Un gran silencio lleno de tristeza y recuerdos acaba de posarse sobre El Cairo. Todo se ha detenido en el momento de darnos cuenta de que Naguib Mahfuz ya no está. Como en La azucarera,la muerte de un personaje se señala con pocas palabras: "El señor se ha ido de la casa". El hombre de la calle, quien lo vio toda su vida, el mozo que lo servía en su café tradicional, el amigo, el vecino, el secretario o el estudiante que acudía en busca de ayuda en una investigación sobre su obra, todos cuantos constituyen el pueblo cairota y mucho más allá de él se encuentran anonadados por la pena. Naguib Mahfuz pertenecía a ese pueblo, a esa multitud anónima que bulle en las calles de El Cairo. Instalado en su café, observaba toda esa humanidad con una mirada generosa, humana, a veces irónica, traviesa, pero nunca malvada. Era la voz y la memoria de esas vidas complejas, pequeñas, grandiosas, magníficas y también modestas, es decir, portadoras de todo el imaginario de un escritor, un contador de historias, un testigo de su época.

Balzac escribió en Pequeñas miserias de la vida conyugal:"Hay que haber hurgado en toda la vida social para ser un auténtico novelista, porque la novela es la vida privada de los países". Naguib Mahfuz, que fue un gran lector de Balzac, Tolstoi, Zola, Conrad, Faulkner y muchos otros, encaja perfectamente en esta definición. Hurgó como un escrutador meticuloso su sociedad, su barrio, su calle. Vio y percibió lo que está detrás de lo visible, de lo aparente. Con una imaginación creadora excepcional, supo hacer de la vida social de su país la mayor novela árabe jamás escrita. No se puede comprender Egipto sin Mahfuz, sin sus personajes con los que se identifica todo lector. Cuenta vidas o, más bien, las vidas plenas se revisten de literatura y se convierten en referencias obligadas para comprender el país y sus complejidades. Como Balzac, como Zola, ha estado a la escucha de su pueblo, al servicio de ese pueblo, sabiendo que lo enriquecía y le procuraba todas las posibilidades para hacer de la literatura algo más que una mirada sobre la época, una parte esencial de la realidad cotidiana.

Se ha dicho de Mahfuz que escribía novela realista. Craso error. El realismo no existe, sencillamente porque la vida, y, en particular, la vida cairota, es en sí misma una ficción, insondable, inagotable, donde el drama se codea con la comedia, donde corren lágrimas de alegría o de pena. Mahfuz no tenía necesidad de inventar situaciones y personajes extravagantes. Le bastaba con observar a los seres que lo rodeaban. Ellos lo alimentaron y lo convirtieron en el mayor escritor árabe del siglo XX.

Abordó todos los estilos de escritura, incluido en los años setenta el género del nouveau roman.Le divertía. Su lengua, al principio clásica e ilustrada, se hizo más inventiva, se adaptó a lo que oía en las calles de su barrio, que nunca abandonaba. No había necesidad de viajar. Se dice que salió de El Cairo una o dos veces, no más. Fue un viajero inmóvil, un explorador del alma humana, sentado en un café.

Su influencia en el mundo árabe ha sido inmensa, sobre todo tras el reconocimiento internacional con el Nobel en 1988. Esa distinción tuvo un efecto simbólico importante sobre muchos escritores árabes. Los liberó, les dio de nuevo confianza en su atrevimiento y en el trabajo de creación. No escriben como él, pero su talla les proporciona una sombra que los ayuda a perseverar en el "hurgar la vida social".

Mahfuz era un hombre que detestaba los conflictos (apoyó los acuerdos de paz entre su país e Israel en 1979). No guardaba rencor alguno a los islamistas fanáticos que intentaron matarlo a puñaladas en 1994. Sabía que ese acto estuvo dictado por la ceguera y la ignorancia. Quizá por eso al final de su vida puso como condición para la reedición de su novela Hijos de nuestro barrio,el nihil obstat de los ulemas de la Universidad de Al Azhar, la más alta autoridad suní. La novela, que no es contraria al islam pero ofrece una visión bastante libre de la historia de los profetas de las tres religiones monoteístas, se publicó en 1959 por entregas en el periódico Al Ahram bajo la instigación del editorialista Mohamed Hassan Haykel. En 1964 el editor libanés Yusef Idriss la publicó en Beirut, en Dar al Adab. Tres jeques religiosos, Mohamed al Ghazali, Sabek y Acharabachi, protestaron ante Nasser. Mahfuz se comprometió a no publicar el libro. Dar Achuruk, que ha comprado la AVALLONE obra completa de Mahfuz, desea publicar la obra. De ahí la polémica y, sobre todo, por la palabra dada que Mahfuz no quería traicionar. Lo más paradójico de todo es que en las calles de El Cairo es posible encontrar una edición pirata del libro. Oficialmente, no se ha reeditado. Como dice el escritor Gamal Ghitany, amigo íntimo de Mahfuz, "es el colmo de la hipocresía".

A pesar de la edad, la enfermedad (diabético desde 1960), la pérdida de oído, Mahfuz no dejó nunca de escribir. El presidente de la Unión de Escritores Egipcios, M´hamed Salamawi, acudía a verlo todos los sábados y le hacía preguntas. Mahfuz dictaba y Salamawi escribía. De ese modo, su crónica en Al Ahram sólo se ha visto interrumpida por la muerte.