Durante el café una compañera de trabajo me comenta las vicisitudes de su último traslado de piso y descubro que es una gran aficionada a las herramientas de mano, como yo. A la fuerza ahorcan. Una mujer que vive sola tiene que saber valerse por sí misma, sobre todo en estos tiempos. Antiguamente las señoras bien de Bilbao, de esas de las cuales descienden la mayor parte de los “yotuve” y los “conozco-a” que hoy nos sablean en los bares, hablaban con desprecio de esas chicas que no saben freír un huevo frito, que no son un buen partido y qué sé yo. Pero hoy sí que hay tíos tan inútiles que no sirven ni para poner un clavo... “Igandekoa, cerdo machista: ¿por qué me miras asi, birrotxo empedernido encasquetado bajo una boina? Créeme lo que te digo. El hombre vasco ya no es lo que era”.

Mientras considero la posibilidad de denunciarla por acoso moral y comentarios sexistas ella me cuenta más detalles. Se trata de una mujer acostumbrada a tirar de martillo, taladro, brocha gorda, lijadora y lo que sea. Le viene de familia: su padre diseña matrices en un polígono industrial de Bizkaia.

La teoría subyacente, según ella, es que para hacer chapuzas no es necesario cumplir ningún requisito especial. Basta con tener dos dedos de frente, una mente sana y saber distinguir un ángulo recto de cualquiera de las innumerables posiciones intermedias que al final acaban convirtiéndole a uno en el hazmerreír de tus cuñados. El resto se consigue con la práctica. Sé constante, ten valor y haz como los judíos, que miden siete veces antes de clavar una sola. Al final serás un héroe del bricolage y un experto en aquella materia que los planes educativos del franquismo denominaban “pre-tecnología”.

Hay algo muy importante: cuando quieras hacer un trabajo procura emplear útiles de la mejor calidad. No me refiero al aparato eléctrico que percute o da vueltas, sino a la parte que lleva a cabo el trabajo real. En el taladro o la atornilladora puedes ahorrar todo lo que quieras, no asi en la broca o en las puntas. Compra Bosch, Widia, Philips. Gástate tu dinero sin remordimientos en material alemán o japonés, buen acero y aleaciones al carbono de alta tecnología. No te lleves a casa uno de esos juegos que venden los chinos en sus bazares, porque harás un churro en la pared, quedarás mal delante de tu suegro, e incluso puedes dañar tu herramienta.

La traslabilidad de todo esto a la vida pública del país es tan obvia que no pude menos de sonreírme. Tuve que explicárselo a mi amiga para evitar malentendidos y un nuevo ataque preventivo por su parte. Si políticos e intelectuales siguieran estas indicaciones todo funcionaría mucho mejor. Pero en las altas esferas lo que se tiene a bien es hacer precisamente lo contrario. Sus taladros y atornilladoras (es decir, sus despachos, sus coches oficiales y toda la parafernalia vinculada al status funcionarial) son de un lujo escandaloso –pagados por el contribuyente-, como puestos ahí para amedrentar a la misma gente que les vota; pero su discurso, sus razonamientos y sus técnicas de gestión parecen sacados de la taberna o del patio de un colegio.

Cuanto más elevado el cargo, más banal es la retórica. Las mañas que se utilizan hoy en el mundo de la alta política harían enrojecer de vergüenza a un trilero del rastro madrileño. Y en cuanto a resultados mejor no hablar. Cuando te pones a solucionar un problema, el resultado es comparable al que se obtiene insertando en el mandril de tu flamante Black and Decker una de esas brocas torcidas de acero blando que te venden en el todo a cien. Llegados a lo más alto de la jerarquía no existe este problema, ya que por lo visto al titular ya no se le pide que haga nada útil, salvo pasar el rato leyendo a sus escritores de cámara o viendo cómo su señora prueba un nuevo equipo de buceo.

Son las 11:35 de la mañana. Mi amiga y yo regresamos al trabajo después de partirnos las costas de la cafetería para evitar nuevos conflictos.