En una España que se mira y se remira, que se palpa el cuerpo de lo insegura que se siente, que algunos catastrofistas dicen que se rompe irremediablemente, nos llega ahora por la gran pantalla una inmersión en un tiempo luminoso y a la vez oscuro de la peripecia española: el Siglo de Oro, tan brillante en la literatura castellana, y la transición del siglo XVII, tiempos de una leve pero permanente decadencia en los aspectos económico, social, militar y político. Es, efectivamente, el tiempo histórico de la película Alatriste, que ha sido dirigida por Agustín Díaz Yanes y que ayer se estrenó a bombo y platillos en 450 salas de cine, tras una inversión de más de 24 millones de euros, con cifras tan espectaculares como el centenar de localizaciones o los 10.000 trajes utilizados. Que se trata de un acontecimiento especial se ve ya solo al constatar la expectación creada en los medios o la presencia de tantos políticos y famosos en los estrenos.
Para muchos, se trata solo de otra gran superproducción --eso sí, la más cara del cine español--, un simple filme de aventuras, un desfile de espadachines con un extraño concepto del honor y un abigarrado mundo de espadas, capas, bigotes y sombreros. Para otros --que van más allá--, un retrato inclemente de un tiempo de luces y sombras, con un escandaloso contraste entre el mundo artificioso de la corte y la vida miserable de unos pobres soldados que deben defender con su propia vida la continuidad absurda de un imperio condenado a la extinción.
Pero existe también una tercera mirada posible, que ya era latente en la pentalogía literaria de Arturo Pérez-Reverte: la exploración de un terreno casi desconocido, de una imaginería española que había caído prácticamente en el olvido, cuando todavía se percibía el latido de unas glorias imperiales y de un viejo esplendor que habría podido trabar más sólidamente una identidad común. Y es que, más allá de la voluntad estricta del inventor de esta criatura literaria, hay, en algunos sectores españoles y españolistas, una lectura nacional de un tiempo reconfortante en el que, con sus grandezas y miserias, la fusión y la integración de nuestra diversidad colectiva parecía plenamente establecida. Dicho de un modo más simple: más allá de la decrepitud del imperio, las glorias literarias y artísticas brillaban con luz propia y todo el mundo podía sentirse partícipe, parece, de un proyecto común, incluso en una lengua que daba al mundo autores y obras perdurables.
Las cosas, claro, nunca son tan simples y se hace difícil leer la historia con los clichés o las preocupaciones de nuestro tiempo. No resolveremos nuestras debilidades actuales recorriendo a unos cuantos tópicos de dudosa eficacia. Por otro lado, nadie puede sentir nostalgia de un tiempo de glorias decadentes, un tiempo que los catalanes --que vivíamos en un ciclo histórico tan alejado de esplendores literarios o políticos-- sentimos con una fría lejanía.
Más allá, pues, del sueño de algunos de rehacer identidades evocando un pasado más bien triste, vale la pena repantigarse en la butaca del cine para ver, una vez más, como nos cuentan una buena historia, bien construida y bien interpretada. Una historia que nos sonará bastante familiar en algunos de sus aspectos y, a la vez, como es inevitable, terriblemente alejada y antigua...

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