Estos últimos días se oyen muy a menudo llamamientos a la adopción de medidas en nombre de «los derechos humanos», «por humanidad», «por solidaridad»...
Se reclaman, por ejemplo, medidas tendentes a romper más bien a suavizar, la política de dispersión aplicada contra el colectivo de presos y presas vascas. Josu Jon Imaz ha verbalizado ese interesado mensaje al decir que el acercamiento de los presos y presas vascas es urgente por ser una «cuestión de derechos humanos». Eso sí, antes y después de esta afirmación, añade razones poco humanitarias a su reclamación: «existen circunstancias temporales que lo hacen urgente», hay que «bajar la presión» en «ese ámbito»...
También se habla de derechos y de solidaridad al abordar la masiva llegada de inmigrantes a las costas canarias. Aunque esa faceta humanista se ve ensuciada por los miedos y los peligros con que se amenaza a la población, cada vez que un miserable bote llega cargado de personas a las que se tilda de ilegales.
Basta de hipocresía. Los derechos no se conceden en función de la solidaridad, sino que se respetan en función de la justicia. Si a alguien a quien se le ha privado de un derecho se le quiere ayudar, sólo hay una manera real de hacerlo: restituirle ese derecho, no por humanidad, ni por solidaridad, sino en función de un criterio de mera justicia democrática.
Para que el proceso político tenga éxito, es imprescindible configurar una situación de derechos y libertades que es contradictoria con medidas como la aplicada a cuantos presos debían haber recuperado la libertad y siguen en la cárcel. Un tema por el que De Juana está poniendo en riesgo su vida, que no es una petición de auxilio ni una llamada a la solidaridad, sino una exigencia de que se le respeten sus derechos. Tampoco las miradas de los centenares de inmigrantes que llegan cada día a Canarias o a las costas del sur de la península deben movernos a la caridad, sino a buscar el modo de restituir la deuda histórica que los ricos del planeta Tierra contraen cada día con los países pobres y sus ciudadanos.
No hay derecho, ni justicia, ni democracia... y quienes se limitan a un pusilánime humanismo que en nada les compromete, no podrán ocultar su responsabilidad ante la persistencia de problemas de semejante calado político. Más pronto o más tarde, todos sabemos que sin el compromiso de todos, no hay solución posible.

¿A quién se le ocurre comparar al asesino sanguinario de juana chaos con los inmigrantes?
Los inmigrantes son víctimas de la injusticia humana, de juana chaos un asesino que además de no arrepentirse y sentirse orgulloso de sus crímenes se permite burlarse de las familias de sus víctimas.
Ojalá de juana chaos muera en la carcel, y si así lo elige, de hambre por no querer comer. Será otra víctima suya: él mismo. Además que nos ahorrará todo el dinero que nos cuesta mantenerlo.
Otra opción sería meterlo en una jaula para que tanto niños como mayores pudieran contemplar a uno de los seres más viles de la creación. La jaula debería estar acondicionada para que nadie se le pudiera acercar, que la fiera es peligrosa.
me he quedado sin palabras.
"Basta de hipocresía. Los derechos no se conceden en función de la solidaridad, sino que se respetan en función de la justicia. Si a alguien a quien se le ha privado de un derecho se le quiere ayudar, sólo hay una manera real de hacerlo: restituirle ese derecho, no por humanidad, ni por solidaridad, sino en función de un criterio de mera justicia democrática".
De todo la noticia me quedo sólo con esto. El tema vasco no es extrapolable a lo que ocurre con los inmigrantes. El pueblo vasco no está explotado, ni dilapidado, todos tienen sus derechos aunque muchas de las obligaciones que les toquen no estén dispuestos a asumirlas. Eso sí luego pueden salir a la calle a cantar eso de q el estado es opresor, que lo llaman democracía y no lo es, enarbolarse en los grupúsculos de extrema izquierda que son los únicos que a día de hoy les pueden hacer algo de caso, como pueblo "oprimido" que son, porque al resto ya no nos engañan.
Un saludo!