El relevo de Bono, la primera crisis del gobierno Zapatero, cursó con sorpresa y sin enredo público. Un relevo limpio sin aparentes heridos aunque con más mar de fondo del aparentado. Ahora llega otra crisis de gobierno, de distinto carácter; es una crisis anunciada y a plazo fijo, tiene que producirse antes de la proclamación de candidatos a las elecciones catalanas, previsiblemente la primera semana de septiembre. Un ministro se va, Montilla, y otro llegará, el que decida el presidente. El PSC, el partido de los socialistas catalanes, ha echado su cuarto a espadas y ha hecho saber que ese ministerio está en su cupo y que, por tanto, el presidente está obligado a elegir un catalán con el visto bueno del partido catalán.

Zapatero no ha dicho ni esta boca es mía, a él le corresponde designar ministro y resolver la crisis, incluso extenderla a otras carteras. Pero no ha hecho ningún gesto, ni de su entorno salen guiños o un globos sonda. El presidente es quien tiene la manija y asume el riesgo. Puede elegir un catalán para satisfacer a sus socios del PSC o puede no hacerlo y abrir una posible crisis interna con el partido hermano.

El PSC se enfrenta a una tesitura difícil con varios frentes: relevar a Maragall y mandarlo a la reserva sin que arme gresca, mantener el poder en Cataluña, y tener influencia en Madrid, especialmente en el PSOE.

Maragall no se va a callar y traerá de cabeza a las cúpulas de sus partidos, la de Barcelona y la de Madrid. Respecto a la Generalitat, los socialistas, para seguir en el gobierno, no tienen otra opción que reeditar el tripartito, hipótesis que pesará en el voto de indecisos que tendrán presente los tres años de gobierno Maragall. ¿Quién pagará esa letra: el PSC o ERC? La respuesta la noche del 1 de noviembre.

Los convergentes saben que para gobernar necesitan alcanzar un número de escaños entre 54 y 56 escaños (ahora tienen 46) que con los 7 a 9 previsibles para el PP (ahora tiene 9) imposibilitan otro tripartito. Porque si la fórmula es matemáticamente viable será difícil que Montilla la deje pasar y pacte con los convergentes

Y respecto a la influencia en Madrid la señal será el nombre del ministro de Industria, lo cual también significa cierto riesgo para Zapatero ya que aparentar que obedece al PSC no gustará en el PSOE y dará munición a la oposición para insistir en la presunta debilidad de Zapatero. Las lecturas de esta crisis son previsibles, lo cual no quiere decir que sean correctas. Al presidente Zapatero le toca mover la pieza del nuevo ministro, las interpretaciones vendrán después con los argumentos que más convengan a cada parte.

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