EUROPA se ha comprometido de lleno con la misión de paz que la ONU desplegará en Líbano. El futuro de la diplomacia continental dependerá durante mucho tiempo del éxito o fracaso que consigan los más de seis mil soldados europeos que se interpondrán entre Hezbollah e Israel. Si la difícil misión sale a flote, la voz del Viejo Continente habrá superado su bautismo de fuego y se erigirá en sólido contrapeso al monopolio unilateral atribuido a los estadounidenses. Si los objetivos marcados por la ONU no se cumplen, la estrategia supuestamente más dialogante de los europeos regresará a París, Madrid, Roma y otras capitales, pero cubierta por ataúdes de cedro. Varios factores inducen al pesimismo, pese a que ninguno de los países implicados en la operación, incluido España, podían negarse a participar. Los antecedentes de Líbano son terribles. Francia, la vieja potencia colonial, y Estados Unidos huyeron literalmente de la zona después de los ataques suicidas simultáneos que sufrieron sus cuarteles generales el 23 de octubre de 1983, con un balance de 241 marines y 58 paracaidistas muertos. Líbano arrastraba desde 1975 una cruel guerra civil que se cobró cien mil vidas. Pero el riesgo de la actual misión de paz no sólo es militar. EE. UU. e Israel no renunciarán a marcar las reglas del juego, como tampoco lo harán las milicias chiíes y sus padrinos iraníes y sirios. El éxito parece improbable pero hay que buscarlo por muchas trampas que conduzcan al cadalso.
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