Los hombres del presidente Bush creen que todavía es posible ganar las elecciones de noviembre defendiendo la invasión a Irak.
Lo inició hace una semana el vicepresidente Dick Cheney, lo que resulta apropiado, porque nadie como él insistió en la idea de la invasión o predijo un triunfo más fácil. Lo siguió a los pocos días el secretario de Defensa Donald Rumsfeld, también el hombre adecuado porque condujo la guerra hasta hoy.
Finalmente fue el presidente George W. Bush quien el jueves pasado se sumó al coro de primeras voces oficiales que están intentando rescatar el fiasco iraquí ante la mirada de una sociedad cuya mayoría cree que el desastre es poco menos que insalvable y que sería apropiado ponerle fin. La tarea en Irak está inconclusa, dijeron todos, y proponer dejarla así equivaldría a renunciar al triunfo de "la democracia y la libertad".
¿Por qué ahora, precisamente?
Bienvenidos a la segunda mitad del año electoral 2006 que definirá si los republicanos pueden conservar el control de ambas cámaras del Congreso para que el último tramo de la segunda presidencia de Bush no se arrastre por el desierto político. Y las cosas no parecen estar del todo bien desde la perspectiva de ese objetivo.
Pero no es solo lo del desastre en el Golfo Pérsico; de lo que realmente se trata es de probar que la magia política del temor colectivo aun sigue funcionando en la política estadounidense.
Y para esto hay que restaurar en el imaginario colectivo el nexo quebrado entre el 11 de Septiembre de 2001 y la invasión y posterior ocupación de Irak casi dos años después. Si la conexión entre ambos hechos no puede ser restablecida es muy probable que las posibilidades de que los hombres de Bush se impongan en los próximos comicios sean reducidas.
Hasta hoy el oficialismo estadounidense tiene poderosos incentivos para seguir apostando a un miedo muchas veces hueco. Basta ver la evolución de las encuestas. Tres sondeos —CNN, USA Today/Gallup y The New York Times/CBS— mostraron que el índice de aceptación de Bush se está recuperando (42% en las dos primeras y 36% en la última) respecto de los oscuros meses de abril y mayo de este mismo año.
Esta recuperación está indisolublemente ligada a una nueva ronda de explotación de la amenaza del terrorismo que, conviene recordar, supuso la carta de triunfo en los comicios de los años 2002 y 2004, esta última vez cuando obtuvo un nuevo período en la Casa Blanca.
No son solo los momentos de las urnas aquellos donde ha servido bien agitar la guerra infinita. Mirar la historia más reciente de Estados Unidos permite comprobar que ese temor colectivo que dejó el 11/S le ha sido funcional en muchas instancias a los republicanos: les permitió zafar de la bala de plata del huracán Katrina con su dosis gigantesca de torpeza gubernamental, de la tinta roja que inunda la contabilidad pública de la nación y aun del malestar inmediato que se produce en los estadounidenses cuando precios altos del petróleo amenazan —como ahora— su voracidad energética.
Ineficacia, mentiras reiteradas descubiertas, clientelismo político todo —o casi todo— ha podido ser barrido hasta aquí bajo la enorme alfombra de una vulnerabilidad más imaginaria que real de la sociedad, aunque por primera vez hay duda razonable de que el tejido del tapete pueda seguir disimulando la montaña que apila.
Cheney es sin duda el gran creyente en este azuzar el miedo de modo irresponsable. En parte a su insistencia sacerdotal en el credo de la amenaza terrorista hay que atribuir algunos datos sorprendentes, aunque poco conocidos: en julio pasado otro estudio de opinión pública, realizado por la consultora Harris, reveló que la idea de que Irak poseía antes de la invasión armas de destrucción masiva se ha reinstalado en un 50% de la población y que el 64% aun cree que el régimen de Saddam Hussein tenía sólidos vínculos con Al Qaeda. Todo esto aun cuando la impopularidad de la guerra siga creciendo en los mismos sondeos.
El hallazgo tardío de algunos proyectiles —imposibles de ser disparados por datar de la década del 80— del arsenal de Saddam y la tenacidad de vincular a su régimen con Al Qaeda en la propaganda, a pesar de que los documentos hallados por la ocupación prueban exactamente lo contrario, fueron eficientemente usados para regenerar las fantasías antes citadas.
En verdad hay que retrotraerse al régimen alemán nazi de fines de los años 30 y primera mitad de los 40 para encontrar hombres con talento comparable para el engaño al de los neoconservadores que aun dominan Washington.
Otro ejemplo interesante tiene que ver con los costos del desmadre en Irak, pero no con los globales que —ya se sabe— ni guardan proporción con los estimados a priori, ni con los beneficios obtenidos por las potencias invasoras, al menos hasta el momento.
Para Bush no alcanza con un triunfo militar convencional —como el que obtuvo en el 2003—, ni con disimular el infierno en que la posguerra se transformó en Irak (y que ahora amenaza con prolongarse también en Afganistán). Se siente compelido a la justificación moral de sus políticas aun las más imposibles de abordar desde esa perspectiva. Y aquí son útiles algunos valores parciales.
Esto se logra en parte exhibiendo a asociados voluntarios en la tarea y en esto no hay nada que sea demasiado caro. Por ejemplo Estonia recibió 2.5 millones de dólares del llamado Fondo de Solidaridad de la Coalición —creado por el Congreso a instancias de Bush en mayo de 2005— por desplegar 40 de sus soldados en Irak y 80 en Afganistán.
Pero lo importante de estas acciones de la administración republicana es aun una incógnita; el esfuerzo de reventa de Irak y de la guerra infinita recién ha comenzado. La pregunta clave es ¿hasta dónde habrá llegado para el día del voto?
ocardoso@clarin.com
Copyright Clarín, 2006.

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