Era una mañana de ese Cairo especial que va pasando del otoño al invierno: radiante, alborozada, alborotada. Finales del año 1959. Yo era por entonces un joven arabista español, andaluz de cuna, colmado de energía y de ilusiones, licenciado poco antes en la Universidad de Madrid. Estaba en El Cairo, estaba en Egipto, entre otras cosas para preparar mi tesis doctoral.
Tú acababas de publicar tu espléndida Trilogía, y en el diario al-Ahram iba apareciendo, por entregas, esa novela-río tuya, esa novela-matriz, Hijos de nuestro barrio, que te metería en una larguísima, turbia y absurda polémica que refleja muy bien, en definitiva, algunas de las mayores miserias, encrucijadas y trampas del mundo árabe de nuestro tiempo. Y que constituiría tu primer gran riesgo. Muchos otros vinieron después.
Uno de los más grandes enigmas que plantea tu persona es averiguar cómo has podido mantenerte así, cómo lo has hecho siempre, entero, erguido, excepcionalmente lúcido, próximo y distante, sin derrumbarte, siempre con un rastro de esperanza. Cómo has logrado mantenerte así, cómo se han logrado mantener otros muchos seres de tu mundo árabe... algún día tendríamos que tratar de explicárnoslo.
Empezabas a estar en el auge de tu profesión de escritor. Cumplías por entonces como funcionario de grado medio en una parcela de esa indescriptible y casi incomprensible maquinaria que es la administración egipcia. A ti te resultaba sin embargo particularmente querida y atrayente porque te relacionaba con un mundo por el que has estado siempre fascinado: el cine. Quizá porque, como tú, es también un prodigio sabiamente dosificado de movilidad y de permanencia.
Creo que aquella fue la primera entrevista que te hizo un arabista español, y junto a ella apareció también la primera traducción a lengua española de un relato tuyo: El murmullo de la locura. Lo hice porque me fascinó sobre todo su protagonista: ahí está ya el hombre típicamente mahfuzí, ese ser merecedor tanto de la misericordia como del desprecio, tan débil como fuerte, tan vulnerable como resistente, tan absurdo como coherente.
Me enseñaste que Egipto, que El Cairo, son dos formidables representaciones y metáforas de la vida. Desde lo más viejo del tiempo, por siglos y siglos. Tú los ves y los sientes como lo que son, como «ombligos del mundo». He aprendido después que hay otros más en el Universo, pero aquellos fueron los primeros que conocí, y en gran parte a ti te lo debo.
Desde entonces, he seguido muy atentamente, por lo que eres y por lo que representas, tu existencia y tu obra. Porque enseñas siempre, porque sabes siempre indagar en el secreto que tiempo y espacio trenzan.
Como dijiste hace pocos meses a un crítico extranjero que te visitó, al que atendiste solícitamente, como siempre haces, y que estudia tu obra: «El escritor no puede sino estar preocupado por su presente, y ésta es la diferencia entre él y el historiador. Porque el escritor, cuando vuelve a la historia, lo hace porque en ella encuentra lo que le ayuda para expresar el presente, pero la verdadera preocupación del historiador por la Historia es por la Historia misma».
Me enseñaste que buscar procedimientos y formas de complementación, de integración, de conjunción, es una tarea difícil, pero necesaria e irrenunciable. Seguramente es una de las experiencias que más nos define como seres humanos, individual y colectivamente.
Tú, como Egipto, como El Cairo, has sabido combinar siempre broma y seriedad, júbilo y dolor, tragedia y esperanza, pasado y futuro, comprensión y firmeza. Tú has sido siempre un modelo de engarce de contrarios. Algo ya tan raro que parece extinguido. Algo que es una de las características principales e indelebles de la cultura a la que perteneces.
Tú también eres un ejemplo egregio de lo local elevado a categoría universal. Otro grande y admirable escritor egipcio de nuestro tiempo, Yahya Haqqi, lo ha sabido expresar: «Naguib Mahfuz no sólo ha escrito espléndidas novelas, sino que ha escrito la novela egipcia arrancada del pueblo, la que va siguiendo su historia y sus problemas, trazándole unos ideales en los que Naguib Mahfuz cree: el liberalismo, la democracia, la tolerancia y, por último, la fe en la ciencia. En él se cumple una condición fundamental: es sincero consigo mismo».
Ese fue mi primer Mahfuz, el más valioso de todos para mí, el absolutamente inolvidable, el más ejemplar. Vinieron después otros varios, seguramente más famosos y elevados. Pero yo te recuerdo sobre todo así. Porque entonces te descubrí. Porque en ese presente reunías la materia de pasado y la materia de futuro. Eras tú en plenitud. Como lo serás siempre.
Pedro Martínez Montávez es arabista y profesor emérito de la Universidad Autónoma de Madrid.
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