TARDE de junio en el campus de una importante universidad en Massachussets. En la mirada, edificios de Saarinen, Pei, Frank Gehry, una gran escultura en bronce de Henry Moore; todo ello en un entorno de mobiliario urbano sofisticado, césped radiante y aceras limpias y pulidas. Sin embargo, el firme de la calle está totalmente desconchado. Con notable retraso respecto al horario indicado, llega un autobús urbano, bastante viejo, abarrotado. Pocos pagan el billete.
En la explicación de lo anterior no hay ningún misterio. Todos los elementos de opulencia descritos corresponden al ámbito de lo privado, pues se trata de propiedades de la universidad (una de las más ricas del mundo). Hasta llegar al límite de la acera: a partir de ahí se abre lo que en Estados Unidos es el proceloso mundo de lo público . Ese profundo contraste, tan sorprendente para los europeos, marca desde el principio el famoso modelo norteamericano de organización social, que si en muchos aspectos resulta envidiable, en otros más bien pone los pelos de punta.
Esa tensión se constata, quizá como en ningún otro aspecto, en la sanidad. Hace años que el cine norteamericano nos enseña lo espléndido de la medicina hospitalaria (privada) de ese país. Pero el cine también ha sabido enseñarnos la otra cara de ese sistema: cualquiera que haya visto la magnifica Al límite, de Martín Scorsese, cuyo argumento recoge las peripecias de un conductor de ambulancias de la sanidad pública en Nueva York, se habrá quedado estremecido ante la idea de colapso y falta de medios que allí se muestra (y no olvidará, si viaja a aquel país, hacerse un seguro privado). Un sistema de programas públicos que es el único al que tiene acceso más de la cuarta parte de la población.
Lo que -ya sin ficción- vimos hace aproximadamente un año, cuando Nueva Orleans quedó bajo las aguas, asombró al mundo, pues eran imágenes que creíamos exclusivas del Tercer Mundo. Como desgraciadamente sabemos bien, nadie está libre de la posibilidad de desastres naturales; pero en un país que supera en un 40 por ciento la renta per cápita de la Unión Europea, tal insuficiencia de infraestructuras básicas, ausencia total de respuesta del Estado y la propia situación actual, en la que una parte de ciudad está todavía sin luz ni agua, son indicadores de una patología de escisión social.
Conviene recordarlo ahora, sobre todo para evitar papanatismos. Bien está que los europeos miremos hacia Estados Unidos luego de identificar nuestros problemas de relativo retraso tecnológico, en la productividad, o incluso la rigidez de los mercados laborales. Hagámoslo, pero sin alejarnos demasiado de nuestro querido modelo social europeo.

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