El mes de agosto ha resultado un bálsamo informativo porque la política ha decidido irse de vacaciones. Incluso la política catalana ha vivido durante cuatro semanas en el desierto informativo, lo que ha permitido que los ciudadanos nos sintiéramos en el oasis mediático. ¿Motivos? El agotamiento propio y el cansancio ajeno después del empacho de la discusión estatutaria, que acabó con un gobierno elegido al mismo tiempo que con la paciencia de los electores. El silencio de la clase política catalana ha resultado especialmente significativo por estar convocadas unas elecciones el día de Todos los Santos, sólo dos meses después de guardar la hamaca.

Sin embargo, los últimos días de agosto han supuesto una rentrée agotadora, con comparecencia en el Parlament de Joan Rangel, delegado del Gobierno, para asegurar que está encantado de lo que hizo, que es tanto como decir de lo que no hizo. Es magnífico que la primera invasión de pista de un aeropuerto en el mundo occidental sin haber una guerra de por medio se haya producido sin que el responsable de la seguridad ordenara el desalojo hasta ocho horas más tarde. Pero la sorpresa se ha producido con el nombramiento de Joan Clos como ministro de Industria (pronto entre los requisitos para ocupar esta cartera figurará ser catalán) y la sustitución del alcalde por Jordi Hereu (¿quién dijo que los nombres no marcan una vida?). Clos ha ironizado que se iba al infierno, Hereu ha confesado que se sentía en la gloria. La oposición ha recibido los nombramientos con alusiones al apocalipsis, que es lo que toca a las puertas del juicio final de las urnas.

Por culpa de las encuestas, la política catalana anda bajo el síndrome de Match point,el filme de Woody Allen, donde el realizador compara una vida con un encuentro de tenis: "En un partido, la pelota golpea el borde de la red; durante una fracción de segundo, puede caer hacia un lado o hacia el otro de la pista. Con un poco de suerte rebota en el que te conviene y ganas el partido. Pero también puede caer de tu lado, y entonces pierdes". Las instituciones han tenido sus víctimas en la persona de sus máximos mandatarios, como en Match point (perdón por comparar a Maragall con Scarlette Johanson o a Clos con una actriz secundaria). José Montilla y Jordi Hereu están pendientes de la red para ver si la pelota cae del otro lado para ganar el partido. Como también dice el narrador en la película de Allen: "Aquel que dijo más vale tener suerte que talento conocía la esencia de la vida; la gente tiene miedo a reconocer que gran parte de la vida depende de la suerte... asusta pensar cuántas cosas escapan a nuestro control". Que se lo pregunten a Zapatero.