ni mucho menos. Lo han comprendido las democracias, aunque sin grandes aspavientos; ha sido una comprensión de poquito a poco con mucho miedo de perder el terreno del poder masculino. Empieza a vislumbrarse algún gobierno dirigido por una mujer que intenta cambiar ese poder tan jerarquizado, pero aún son pocos países y la mujer gobernante se encuentra con unos sistemas tan rígidos que hará falta todavía mucho tiempo para que el hombre reconozca de verdad que el gobierno femenino puede hacerlo igual e incluso mejor, no tan sólo por ser una mujer la que gobierna, sino porque la visión femenina de los asuntos puede modificar significativamente el valor de las cosas.
Existen todavía muchos países en que la mujer no tiene ni voz ni voto. Algunos le dan el voto, pero sin tolerar que se cambien las costumbres que mantienen a la mujer sumisa para con el hombre. Y eso no es de ley, no lo es para nadie en el mundo. No se pueden esgrimir hábitos y costumbres para tener a la mujer fuera de juego. El patriarcado es obsoleto en todas sus manifestaciones y urge dejarlo claro en cualquier Constitución de cualquier país. Tampoco ninguna confesión religiosa puede enajenar el derecho de la mujer a ser y a decidir como hace cualquier hombre.
La ley civil tiene que estar por encima de las creencias. Una medida que tomar podría ser la laicidad de la representación de cada Estado y que las confesiones religiosas se mantuvieran en un estricto ámbito de prácticas privadas. Por decirlo de otra manera, disponer una incompatibilidad entre los cargos del gobierno de un país y cualquier puesto en la jerarquía de alguna confesión religiosa sería la manera de mantener separadas las influencias patriarcales que han ejercido y ejercen todas esas confesiones.
Por algo hay que empezar, tal vez entonces todas esas mujeres bajo burkas físicas o mentales podrían liberarse de tanto maltrato patriarcal.

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