José María Martínez Cachero, que era secretario del jurado que premió a Günter Grass en Asturias, pasa sus vacaciones en Salinas. Allí, en torno a una mesa junto a su tertulia habitual -ver la última página-, cuenta, siete años después, cómo se fraguó la decisión:

«Se recibió una carta del director del Círculo de Lectores, que había dirigido también a la Fundación y a cada uno de los jurados personalmente, en la que decía que debíamos premiar a Günter Grass porque estaba muy próximo a que le concedieran el Nobel. Me desagradó. Era una presión al jurado, aunque hubo compañeros que no lo entendieron así. Prefería un hispanoamericano, pero voté a Caballero, porque entendía que el premio había que dárselo a un escritor en lengua española. Por mayoría amplia salió Grass. Y es cierto que hay un párrafo en el acta sobre su conducta ética y esto de las SS está en contradicción. Pero si lo hubiéramos sabido entonces hubiera ganado igual. Por las presiones y porque viste más Günter Grass en el Campoamor que Caballero Bonald. Esa es la idea de Graciano García y de la Fundación, dar los premios en función de la ceremonia, de quién va a lucir más. ¿Por qué no se lo dieron a Gustavo Bueno? O lo mismo en el caso de Emilio Alarcos. Porque son personas que encontramos por las calles de Oviedo todos los días y no llaman la atención. Por eso prefieren a un filósofo de Lituania desconocido al que se le hace una gran campaña de prensa. Estuve 17 años de jurado. Y lo dejé. Por este motivo y por otras cosas que sucedieron, presenté mi dimisión. Lo cuento ahora que han pasado muchos años, para que se vea que no me mueve ningún tipo de venganza».