Personas absolutamente convencidas de la desigualdad entre los hombres, partidarias de los privilegios y hasta del énfasis en los privilegios, protestan porque el presidente del Gobierno utilice un avión oficial (pagado con dinero público) para ir a un concierto en el que participa su esposa. Estas personas, tan comunes, reconocen que los privilegios se pueden comprar y los compran; reconocen, incluso, que se puede acceder a ellos en virtud de la herencia genética, y que incluso un país puede ser gobernado en razón de privilegios genéticos; pero se muestran incapaces de admitir que la autoridad democrática debe tener privilegios y ejercerlos.
Privilegios, advierto, que ni siquiera deben poseer una condición finalista -es decir, destinados a una circunstancia que se predetermina- sino que deben ser inherentes a la persona que encarna esa autoridad, mientras la encarne. Un presidente no debe hacer colas nunca, y no sólo los días que tenga prisa, o desfallezca el país sin su pulso y su mirada. Y esto es por la misma razón que los jóvenes no deben tutear a los viejos, incluidos los viejos vagabundos de los muelles.

De los libelos liberales no entiendo, sobre todo, que la protesta no se ciña a la mayor: esto es, al axioma insoslayable de que Sonsoles Espinosa participa en ese concierto, dirigido por el músico Barenboim, en su condición de esposa canora del presidente del Gobierno. Y es en este punto barenboim (tan eufónico) donde la bronca de unos se confunde con la doblez del otro. Porque el comportamiento del presidente, descrito por este diario en su editorial de ayer, no obedece, a mi juicio, a la necesidad de un cierto sigilo sobre la utilización de esos medios públicos, en la confianza de que el caso no llegaría a los periódicos. Es que el presidente debe de creerse (soy de los que piensan que sólo tiene una vuelta) que la presencia de Sonsoles Espinosa en el concierto de Barenboim es completamente privada y está al margen del cargo de su esposo. Algo así como si Felipe González hubiese estado convencido de que los mejores escritores (e incluso los peores) de la lengua castellana frecuentaban a Carmen Romero porque era profesora de Literatura. Un presidente no tiene vida privada ni debe tenerla. De ahí los cargos al presupuesto. Y, también, por cierto, los honores que el rancio populismo español pretende cíclicamente suprimir, desde que Lerroux se bajaba del tren con la muda sucia.

(Coda: «El tratamiento oficial de carácter protocolario de los miembros del Gobierno y de los altos cargos será el de señor/señora». Código de Buen Gobierno de los miembros del Gobierno y de los Altos Cargos de la Administración General del Estado. Punto 8, Capítulo Tercero)

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