Mientras no cambien los dioses, nada habrá cambiado. El grecismo ya tiene su libro sagrado, su nuevo testamento, sus últimas voluntades, escritas por una periodista anónima que emula a los viejos rapsodas griegos, ciegos o cojos, que cantaron el rumor de la derrota y la cólera del héroe. Mientras no cambien los dioses, nada habrá cambiado, dejó dicho Juan de Mairena. Vicente Álvarez Areces columbra el final de una etapa en la que los hombres se sienten ofendidos por este dios al que ya se le busca recambio.

Vivir es la dificultad de ser, escribió Ortega y Gasset. Gobernar es también la dificultad de ser, pero a diferencia del súbdito, al gobernante le es más fácil la apoteosis de su ser, el engrandecimiento de su imagen a través de la agitación y la propaganda. La soledad del gobernante, sin embargo, no puede ser espantada con un libro ni cien estatuas. Todos los príncipes tienen quién declame sus hazañas. Nunca faltarán poetas dispuestos a cantarlas. El libro anónimo es una sobredosis de fulanismo, pero, sobre todo, la expresión del miedo que atenaza la cordura del príncipe.

La izquierda se siente ofendida con un libro perverso practicado desde la clandestinidad y el anonimato. En cualquier caso, esta sobredosis de grecismo ha conseguido anular todos los narcóticos que adormecían la región. Ha sido la gota que colmaba el vaso. Todo lo que sale mal, puede resultar mucho peor. Lo que pretendía ser un ejercicio de la memoria ha terminado convirtiéndose en un escupitajo sobre el felpudo de los asturianos. Qué lástima.