«He llegado a un país, después de mi regreso de Crimea, que ya no es el mismo»
Mijail Gorbachov, 23 de agosto de 1991
En estos días hace 15 años, tras 10 meses en el espacio, el astronauta Sergei Krikalev, miembro de una potencia espacial como la soviética, no sabía cómo iba a regresar, pues el país que le lanzó ya no existía. En su viaje astral le sorprendió la desintegración de la URSS, convirtiéndose en el último ciudadano soviético en seguir sirviendo a una patria que había desaparecido del planeta Tierra. Su perplejidad e impacto emocional podría ser comparable con quien era el 21 de agosto presidente de esa gran nación, la mayor en superficie del mundo -22 millones de kilómetros cuadrados-, que sufrió un golpe de Estado de tales consecuencias que, en apenas tres días, el propio régimen se disolvió como un azucarillo.
Durante los anteriores 70 años existió un Estado inmenso que, en la línea del pasado ruso, caracterizado por el expansionismo territorial, era el fruto de una progresiva sovietización de diversas naciones y nacionalidades (más de 100), grupos étnicos, culturas y lenguas plurales. Era más que un Estado, un imperio que abarcaba territorios incluidos en dos continentes, Europa y Asia. Les separaban la Historia, la cultura, las tradiciones, la raza y hasta las creencias. Este rompecabezas se mantenía en pie por el centralismo de un aparato político totalizador, construido sobre una ideología opresora y unas estructuras burocráticas y políticas muy férreas. El KGB y el Ejército estaban al servicio del Partido -el PCUS-, que como gran hermano, controlaba la vida social y política de 300 millones de personas (sólo la mitad rusos).
En esos días de agosto se cumplían 23 años de la entrada de los tanques soviéticos en Praga para asfixiar un aire fresco que era cada vez más clamoroso. Y 11 años después, los diques ya resquebrajados del comunismo no pudieron parar el impulso de Solidaridad en Polonia, encabezados por un Papa con el cual millones de polacos desafiaban al poder rezando el rosario y ejerciendo la libertad de creer, pensar y expresarse.
Pero en 1991 ya era imposible seguir deteniendo el resquebrajamiento del imperio. Gorbachov sabía que el montaje no se sostenía por sí mismo e impulsó un proceso de reformas, en principio económicas, luego políticas, que suponían apertura y libertad. No pretendía destruir el sistema sino sólo modificarlo para que modernizado perviviese. Frente a él, todos. Los nostálgicos de la ortodoxia del sistema, conocedores de que si se aflojaba el control caía todo, y los que sabían que era el momento, con la debilitación del aparato, de reivindicar valores como la libertad e identidad nacional, entre ellas la rusa con la idea de Solyenitsin: «Para que viva Rusia, ha de morir la URSS».
Hace 15 años, el 21 de agosto de 1991, los más duros del comunismo dieron un golpe de Estado, liderado por el presidente del Soviet Supremo, el director de la KGB e incluso el ministro de Defensa. Gorbachov estuvo retenido en Crimea durante 72 horas. Sólo uno de sus ministros se opuso. Mucho se especuló sobre su papel en esa crisis. Al menos, se puede decir que no se enteró de nada. Sus reformas habían ido demasiado lejos, operando como caja de Pandora, y el golpe, que trataba de impedir la caída del imperio, la aceleró. Provocaron el efecto contrario al deseado: su frenazo se convirtió en el mayor acelerador de la perestroika llevada a sus últimas consecuencias.
En aquel momento, Yeltsin lideró un movimiento de respuesta ciudadana, saliendo miles de moscovitas a la calle, rodeando su Parlamento ruso para protegerlo y aislando los tanques de los golpistas. Inmediatamente las tres repúblicas bálticas declararon su independencia, la que gozaban antes de que fueran regaladas en 1940 a Stalin por el otro mayor asesino de la Historia, Hitler. Otras repúblicas siguieron el mismo camino y todo el imperio se resquebrajó.
Fiel a la idea de que comunismo y democracia son incompatibles, Yeltsin impuso a un debilitado Gorbachov tras su regreso varias condiciones como la suspensión del PCUS y el desmantelamiento del KGB, acelerándose todo el proceso con destacados aperturistas designados en puestos claves. El empuje era tan imparable y el viento de la Historia tan evidente que numerosos dirigentes -evidentemente comunistas- de las repúblicas buscaron su supervivencia acelerando la secesión y marcando distancias de algo que se hundía.
En ese tiempo, surgieron 15 nuevos estados independientes que iniciarían una andadura con rumbo y resultado muy diverso. Estonia, Letonia y Lituania son hoy países plenamente integrados en la Unión Europea. Algunos como Georgia, Ucrania y Kirguizistán han tenido (aun con retrocesos) revoluciones de despego de la dirigencia tradicional comunista. Otros como Bielorrusia padecen una regresión hacia una dictadura muy represiva y, en general, los situados en Asia apenas han avanzado (salvo Kazajstán) en materia de democracia y Derechos Humanos.
El 9 de mayo de 2005 se celebró en Moscú el 60º aniversario de la derrota del nazismo y el papel de la Unión Soviética. Se conmemoró con un gran acto en la Plaza Roja. Siete mil jóvenes soldados desfilaron portando abundantes banderas rojas con la hoz y el martillo. Con esa iconografía nostálgica resonaron las palabras de Putin en presencia de los representantes de los países aliados en esa gran guerra contra la otra gran dictadura de la época, afirmando que: «La disolución de la URSS en diciembre de 1991 fue un gran error y la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX». Verdaderamente sólo le sobrevivió, aislado, a miles de kilómetros, el régimen de Castro.
Quince años después, para la inmensa mayoría del mundo, la URSS es algo más que una pesadilla, debiendo recordarse a sus propios parias, que se pusieron en pie y defendieron, aquel final de agosto de 1991, que la libertad no era un sueño.
Jesús López-Medel es diputado del PP por Madrid, vocal de la Comisión de Asuntos Exteriores del Congreso y relator de Derechos Humanos, Democracia y Ayuda Humanitaria de la OSCE.
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