El presidente del PNV ha pedido un acercamiento de los presos de ETA hacia cárceles situadas en las cercanías del País Vasco con el argumento de que una medida de esa naturaleza contribuiría a "bajar la presión" existente en el mundo de la izquierda abertzale. Sería, según la lógica de Josu Jon Imaz, un gesto de buena voluntad para facilitar el avance hacia la paz, ofreciendo algún tipo de satisfacción a los miembros de Batasuna y a su base social.

Ante la petición de un líder moderado y cuidadoso de sus palabras, como es Josu Jon Imaz, cabe preguntarse por la naturaleza de "la presión" que experimenta la izquierda abertzale y que constituiría un peligro que conviene atajar antes de que vaya a mayores.

La presión, si nos fijamos en los mensajes públicos de los líderes de la izquierda abertzale, sería resultado de la frustración que están sufriendo sus seguidores ante las reiteradas prohibiciones judiciales a las actividades de Batasuna que impiden que este partido pueda funcionar como si fuera una formación legal. Es una frustración que ha aparecido como consecuencia del conflicto entre la realidad política y judicial y las elevadas expectativas que se han generado en las bases del entorno etarra a causa de la reiteración de mensajes radicales y triunfalistas por parte de los dirigentes de Batasuna y de la propia ETA.

Si hay frustración, es una frustración inducida por los propios dirigentes de Batasuna. Es el resultado de tanto mensaje intransigente que ha sido justificado durante meses con el argumento de que se trataba de discursos para el consumo interno. Los cuadros y militantes de Batasuna han vivido semanas en un ambiente de euforia, convencidos de que estaban ganando por goleada la batalla política en su enfrentamiento con el Estado. La euforia reina incluso entre los presos de ETA, que, con la excepción del miembro del comando Madrid Ignacio de Juana Chaos, se han mantenido tranquilos y esperanzados durante estos meses, a pesar de que en este tiempo se han modificado los criterios para computar las penas, de forma que muchos de ellos se van a ver perjudicados.

Por otra parte, cabe preguntarse también si la supuesta "presión" de Batasuna es real o se trata de una puesta en escena, perfectamente planificada para conseguir obtener contrapartidas en ese pulso abierto con el Gobierno. Yhay algunos datos que parecen apuntar a lo segundo. Desde finales de mayo, ETA y Batasuna han estado jugando a echar un órdago tras otro, a levantar la voz amenazadoramente para ir ganando posiciones en la partida.

El primero de esos pulsos al Gobierno comenzó cuando el presidente anunció en Baracaldo su disposición a abrir el diálogo con ETA de manera oficial. A ese aviso siguió una presión intensa de la izquierda abertzale que el Gobierno intentó calmar con el reconocimiento político de Batasuna mediante una entrevista oficial con el PSE. Aquello ofreció un poco de calma, pero apenas dos días después de celebrada esa reunión, Batasuna y ETA volvieron a plantear otro nuevo pulso para forzar la legalización de hecho, al margen de la ley, de este partido. Y todavía se está dilucidando este nuevo órdago a lo grande que, en esta ocasión, ha incluido una amenaza expresa de ETA.

No hay por tanto ninguna garantía de que hacer otra concesión vaya a cambiar la estrategia de la izquierda abertzale. De hecho, durante la tregua de 1998-1999, se produjo el acercamiento de 130 presos de ETA y la excarcelación de otro centenar de reclusos que estaban en prisión preventiva, sin que ello alargara la tregua un solo día más. El acercamiento de presos deberá hacerlo el Gobierno si lo cree conveniente por otras consideraciones, pero no para calmar una presión creada de forma artificial.