Querido J:

Faltaba una larga posdata sobre la inmigración y el nacionalismo catalán, y estaba empezando ya a escribírtela cuando llegó la noticia de que el alcalde de Barcelona iba a ser nombrado ministro de Industria. ¡Imposible resistirse! Demasiados chistes habíamos hecho sobre la Barcelona waterclosed como para no despedirlo en su loor. Creo que el destino del personaje, algo esforzado, puede asociarse a sus pesadas herencias. El anterior alcalde, Pasqual Maragall, le dejó el Fórum, temible a priori y mucho más temible en lo que realmente fue, y don José Montilla le deja la Opa de Endesa y un vacío de gestión casi absoluto. Por cierto, respecto a lo que va de un ministro de Industria a otro, y corriendo el riesgo de que ya lo hayas leído y saboreado, no me resisto a copiarte este párrafo del editorial con que el diario El País saludó la llegada de Clos al ministerio: «Médico de profesión antes de dedicarse a la política, está por ver si posee los conocimientos especializados para las tareas a que deberá enfrentarse ahora: política industrial, últimamente poco activa, telecomunicaciones, I+D, turismo y comercio exterior». Conocimientos todos ellos que su antecesor atesoraba (¡ya se ha visto!) en impagable medida. Puede que Clos no acabe siendo un ministro competente. Pero su perfil intelectual (su frecuentación de la ampulosamente llamada sociedad del conocimiento, que no es otra cosa que cultura+industria) y su experiencia de gestión lo colocan en un nivel notablemente superior al de don José Montilla.

En cualquier caso hablemos de lo que podemos, que es del pasado. Clos ha sido alcalde durante ocho años. Antes había pasado una larga temporada como concejal, de donde arranca su mayor éxito: la rehabilitación de la ciudad vieja. En los años de Clos se ha producido en Barcelona un hecho trascendental: la conversión de la presumida ciudad en un complejo turístico, preferentemente destinado a la juventud y a los trabajadores manuales europeos. No sé si te he contado la impactante experiencia que viví hace tres agostos en los dos kilómetros que ocupan las celébres Ramblas de Barcelona. Eran las cinco de la tarde y yo me veía inexorablemente obligado a estar allí, por supuesto. Anduve. Conté 22 tipos medio desnudos, todos de cintura para arriba, y todos deplorables por un motivo u otro. Pero parecían felices. Su rostro cuadraba a la perfección con el juicio general que merece la ciudad al extranjero, oh, yes, free.

El vasallaje turístico, bien lo conocen tus propiedades, es duro. Y lo que ha supuesto para la costa mediterránea es de todo punto conocido. Bajo el mandato del alcalde Clos el vasallaje ha llegado a la ciudad. Y ha llegado de la peor forma posible. Una forma frecuente en la conducta catalana: con aranceles y proteccionismos caprichosos (la ciudad está completamente vendida al turismo, pero sus horarios comerciales y sus licencias de taxis son más rígidos que los de la muy sosegada ciudad de Albacete), y con un desprecio absoluto por los vecinos. Te explicaré esto último con una paradoja didáctica. Hace meses las autoridades emprendieron una campaña contra la prostitución en la calle. Meritoria. Es comprensible que a las autoridades les preocupe que la humillación se exhiba. Esto sucedía, si no me equivoco, acabándose el invierno. Acabándose el verano sucedían, como cada año, las fiestas de Gràcia. Estas fiestas son ya un pásalo entre la juventud europea. En Europa la siniestra mafia de la juventud exige la posibilidad de expansionarse. Las autoridades lo comprenden y al llegar el fin de semana recluyen a los jóvenes en carpas de polígonos industriales y sueltan la mecha. Cada 12 horas, siempre al filo del Angelus, aterrizan en el polígono ambulancias y camiones de basuras y se llevan los restos, que suelen ser cuantiosos. Hay que pagar todo eso, pero la juventud es la juventud. Y las molestias, para el resto de ciudadanos, son escasas.

Ahora bien: imagínate que la gigantesca carpa del polígono es un barrio con plazas, callejuelas y bares, trazado con civilidad antigua y sureña. Y que durante cuatro o cinco noches el barrio no se cierre para la alegre juventud. El éxito es indescriptible. Nadie cree en Europa que eso sea cierto. Pero vienen, se frotan los ojos, beben, bailan, rompen, y lo propagan. Uno de los concejales de Clos, encargado del mantenimiento de ese barrio, se felicitaba a sí mismo este verano con una urgente cara dura: «Hemos evitado lo peor». Lo peor era que la Policía interviniese para que el estrépito, el sudor y los vómitos acabasen y los miles de vecinos (casi todos viejos), atrapados por el verano, la mafia juvenil, las cínicas autoridades y los medios ovejeros, pudiesen dormir unas pocas horas.

Los errores principales del alcalde Clos no tienen que ver con aquel llamado Fórum de las Culturas, una espuela cuando ya se habían acabado los tiempos de la barra libre. Ni con el Carmelo, un accidente infectado por la literatura (la obra de Marsé provocó que todas las informaciones de la prensa regional española arrancaran con lírica entradilla), la demagogia anticatalana o el grotesco Gobierno tripartito. Ni siquiera con la evidencia (temperamental) de que Clos nunca supo encontrar la manera de dirigirse a los ciudadanos. Lo peor para él ha sido su tiempo: que su tiempo haya coincidido con el de la ciudad vendida. Y tal vez, se lo concederemos, el de haber elegido el perfil de un vendedor de tour operators antes que el de alcalde de una vieja ciudad mediterránea. Sin embargo, sería injusto acusarle de nada que no fuera su desinterés en proveerse de un relato, de cualquier ficción ciudadana que nos distrajera por un instante de los tipos grasos en camiseta imperio o sin.

Porque lo cierto es que la gestión de Clos ha permitido que veamos a Barcelona tal como es. Una ciudad necesitada de que sus habitantes (of course: los más pobres y los más débiles) no duerman para asegurar de este modo la continuidad del negocio. El escritor Michael Eaude, que ha editado recientemente una serie de juicios barceloneses, cree que Barcelona es una ciudad agradable, pero que tiene, entre otros, graves problemas de tráfico, de ruido y de vivienda. «Muchas ciudades tienen problemas similares, pero no presumen de ser las mejores del mundo». Es cierto: hay un patético narcisismo barcelonés de orígenes vulgarmente nacionalistas. Pero estarás de acuerdo en que el alcalde Clos no se ha distinguido por fomentarlo. Al fin y al cabo el emblema más heroico de su trabajo habrá sido aquella foto de samba, con Carlinhos Brown, en el Paseo de Gràcia. Otra imagen exacta de lo que esta ciudad ofrece. Fiesta, buenos restaurantes (aunque fieles a sus costumbres provincianas cierren, gregarios, en agosto), un divertido equipo de fútbol (las calles y las principales vírgenes -entiéndase- de la ciudad se ponen a su disposición para celebrar cualquier victoria), sol, alcohol y sexo, todo a buen precio.

Creo, amigo mío, que Joan Clos ha dejado todo esto bastante claro, arrasadoramente claro, y si no hay motivos para la felicitación tampoco para el reproche hipócrita. Barcelona depende ya prioritariamente del intercambio turístico, que es tan carnal como el de más fama, y donde manda siempre el cliente. En este intercambio, por cierto, la cultura ocupa un papel muy reservado: no se ha distinguido el alcalde por hacer nada relevante por ella. Pero es mentira, y malintencionada, que nunca pase nada en Barcelona. Pasan miles de turistas y con eso basta.

Sigue con salud

A.

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