Tan acostumbrados como estamos a las amenazas que provienen del exterior (en sentido geográfico y también cultural), podríamos incurrir en el gravísimo error de olvidar que nosotros, europeos solitos y sin necesidad de ayuda, también somos capaces de generar tremendas historias reales para no dormir, en nuestros lugares más cotidianos y equívocamente felices. La opulenta y tranquila Austria es el escenario de una de las últimas crónicas del espanto cercano. Me refiero al secuestro, durante ocho años, de Natascha Kampusch, que fue capturada cuando tenía diez años y que, ahora, ha escapado de su cautiverio con dieciocho.
El secuestrador, que se suicidó al comprobar la huida de su rehén, era un técnico de telecomunicaciones de 44 años del que su víctima ha dicho que "era amable". Un pequeño zulo en el sótano de su vivienda (a no muchos kilómetros de la casa de la familia de la chica) ha sido el hogar de Natascha durante unos interminables años en los que ha pasado de la infancia a la edad adulta en condiciones sobrecogedoras para cualquiera. Si permanecer secuestrado durante ocho años es un infierno del que nadie saldría bien parado, no hay duda de que todo es peor si hablamos de un niño. La incapacidad y falta de recursos de un menor para afrontar la situación lo convierten en la metáfora de la debilidad expuesta a un mal que le supera completamente en todos los planos.
Crecer en un zulo se antoja un horror difícilmente superable en perversidad. A la edad de la escuela y la curiosidad, la víctima es moldeada por la bestia a su capricho. El monstruo raptor, un tipo tranquilo para los vecinos, no pudo ser descubierto por la policía. Sólo un descuido acabó con su crimen. ¿Nadie sospechaba nada de lo que ocurría en la casa del señor Wolfgang? ¿Nadie, durante ocho largos años, observó nada extraño? ¿Puede una niña crecer en un zulo sin que, al otro lado de la calle, nadie se percate de ello? Estas preguntas, según como se respondan, dan para mucha literatura sobre la incomunicación y la indiferencia hacia el otro en nuestras sociedades. En todo caso, y más allá de los tópicos, si yo fuera un vecino del inadvertido raptor estaría más que preocupado por el grosor de los silencios que han facilitado esta tortura.
¿Qué visión del mundo y de la gente tiene alguien que ha crecido en un zulo al cuidado de un indeseable? ¿Cómo se reconstruye uno de una experiencia límite de estas características? No le será fácil a Natascha ser la persona libre que querrá ser. Quizás tarde muchos años en saber quién es en realidad. ¿Qué raro significado tendrá para ella la palabra miedo?¿Y la palabra amor?

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