Decía George Simenon que el ser humano debería limitarse a comprender sin juzgar las conductas. La frase del escritor francés no deja de ser la expresión de un deseo: todos juzgamos y, rara vez, comprendemos.

Günter Grass está siendo ferozmente linchado estos días por haberse enrolado en las SS cuando tenía 17 años y Alemania estaba a punto de ser derrotada por los aliados.

Las críticas a Grass se han materializado en dos planos: por el hecho mismo de alistarse en una unidad militar de una organización criminal y por haber callado durante más de medio siglo su compromiso con las SS.

Me parecen mucho menos justificados los primeros reproches que los segundos porque difícilmente se puede condenar a un adolescente forzado a tomar una decisión en circunstancias dramáticas. La cuestión que plantea la conducta de Grass es si ese colectivo de millones de alemanes fue responsable de las catástrofes de la guerra o simplemente fue víctima de las circunstancias.

No creo que sea fácil llegar a conclusiones sobre esta cuestión ya que siempre resulta injusto aplicar un mismo rasero sobre diferentes conductas. En Alemania, existieron durante el periodo nazi diferentes tipos de responsabilidades. En algunos casos, claramente criminales. Hitler, Goebbels, Himmler y otros miembros del círculo de poder nazi incurrieron en terribles delitos por acción u omisión. Pero hubo también intelectuales que, por su apoyo al régimen nazi, fueron corresponsables de los asesinatos y de los abusos de los nacionalsocialistas. El caso más conocido es el del filósofo Martin Heidegger que, siendo rector de la Universidad de Friburgo, elogió en sus discursos y en sus escritos el totalitarismo de Hitler.

Hubo también ejecutores fieles de las criminales consignas del nazismo que, a mi juicio, incurrieron en graves responsabilidades morales y penales, como los jueces, el personal de los campos de concentración, los funcionarios del partido y un largo etcétera. Pero la lista de la infamia no es extensible a los seis millones de soldados alemanes que lucharon en la guerra, ni al resto de la población.

La conclusión a la que pretendo llegar es que, al examinar ese terrible periodo histórico, el juicio de las responsabilidades debe ser individual y no colectivo, porque si se aplica el cedazo de lo genérico se puede perder de vista el importante factor de lo personal. Todos somos distintos y merecemos ser juzgados en base a nuestros hechos y no a prejuicios.

La Historia está llena de estereotipos y Grass corre el riesgo de ser una víctima más de esa peligrosa tendencia al simplismo.

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