Las puertas del penal se abrirán antes para recibir a inquilinos nuevos que para despedir a los preventivos / De momento, no hay vis a vis; el honor de Isabel Pantoja es payo, pero no tiene precio / Tasha de Vasconcelos suspira por conocer a Briatore (también son ganas)

La cárcel de Alhaurín es una solana muda, un golpe de plomo, un sol sin luz. Dentro hay más famosos por metro cuadrado que en la Milla de Oro. Muchos días, a lo largo de este mes de agosto, he tratado de imaginar cómo están los presos, si se odian, se apoyan o conspiran entre ellos. Me gustaría verlos por un agujerito. ¿Se habrá acostumbrado Roca al catre? ¿Y Julián Muñoz? ¿Seguirá llevando los pantalones imperio? ¿Habrá bajado tripa Marisol Yagüe? ¿Y la Morros? ¿Será verdad que la Morros encarna la resistencia?

Si hacemos caso de lo que dicen a este lado de la libertad, las puertas de Alhaurín se abrirán antes para recibir a inquilinos nuevos que para despedir a los preventivos. La tercera fase de la operación Malaya está ya en marcha y los curiosos reservan sitio en la plaza pública para no perderse detalle del paseíllo. El espectáculo de las miserias ajenas lleva puesto el cartel de no hay billetes. Una de las personas que concita mayor interés es la mujer de rojo, una rubia aparatosa y contundente que compartió tálamo y bolsas de basura con Julián Muñoz.

La televisión ha aupado a Mayte Zaldívar, versión última de Pilar Banús (la penúltima fue la dama del bronceado sin factor de protección: o sea, María Angeles Marín). Mayte ha querido hacer realidad su lema, «de Telecinco al cielo», pero la vida puede obsequiarle finalmente con un rodeo inesperado: «De Telecinco al cielo, pasando por Alhaurín». Mucha gente pagaría por ver el encuentro de Mayte con Julián Muñoz. Sería un encuentro de espagueti-western (con Mayte ejerciendo de Clint Eastwood: ella es la dura, la bravucona, y la que lleva la dignidad a la altura de las pistolas).

Mientras se salda el futuro de Mayte, Pantoja sigue moviendo sus hilos. Todavía no ha hecho uso del vis-a-vis para reunirse con Julián Muñoz. Tal vez no lo haga nunca. Pantoja no llevará a la cárcel sábanas de raso ni recostará su cuerpo en el jergón público, que luego lo muestran en la telebasura como si fuera el virgo incandescente de una diosa gitana. El honor de la Pantoja es payo, pero no tiene precio. Menuda es ella para poner ceros.

El guión de Marbella ha encontrado inspiración en las agendas de Roca, que son como una crónica rebosante de iniciales y negritas. La gente se entretiene poniendo y quitando negritas en el crucigrama del verano. A falta de fiestas, Marbella vive con los ojos fijos en la quiniela de los trincones, expuesta ahora a nuevas sorpresas.

Sigo sin saber nada de Judah Binstock, aunque, modestamente, he ayudado a difundir su nombre, que ya compite con el de Belén Esteban en los telenoticiarios del colorín. No he conseguido su foto, y mira que lo siento. Pero Judah se ha guardado siempre de los fotógrafos, a los que burla con astucia de pistolero. No es un hombre de vanidad fácil. Para eso tiene a Josie, su mujer, el lado mundano de la familia. Judah Binstock es hermético, pero, de tarde en tarde, se deja vencer por la nostalgia de Rusia y sucumbe a los recuerdos. Es entonces cuando mete mano a una vieja cartera y muestra un carné de joven comunista. Pero de aquello hace ya tanto tiempo que casi no le alcanza la memoria.

Notas en la moleskine: almuerzo con Aline Romanones, cuerpo-diez de todos los veranos. La vitalidad de esta mujer es fascinante. Me recuerda a Odette Arzú, que no ceja en su empeño de practicar deportes de riesgo (aviso: para mí cualquier deporte es de riesgo). Aline lleva una flor roja en el pelo. Me gusta su porte, ese aire distinguido con el que mueve el cuello, su sentido del humor, sus piernas. Sobre todo sus piernas.

Encuentro con Yoyi Nicolás, que ha vuelto de Biarritz para celebrar la espantá de Marbella. Yoyi me habla secretamente de Zidane. No lo puede remediar: tiene alma de cronista. Lo mismo le pasa a Jesús Andreu. Yoyi y Jesús son mis paparazzi de cabecera. Ellos me sirven noticias que luego yo cocino en esta página. Jesús está en Ibiza y va de flor en flor (o sea, de barco en barco), escucha música chill out y alterna con Tasha de Vasconcelos, que suspira por conocer a Briatore (también son ganas). Este verano, Ibiza ha tenido sobredosis de Obregón, lo cual es altamente comprometedor para el turismo de élite. Mientras Anita esboza el baile de San Vito, Mar Flores observa la discreción junto a su marido. Javier Merino es un hombre pegado a un barco. A Mar no le gusta navegar, pero como toda mujer abnegada, se sacrifica y hace lo que él diga: navegar, llevar vestidos caros, ser mona y tener niños. Eugenia Martínez de Irujo viaja a Marbella y la duquesa de Alba, a Ibiza. Cuando una va, otra viene. Parece que se llevan la contraria.

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