Hoy vence el plazo concedido a Irán por el Consejo de Seguridad de la ONU para interrumpir su programa de enriquecimiento de uranio, que le permitirá adquirir la capacidad de producir armas de destrucción masiva. Un cada vez más desafiante régimen prosigue, impertérrito, su carrera armamentista nuclear. "La diplomacia internacional ha alcanzado un punto tan bajo que ya los iraníes la hacen objeto de burlas", declaró recientemente el premio Nobel de la paz Shimon Peres al periódico alemán Die Welt.Esto, de hecho, viene sucediendo desde hace años, desde el momento mismo en que su programa secreto de enriquecimiento nuclear fue descubierto.

La burla llegó a nuevas cotas con la ambigua y escurridiza respuesta del Gobierno de Irán con la que, la semana pasada, rechazó la exigencia del Consejo de Seguridad de suspender su programa de enriquecimiento de uranio y de adoptar medidas transparentes que aseguren que su programa nuclear persigue fines pacíficos. Teherán rechaza la suspensión como condición previa, ofreciendo "una nueva fórmula" mientras expresa su disposición a "iniciar serias negociaciones" con los países que proponen el paquete de cambiar incentivos económicos por la cancelación del programa de enriquecimiento de uranio. Está claro que el régimen iraní no tiene intención de suspender su programa nuclear "con fines pacíficos" y que se trata de una maniobra más, nada sorpresiva, en su afán de ganar tiempo mientras continúa su carrera armamentista nuclear.

Y, como si el enriquecimiento de uranio no fuera suficiente para lograr su objetivo de fabricar bombas nucleares, Irán inauguró el sábado pasado, a cinco días de que expire el ultimátum, en provocativo gesto, un reactor de agua pesada que, según los expertos, es de mayor utilidad para la fabricación de armamento que para uso civil, dado que puede producir plutonio. Y aún más, este paso es acompañado de una demostración de fuerza mediante masivas maniobras militares, en cuyo marco se exhibieron misiles tierra-tierra de largo alcance, así como misiles disparados desde submarinos. Un nada velado mensaje, según analistas, de su capacidad de trastornar vitales líneas de abastecimiento de petróleo en el Golfo si las potencias occidentales presionan más de la cuenta.

¿Diplomacia o sanciones? ¿Negociaciones o castigo? El Gobierno de Irán actúa en el convencimiento de que Washington, profundamente complicada en el fango iraquí, no se atreverá a embarcarse en otra aventura armada en Oriente Medio. ¿Y el Consejo de Seguridad? Aun en el caso de que se logre un acuerdo, no podrán imponerse sanciones significativas como las estipuladas en el capítulo 7 de la Carta de la ONU.

¿Podrá mantenerse la frágil coalición (Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña, Alemania, Rusia y China) que trata de convencer a Irán de renunciar a sus aspiraciones nucleares? Difícilmente puede EE. UU. convencer a la coalición, como quisiera, de utilizar el garrote contra Irán, a juzgar por la reacción de potencias como Rusia y China, cuyo derecho de veto en el Consejo de Seguridad impedirá que puedan aplicarse sanciones significativas. Nadie olvida, por lo visto, la advertencia de Irán de elevar el precio del petróleo a más de cien dólares el barril en caso de que se apliquen las ilegales sanciones con que la comunidad internacional le amenaza.

En opinión de diplomáticos en la ONU las sanciones que podrían ser aprobadas por consenso serán inefectivas. Según un experto israelí de gran prestigio internacional, el profesor David Menashri, director del Centro de Estudios Iraníes de la Universidad de Tel Aviv, "el tradicional sistema de negociaciones de Irán de dividir y conquistar que utiliza desde 2.500 años atrás le ha servido para embaucar nuevamente a Occidente".

El creciente radicalismo del régimen de los ayatolás viene creando una cada vez más peligrosa situación de inestabilidad en Oriente Medio. Ha llegado el momento de afrontar la realidad. Pero en la situación actual, mientras no se produzca una reacción internacional efectiva, no cabe otra cosa que esperar que Teherán mantenga su desafío a una débil comunidad internacional carente de la voluntad política necesaria para frenar a su fanático régimen teocrático.

Irán ya no puede ocultar su determinación de continuar con sus planes nucleares, apuntalar su presencia en la región y transformarse en la potencia dominante, instrumentalizando organizaciones terroristas como

Hezbollah (a la que ha proclamado "la auténtica vencedora" en su conflicto con Israel) y Hamas, influyendo sobre los chiíes radicales de Iraq (país considerado por Teheran como su patio trasero), así como otros grupos terroristas. Además, por supuesto, de intentar fortalecer la influencia de la minoría chií frente a la mayoría suní en el mundo islámico. Algo que evidentemente quita el sueño a los israelíes, que consideran a su régimen como una amenaza existencial (una y otra vez Ahmadineyad reitera que "Israel debe ser borrado del mapa").

Un diputado laborista, ex ministro, considera que Israel "debe prepararse en el nivel militar" mientras el diario Haaretz considera que ha llegado la hora de las sanciones, y que Israel debería recordar a los países amigos la gravedad de la amenaza nuclear iraní. Pero los ayatolás son una pesadilla no solamente para Israel, sino para países como Egipto, Jordania o Arabia Saudí, entre otros. Ya hoy, según un estudio del Chatham House, de Londres, Irán es el país más influyente en la zona.

Hoy se ofrece a la comunidad internacional la oportunidad de intentar cambiar las cosas.