Una cierta confusión y mucho ruido se ha instalado en el arranque del curso político por causa de las políticas de inmigración y de exteriores del Gobierno de Zapatero, que por un lado solicita aviones y barcos a los socios y aliados de la Unión Europea para hacer frente a las oleadas de cayucos que parten de las costas del Senegal, y por otra parte se ofrece al envío de barcos y soldados al conflicto del Líbano, cuando lo más sencillo, a la vista de la reticencia europea de ayudar a España en la crisis de la inmigración de los ilegales africanos, sería desviar la flota que se prepara para zarpar al Líbano hacia las costas de Senegal, y que del Líbano se ocupen los ejércitos de las superpotencias que hoy día controlan el Consejo de Seguridad de la ONU.

No en vano España no consigue solidaridad europea —ni atlántica— a sus problemas de seguridad de fronteras y está dispuesta a ocuparse de los asuntos de los demás, haciendo alarde de medios económicos y de efectivos militares, lo que por otra parte devalúa los ruegos y peticiones que la vicepresidenta De la Vega hace en las instituciones de la UE, a favor de la crisis que alarma a los ciudadanos de Canarias, inquieta al conjunto de los españoles y que incluye el agravante de traslado y abandono a su suerte de emigrantes sin medios, documentación ni conocimiento del idioma que luego deambulan por toda España sin que este Gobierno de la izquierda política se ocupe de su problema.

En ambos casos, Líbano e inmigración, resulta llamativa la ausencia de los ministros Caldera y Moratinos al frente de ambas cuestiones que han protagonizado en las últimas horas la vicepresidenta primera y el titular de Interior, siendo Zapatero el regidor de la estrategia diplomática y militar sobre el Líbano, en estos tiempos de alta tensión en la escena internacional y en el Oriente Próximo de manera especial. Zapatero habla con su amigo Kofi Annan en el mismo día en el que la ONU y el presidente Bush lanzan otras y nuevas advertencias contra la política nuclear de Irán, que mantiene sus desafíos por boca de su presidente, Ahmadineyad, que ayer recibió a Felipe González en Teherán, suponemos que para hablar de la Alianza de Civilizaciones, y de paso hacer de correo diplomático especial de la Moncloa, cosa que no sabemos bien si Zapatero lo agradecerá.

El presidente Zapatero, que salió intempestivamente de Iraq al grito de no a la guerra, ahora se apunta a la fuerza multinacional del Líbano, como aumentó sus dispositivos militares en Afganistán —en cuyas misiones han muerto casi 100 soldados españoles—, y lo hace sin consultar previamente al Parlamento, desplegando avanzadillas y dando ya por hecho —a fin de cuentas el Parlamento está en España al servicio del Gobierno— el nuevo despliegue militar con el que Zapatero espera reconciliarse con Washington, si es que de verdad Estados Unidos está interesado en la retirada de Israel del Líbano, cosa a la que se resiste el Gobierno de Tel Aviv, y puede que también el Pentágono.

Un despliegue militar que denuncia el PP alborotado y alborotando, con un tímido “no a la guerra”, hablando de los peligros del conflicto, lo que da pie al PSOE para recordar el despliegue de tropas ordenado por Aznar en la no menos peligrosa postguerra de Iraq —donde no cesan los muertos—. El mismo Aznar al que acusan desde el PSOE —vía diario El País— de incitar a Rajoy para que se oponga al envío de soldados a Líbano, citando para ello artículos del especialista de FAES y oráculo de Aznar en cuestiones internacionales Rafael Bardají, persona allegada a Condoleezza Rice, de ahí que no sea descabellada la idea de que Washington no tiene prisa en el despliegue internacional en territorio libenés.

Y ¿qué va a hacer Rajoy? Pues oídos algunos de sus portavoces, como Arístegui, y una vez escuchado a Zapatero en el Congreso, transigir. Lanzar la piedra y esconder la mano o dar la sorpresa y decir que no, y entonces le dirán que está a las órdenes de Aznar, algo que es legítimo interpretar porque el ex presidente no para de inmiscuirse en la política general y en la de su partido, y con escaso acierto en esta crisis internacional en la que no descartó la posibilidad de un bombardeo de la OTAN durante los pasados días de la guerra abierta en Líbano.

De lo que no podrán culpar a Aznar desde el PSOE es de la crisis de la inmigración, en la que el Gobierno parece cada vez más desconcertado, por más que Rubalcaba presuma de 53.000 repatriaciones como modelo de respuesta eficaz, que si lo fuera tanto como el ministro presume, haría innecesarias las peticiones a la UE para hacer frente a este gran problema que preocupa al conjunto de la sociedad. Más, por supuesto, que la guerra de Líbano, hacia donde se prepara para zarpar una flotilla de la Armada española, que con toda seguridad haría más falta en aguas de Senegal. Pero el presidente tiene su propia estrategia y en ella se incluye la urgente necesidad de recuperar en Occidente su imagen internacional.