Era el hombre invisible de la literatura española. Escribía en todos los periódicos y no se le veía en ninguno. Autobiografía de París es el título que más se aproxima a su apellido y al de don Eduardo Aunós, pero él seguía, solitario y laborioso, hablando mucho por teléfono y escribiendo editoriales, discursos, prólogos, epílogos, etcétera.

Decía que le estaban robando su personalidad, pero en realidad se robaba a sí mismo ocultando la mano del ladrón, la buena prosa y el excelso estilo. No sé si lo he dicho ya, pero era el mejor prosista del siglo y cuando murió Ruano y los Luca de Tena le encargaron a él la columna, dijo que no: «Y me van a entender ustedes en seguida. No voy a hacer esa columna porque no sé».

Era la vanidad elevada a sortilegios de claridad. Contra lo que se ha dicho, es cierto que se le leía mucho, pero sólo hasta la mitad. Era una gloria demediada, porque la otra mitad no acababa de leerla nadie. Cándido escribía bello pero difícil, aunque quizá sean la misma cosa. Siendo la misma cosa, se le acusaba parcialmente porque nadie tenía tiempo de llegar hasta el final de un folio. El taxi nunca tenía gasógeno hasta el final de la carrera. Era la posguerra y, en este sentido, Cándido podemos decir que era un clásico de posguerra. Yo anduve alguna vez subido a aquella trasera requisada por los falangistas. «A la trasera un chico lleva».

Con todo esto quisiéramos apuntar que fue el periodista más difícil de una época fácil, o sea concesiva y tontorrona. Un tío mío me acusó de este juego que me traía yo por las calles de la provincia y hube de prometerle que nunca más. Decían que había más censura, pero lo que había era menos gasoil.

Así que salió de la escuela/orfanato y corrió a visitar a César González-Ruano. Era el que mejor podía orientarle y el más generoso. El gasoil aliado al agua podía dar un producto lentorro y agonías, que era toda la velocidad de la época. Con estos ingredientes, más las puntadas de un clásico, Carlos sacaba el mejor obituario de España, que además, y sin que se notase mucho, era un obituario rojo, porque Cándido no había elegido el seudónimo de Voltaire a tontas y a locas sino para inventarse un Voltaire que era todo lo contrario del que por entonces hizo el propio d'Ors: «Lo que más me gustaría hacer es un diccionario filosófico como el de Voltaire, pero contra Voltaire».

Y aquí está la gran contradicción barroca del maestro. Efectivamente, lo suyo era una mezcla de gasolina y agua, de filosofía y sobremesa, de clasicismo y barroquismo, de volterianismo y San Agustín en catalán. Menos mal que Cándido, agudísimo, se acercó hasta Hegel.

En estos jardines anduvo metido siempre nuestro hombre máximo, la figura egregia de la literatura de posguerra, y encima tuvo que vivir de aquella peseta sucia que le daban en la Delegación Nacional del Movimiento: Alcalá, inmensas flechas, falangistas fumando picadura y yendo a pedir un camisa nueva. Si ustedes se recuerdan. Quizá no hemos hecho el retrato de Cándido sino el retrato de una época. Ustedes disimulen, como disimulaba Cándido, que eso pasa mucho.

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