Hola Vallbona: Mira, de Pasqual Maragall siempre tuve la impresión de que debía de servir más como ideólogo removedor de aguas estancadas, o como profeta que clama en el desierto y también entre las multitudes, que como líder político. No digo que como político no haya tenido momentos brillantes, que los tuvo, como asimismo los tuvo cuando fue alcalde de Barcelona, por supuesto que sí. Pero Maragall irradia cierto halo de visionario que no acaba de casar con el perfil de un líder mitinero, menos con un miembro de la Administración.

Lo diré de otra manera: creo que las dificultades de Maragall siempre han sido causadas por haber equivocado la altura de vuelo, y con esto quiero decir que no puede pretenderse que una avioneta de fumigación cubra la línea Barcelona-Nueva York, pero tampoco que se utilice un Boeing 737 para fumigar campos. Cada aparato tiene una utilidad diferente y para cada uno hay una altura de vuelo ideal, así que si utilizas un 737 para usos domésticos a baja altura lo más probable es que el viaje termine en desastre, al menos en el 3% de los vuelos.

Sé que la precedente comparación es algo exagerada, pero me sirve para ejemplificar mi parecer sobre el desempeño del líder del PSC en la cosa pública. Lo he visto más de tres veces; lo he oído disertar, y descubrí cómo en medio de una exposición brillante se le escapaba una frase disparatada que desarticulaba el discurso.

Encuentro que en nuestro actual president hay demasiado genio que no acaba de brotar y se ve obligado a reprimir en aras de la inmediata popularidad. De ahí, creo yo, nacen esos exabruptos como el de que es necesario «aplicar vaselina» para acabar con la crisis y conseguir que el «soufflé catalán se desinfle» para beneficio del Estatut.

Si Maragall hubiera volado a la altura que le corresponde, que por supuesto no es la de una avioneta fumigadora, tal vez se hubiese evitado tantos tropiezos; tal vez acertaría con sus estocadas y al nombrar el 3% hubiera sabido definir bien de qué va la cosa y no le habría dado por echarse atrás, porque los asuntos mezquinos, como la corrupción del adversario, hubiesen quedado en manos de un Montilla y otros políticos menores que a la postre son los más aptos para el juego de manos y todos los juegos de villanos.Por cierto, y ya que he nombrado a Montilla, que ha demostrado su maestría en el arte de la puñalada trapera: no puedo menos que imaginármelo a Pasqual Maragall como al Julio César de la obra homónima de Shakespeare en el momento de ser acuchillado por sus amigos de antes; lo imagino mirando a Montilla a los ojos y exclamando: «¡Tú también, José, hijo mío!».

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