De no ser porque la Nación se descoyunta y disminuye, mientras el Estado flaquea y se debilita, al Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero habría que subirlo en un altar. Aquí, desde Chindasvinto, no había gobernado nadie tan sonso y hueco, pero tan divertido y sugeridor. Incapaces para la gestión, torpes para la organización, despilfarradores de recursos y rodeados de amigos sospechosos, los miembros de este Gobierno – paritario, eso sí – integran un manantial de despropósitos y sandeces capaces de hacer sonreír a la esfinge de Gizeh, o de Guiza, como se decía en mi bachillerato.

Tres Ministerios, trabajando en equipo, han escurrido las meninges de sus mejores cabezas para llegar a una conclusión: se puede hacer un uso conjunto de los automóviles del Parque Móvil del Estado. ¡Cuanta sabiduría se esconde en tan sencilla conclusión! Los Ministerios, para que conste en las páginas de honor de la Historia de España, son los de Trabajo y asuntos Sociales, Fomento y Medio Ambiente. Los tres, según la luminosa titular de uno de ellos, Cristina Narbona, pretenden una “movilidad más sostenible”.

Ignoro donde llegara la sostenibilidad móvil de un trío que, por sus objetivos, bien pudiera ser el de la bencina – Caldera, Álvarez y la propia Narbona –; pero parece evidente que son una muestra inequívoca de la mentecatez insostenible que, no sin aires de grandeza, exhibe el equipo de Zapatero a la menor posibilidad que se les presente.

El viejo PMM (Parque Móvil de los Ministerios), con su sede en la madrileña calle de Cea Bermúdez – contra el despotismo ignaro del zapaterismo, el ilustrado del titular de la calle –, se ha transformado en el más grandilocuente PMI (Parque Móvil del Estado), pero el fenómeno sigue siendo el mismo. Visto con buenos ojos, un latisalario de complemento para los altos cargos. Visto con los de la crítica, que son los que convienen a la cosa pública, un abuso de poder que convierte a los cargos en seres de privilegio y excepción.

Me gustaría saber en que principio de los del Derecho se sustenta la idea de que un subsecretario, pongamos por caso, no pueda acudir a su oficina en el autobús, en el metro, o en su propio vehiculo conducido por sus manos, por supuesto, exquisitas. ¿Se es subsecretario durante los atascos de tráfico?

Hay modos y maneras de grandeza que ya no caben en las formas del poder del siglo XXI. Los tres Ministerios de la bencina, y sus titulares, como todos los del Gobierno, la Autonomía y el Ayuntamiento, debieran aprender a vivir como personas normales, como los contribuyentes que les damos de comer. Cabe la hipótesis, solo para actos oficiales y de protocolo, de unos pocos automóviles representativos. Por lo demás, ni una plaza reservada para facilitar su aparcamiento.

Sé que lo que digo puede parecer menor, pero denuncia una mala costumbre, bien arraigada, que practican por igual, sin diferencias de colores, todos cuantos acceden al control de la ubérrima teta de los Presupuestos. El “coche oficial”, como tantas otras bicocas que arropan los cargos, es el residuo de un tiempo pasado en el que el poder era una casta. Estamos, se supone, en un tiempo nuevo en el que el poder político es, o debe de ser, una representación. Alterar ese supuesto con manías de grandeza es un disparate más que añadir a los muchos que evidencia el zapaterismo, más de lo mismo – en este orden de cuestiones – que el aznarismo. Una mentecatez insostenible, ya digo.