Zapatero ha vuelto a sorprender en el desenlace de su segunda crisis. Pero no se han ahorrado las descalificaciones al nombramiento de Clos. La crítica fundamental, desde Madrid, se refleja en el titular de un diario de la capital: Zapatero paga la cuota catalana al nombrar a Clos. La catalana, se concentra en pregonar que a Clos, que estaba desgastado, le han dado la patada hacia arriba. Y, ambas, coinciden en acusar al nuevo ministro de incompetencia para el cargo. Lo sugiere el comentario de otro diario madrileño: Un médico anestesista para el Ministerio de Industria. Las críticas siempre tienen algún fundamento y es interesante analizar el segundo salto en la carrera de Clos. El primero lo dio hace nueve años cuando Maragall, dolido porque el aparato del PSC de Barcelona le había ganado una batalla, se fue a Roma a preparar su candidatura a la Generalitat.
La primera crítica es injusta e indica una preocupante falta de inteligencia de la derecha española para garantizar el futuro del Estado. ¿Cabe en alguna cabeza seria que Catalunya, que supone grosso modo un 20% del Producto Interior Bruto (PIB) español y tiene una personalidad y una lengua propia, pueda estar al margen de la gobernación del Estado? ¿Se puede permitir la España democrática marginar a Catalunya y prescindir de su aportación? Es evidente que no. Recordemos que Felipe González llevó a su primer Gobierno a dos catalanes: Narcís Serra --civil y sin servicio militar y que liquidó el poder fáctico del Ejército-- y Ernest Lluch. Y Aznar, al no poder recurrir a su raquítica cantera catalana, tuvo que ir a buscar a Josep Piqué al mercado libre empresarial. Incluso Carrero Blanco recurrió a Laureano López Rodó, que, junto al alcalde José María Porcioles y el presidente de la Cámara, Andreu Ribera Rovira, formaron un lobi catalán.

Sustituir a Montilla no era fácil. Y no se trata de una decisión técnica, sino política. En el 82, Serra era la cara más emblemática del PSC. Y en el 2003, Montilla llegó a la cartera de Industria por su reconocida capacidad, pero también por ser el hombre fuerte del primer partido catalán. Técnicamente, Montilla podía ser sustituido por el competente secretario de Estado de Economía, David Vegara. O por el de Industria, Joan Trullén. E incluso por el exdiputado y catedrático Germà Bel. Pero ninguno de los tres es un político de primer plano. Y eso es lo que aporta Clos, que ha ganado dos elecciones en la ciudad --una de ellas quedándose al borde de la mayoría absoluta-- y que ha sido nueve años alcalde de Barcelona.

Clos aportará, pues, al Gobierno de Madrid una voz autorizada de Catalunya. Ha sabido gobernar y dialogar con todos para desbloquear la Carta Municipal. Y, también, plantar cara a ministros del PSOE, al no aceptar el castillo de Montjuïc si conllevaba una panoplia de banderas. Además, Clos, con la ayuda de técnicos como Marull, Seró y Pilar Solans, ha dado la vuelta a la difícil situación financiera del Ayuntamiento de Barcelona, ha lanzado el distrito 22@ como foco de la economía del conocimiento y de las nuevas tecnologías, y con la operación Fòrum (mediocre, en algunos aspectos) ha dignificado una zona degradada y ha dinamizado la economía de la ciudad. Algo que intenta repetir con la estación del AVE de La Sagrera. Son datos que dibujan un perfil adecuado para un macroministerio que abarca desde la industria, el comercio y la energía hasta el turismo y la sociedad del conocimiento. Además, el actual secretario de Estado de Industria, Joan Trullén, ha sido uno de sus principales asesores económicos.

Claro que no todo el balance de Clos es positivo. En ocasiones, ha primado en exceso el gestor económico ortodoxo sobre el político. Ahí está el error de reducir los efectivos de la Guardia Urbana, coincidiendo con el cambio del modelo policial en Catalunya y el incremento de usuarios de la ciudad (turismo e inmigración). Es una factura que ha pagado muy cara. Y Clos ha tenido oscilaciones de popularidad. Pero lo cierto es que la nota que le dan los ciudadanos se ha corregido tras un fatídico 2005, cuando, sin ninguna responsabilidad, pagó los platos rotos del Carmel. Entre junio del 2005 y del 2006, la valoración positiva de la gestión ha subido del 31,4% al 43,9%. Y la diferencia entre opiniones positivas y negativas ha oscilado desde el suspenso de -2,9 al aprobado de +12,5.

No parece, pues, tampoco que la patada hacia arriba fuera imprescindible. Clos podía volver a ganar. Es bastante posible que los dos máximos dirigentes de dos partidos, que son al mismo tiempo el mismo partido y dos partidos diferentes, Zapatero y Montilla, hayan convenido que Clos llenaba en Madrid un hueco importante y difícil de cubrir. Y que el relevo de Clos en Barcelona permitía lanzar un político casi 20 años más joven, Jordi Hereu, que representa a las bases del PSC. Es una apuesta seria, porque los ayuntamientos catalanes fueron casi el único poder que le quedó al socialismo cuando perdió las municipales de 1995 y las legislativas de 1996. Hereu no tiene ni la experiencia ni el conocimiento de Clos, pero. el candidato del PSC encarnará la renovación y podrá distanciarse de la herencia recibida.

Si la candidatura de Montilla y la de Hereu salen adelante --cosa posible, pero no segura--, el PSC habrá hecho la renovación generacional sin la necesidad de pasar por la humillación de cuatro años de dulce derrota y cuatro más de ostracismo total. Lo seguro es que Clos será un cualificado representante de Catalunya en el Gobierno de Madrid. Y que ha tenido suerte. Companys dejó su breve alcaldía para ser ministro de Marina. Y Serra se fue a disciplinar militares tras un golpe de Estado fallido. Clos tendrá un macroministerio de futuro. Un reto sugerente.