Günt€r Gra$$, de Incitatus en El Confidencial
Nos tiene enseñado don Francisco de Quevedo y Villegas que el dinero es un caballero irresistible que tuerce voluntades, abre puertas, provoca afonías o súbitas locuacidades, remienda virgos, derriba murallas, vuelve lo blanco en negro, transmuta la verdad en mentira y, en fin, es más poderoso que ningún otro objeto, artilugio o concepto que el hombre haya inventado jamás, incluidas las distintas divinidades. Y es verdad.
Se ha dicho siempre que el dinero parece execrable sólo a los que no lo tienen. Eso ya no me parece tan cierto, porque hay excepciones. Muy pocas, pero las hay. Sólo conozco a una persona en el mundo –mi amigo Gideon Richardson– capaz de renunciar a dos millones de euros por seguir siendo quien es, por no pasarse al otro bando, por no sentir sus manos pringadas con la indignidad de la especulación inmobiliaria. Para el gran Gideoncito, el respeto que se tiene a sí mismo vale muchísimo más que eso. De hecho, creo –él también lo cree, y lo demuestra– que ese respeto no podría comprarse con dinero. Y esa es una de las razones por las que le quiero tanto, desde hace ya muchos años.
Yo, si les digo la verdad, no estoy tan seguro de que mi honradez sea tan cara. Seguramente no lo es, pero no lo sé porque jamás me ha ofrecido nadie dos millones de euros por hacer nada. Ni siquiera la décima parte. Llegado el caso, pues quién sabe. Tengo familia, me estoy haciendo viejo (las nieves del tiempo platean mi sien, que decía el tango), mi salud empieza a fallar y a veces pienso, sólo a veces, que me gustaría cumplir la máxima de otro gran amigo, Pablo Larrañeta, uno de los mejores periodistas culturales que hay en este país: dedicar el resto de mi vida a hacer lo que más me gusta hacer, que es nada.
No sé. En esta vida he cometido, lo reconozco, unas cuantas indignidades. Y por muy poco dinero. Pero es que aquella cantidad ridícula me era indispensable para sobrevivir. Cuando un director de Diario16 –prefiero no decir cuál de ellos– te “sugiere” escribir un editorial a favor de Arzallus; y tú dices que mejor no, porque tu opinión sobre ese individuo se parece bastante a la que tienes sobre las hienas; y el tipo, sonriendo, te hace ver dónde está la puerta, pues te tragas lo que te tengas que tragar y escribes el editorial. No uno: doce tuve que escribir en unos cuantos meses, el Señor me lo perdone in die illa tremenda, que diría el maestro Escudier. ¿Por qué lo hice? Pues porque, si me negaba, aquel señor me despedía. Así de sencillo. Y mi familia tenía que comer. Fueron doce actos de prostitución, lo reconozco.
Pero lo que no hice fue, además de abrirme –profesionalmente– de piernas, fingir el orgasmo. Gemir, jadear, sudar, retorcerme y montar el número de aparente placer que algunas actrices exhiben en la pantalla, y algunos columnistas en sus mundanos y/o razonables diarios. Yo tengo mis habilidades, como todos, pero el teatro se me da fatal.
Sin embargo, parece probado que el “poderoso caballero” don Dinero tiene, entre sus incontables virtudes, la de despertar cualidades dramatúrgicas por completo insospechadas. Miren ustedes el caso del escritor alemán Günter Grass. Este señor, al que yo he admirado sinceramente toda mi vida, al que he tenido por uno de los ejemplos éticos más altos e incorruptibles que quedaban en el mundo; este tipo, a quien yo he leído –a veces, fascinado– en obras tremendas como El tambor de hojalata, Años de perro o Partos mentales; este campeón de la honradez y de los principios, capaz de retirar el saludo al escritor chileno Ariel Dorfman porque, para descalificar al tétrico Pinochet, no condenaba con la suficiente severidad las tropelías de la Unión Soviética, se ha vendido por apenas 360.000 euros. Para mí ya no es Günter Grass. Es Günt€r Gra$$.
Una buena mañana, el adalid de la honradez europea decide que ya no puede soportar más el terrible peso de su pasado y confiesa que, de chaval, perteneció a las Waffen SS, uno de los cuerpos más sanguinarios de los nazis. No mató a nadie, no pegó un tiro, dice; sólo le sometieron a entrenamientos terribles, pero allí estuvo.
Al saberlo, el mundo se divide en dos. Los que piensan que aquello sucedió hace una pila de años, que Gra$$ era un crío obligado por las circunstancias y que su trayectoria posterior es intachable, y los que opinan que ha engañado a todos, que debió confesarlo antes y que tiene la obligación de devolver el Nobel de Literatura que le dieron en 1999. En un primer momento, ganan por bastante diferencia los primeros, los de “pelillos a la mar”, entre los que me cuento. Las aguas se sosiegan.
Gra$$, al verlo, se alarma mucho y decide hacer una segunda tanda de declaraciones: “No, no se crean, ¿eh? Aquello no fue en absoluto inocente, ¡eran las Waffen SS! ¡El cuerpo de elite de Hitler! ¡Fui un niño muy malo, yo! ¡Malísimo!” Y, a renglón, seguido, anuncia sobre poco más o menos esto: “¿Quieren saberlo todo? ¿Quieren enterarse de cómo pasó, de cómo fui capaz de hacer aquello? ¡Pasen y vean, señoras y señores! ¡Por sólo 29 euros, la semana que viene se publican mis memorias, Beim Häuten der Zwiebel, en español Pelando la cebolla, y ahí lo cuento todo! ¡Todo! ¡No se lo puede perder usted, amigo, señor, señora, señorita! ¡Sólo 24 euros y verán cómo el más noble e incorruptible de los intelectuales europeos descubre su abyecto pasado y queda a la altura del betún! ¡Ni Yola Berrocal se ha atrevido a tanto, oiga! ¡Pal nene y pa la nena! ¡Y no son mil, ni quinientos, ni cien, ni siquiera cincuenta euros! ¡Por 24 se lo dejo, oiga, y dese prisa, que me los quitan de las manos! ¡Que se me acaban, que se los llevan! ¡Toque la bocina, secretario, que estamos esta noche que lo tiramos tó!”
Günt€r Gra$$, que no en vano comenzó su carrera como autor teatral, sabe bien cómo poner una sentidísima cara de dignidad mientras está haciendo precisamente eso, teatro: un astracán deleznable cuyo argumento es nada menos que su propia vida. Con su declaración de “en realidad, yo fui un niño muy malo”, reavivó la polémica lo bastante como para agotar, en veinticuatro horas, la primera edición alemana de su libro. Günt€r Gra$$ vendió en un solo día 150.000 ejemplares de Pelando la cebolla. Él se embolsa, aproximadamente un 9 o un 10% del precio de venta de cada ejemplar. Eso quiere decir que, en un solo día, Günt€r Gra$$ se metió al bolsillo –teniendo en cuenta anticipos, comisiones de agente, márgenes, cambios y tal– unos 360.000 euros. Este tío tiene 78 años. A no ser que pretenda comprarse el Gran Ducado de Luxemburgo, que seguramente no, a Günt€r Gra$$ le han puesto en casa para lo que le queda de vida con sólo las ventas de un día. Es probable que la cifra final doble o triplique esa cantidad.
Que sea un millón y medio, caramba, tirando ahora mismo por lo alto. Eso es lo que vale, según Gra$$, toda una vida de honradez, seriedad y coherencia; eso es lo que vale el respeto y la admiración de sus cientos de miles de lectores, entre los que yo mismo me contaba hasta la semana pasada. Porque no pienso volver a leer jamás ni una puta línea de este señor. Y digo lo de “puta” no como improperio, sino como definición de la actividad profesional extraliteraria del caballero. Que, de crío, sería de las SS o no, cantaría el himno nazi Horst Wessel Lied (en la España de Franco se cantaba traducido: “Camisa azul”) o El Relicario, a quién le importa eso en realidad. Pero que se lo acaba de cargar todo con una actitud avarienta, mendaz y emputecida muchísimo peor que su posible paso hasta por la “mesa nacional” de Herri Batasuna.
Ya verán, ¿eh? Ya verán ustedes. A pesar de las fotos y de los documentos que se están publicando, cualquier día nos enteraremos de que Günt€r Gra$$ jamás estuvo en las SS, que lo más perverso que hizo en esta vida fue actuar de monaguillo en su parroquia de Danzig en la época de Hitler y tocarse la pilila, a escondidas, en la sacristía; que todo esto que ahora dice se lo inventó para vender más libros y ganar más dinero. No me extrañaría en absoluto. Y qué más daría ya. Talón cobrado, causa finita.
Yo me vendí doce veces por un puñetero puesto de trabajo y tengo un amigo cuya limpieza de corazón no pudieron comprar los julianmuñoces de su pueblo por dos millones de euros. El precio Günt€r Gra$$, ¡el gran ejemplo de dignidad!, ni siquiera era tan alto.
A veces me da por pensar, Gideon, que lo que pasa es que tú y yo somos un par de gilipollas.
Pero tranquilo: sólo lo pienso a veces. Luego me distraigo con otros asuntos, me pongo a escribir cosas que me gustan (esta columna, por ejemplo), sigo dando pedales como mejor puedo y me acuerdo de ti y de tu bondadosa e insobornable sonrisa, buen Gid, skinny, mi ya canoso y adorable traductor al inglés, lo cual siempre es una delicia. Vamos, que sigo viviendo. Y no está tan mal, ¿eh?, no está nada mal.
