El espíritu de Manuel Azaña de “civilizar” la enseñanza militar, atemperar el corporativismo y el clasismo en el Ejército y controlar directamente las unidades más destacadas de las Fuerzas Armadas, está inspirando la política militar del presidente José Luis Rodríguez Zapatero. Puede decirse que Azaña ha vuelto al Ministerio de Defensa, según explican en privado algunos oficiales cuando analizan las vertiginosas reformas de Zapatero.

Si el ex presidente José María Aznar se declaraba admirador de Azaña, Zapatero aplica la propaganda de los hechos. En el contexto reformador, el gesto notable de retirar la estatua de Franco de la Academia Militar de Zaragoza no sólo se interpreta como el cumplimiento del mandato de una decisión del Congreso de los Diputados, con un año de retraso, o como un avance de la previsión del proyecto de ley de la memoria histórica de eliminar los símbolos franquistas, sino también como la antesala de la reforma de la enseñanza militar.

Fuera la estatua

Corría el mes de abril de 2002, el Gobierno español ejercía la presidencia de turno de la Unión Europea y el entonces ministro de Defensa, Federico Trillo-Figueroa, convocaba a sus colegas europeos y a mister Pesc, Javier Solana, a una reunión informal en la Academia de Zaragoza para analizar las capacidades técnico-militares de la UE e impulsar la Agencia Europea del Armamento. El anfitrión no sólo no recibió en la entrada de la Academia a sus invitados sino que se fue al fondo del patio del centro militar a posar para la foto de familia. ¿Razón? La monumental fachada de la histórica Academia se encontraba ocupada por la estatua ecuestre del dictador.

El problema estético que detectó aquel ministro, buen conocedor de la familia militar y muy vigilante ante el menor atisbo de pretorianismo, ha quedado resuelto en periodo no lectivo por José Antonio Alonso. Algunos militares consultados han evitado entrar en polémica sobre la estatua. Su función no es opinar sino cumplir las misiones que los poderes del Estado les encomienden y defender la integridad y unidad constitucional de España. Sin embargo, el teniente general en la reserva Javier Calderón, quien fue director de la Academia, amén de jefe de los servicios secretos del CSID con Aznar, asegura que aunque en la entrada estuviera Franco, en el interior, los cadetes se formaban según los principios constitucionales y se enseñaba la Constitución de 1978. Para él, como para muchos otros oficiales, la estatua se encontraba en un recinto militar y formaba parte de la historia.

Pero la historia no es amable ni pacífica. Manuel Azaña cerró la Academia de Zaragoza en cuanto llegó al Ministerio de Defensa en 1931. Fue su primera decisión como ministro y le valió el rencor de una parte de la oficialidad. La Academia había comenzado a funcionar en 1928 bajo la dirección del laureado general Francisco Franco. El profesor de la Escuela de Infantería de Toledo, Vicente Rojo Lluch, auténtico promotor de la enseñanza militar moderna y de cuyo esfuerzo salía cada mes la famosa Colección Bibliográfica Militar, había redactado buena parte del programa de estudios de la Academia y era firme candidato a la dirección. Pero Miguel Primo de Rivera optó por convertirla en centro y refugio de unos valerosos africanistas que en vez de enseñar táctica o tiro imbuían de aventurerismo, valor guerrero y obediencia ciega a los alumnos. La secuencia posterior ya es conocida: Franco reabrió la Academia y el Ayuntamiento de Zaragoza lo agasajó con la estatua ecuestre que desde 1948 presidía la entrada del centro y recordaba que había sido su primer director.

“Civilizar” la enseñanza

Zapatero no cierra la Academia, sólo retira la estatua, pero su planteamiento azañista y reformador pasa por modificar a fondo las funciones y el contenido de la enseñanza militar para equipararla con la civil. Su proyecto de crear la Universidad de la Defensa y “civilizar” la vigente formación integral de los futuros jefes del Ejército, modificará sensiblemente el régimen de la Academia General Militar de Zaragoza.

Algunos expertos ya se han pronunciado públicamente sobre la futura Universidad de la Defensa. El general Calderón, el almirante Miguel Fernández y el general Antonio Nogueras han coincidido en subrayar, en el Foro Milicia y Democracia, la dificultad de deslindar “cuanta enseñanza militar y cuanta civil se requiere para formar a los futuros oficiales” y, en todo caso, han destacado que “el carácter y el liderazgo en el mando requieren un centro estrictamente militar”.

Algunos sistemas extranjeros, como el alemán y el estadounidense, apuestan por el modelo universitario y otros, como el español, mantienen el esquema de los centros docentes estrictamente castrenses, aunque con presencia de profesores civiles. El debate está abierto y del grado de reformismo azañista de Zapatero y de su ministro de plena confianza, Alonso, quien suele manifestar su desinterés por el pasado y su obligación de “mirar al futuro”, dependerá la mayor o menor resistencia de la oposición política y corporativa a la reforma. En todo caso, el portavoz socialista en materia de Defensa, Jesús Cuadrado, se muestra convencido en que la reforma de las academias de oficiales de Zaragoza, Marín y San Javier “irá adelante” y será un modo de enriquecer los cuadros de mando de la escala superior con soldados que realicen su carrera a través de la futura Universidad de la Defensa y con licenciados de universidades civiles.

El azañismo de Zapatero

El ex ministro José Bono ofreció la primera pista sobre el azañismo de Zapatero hace dos años, cuando avanzó la idea de suprimir la palabra “guerra” de la actual Constitución –la Constitución republicana renunció expresamente a la guerra y la guerra acabó con ella-. Después reforzó a través de la nueva Ley de la Defensa Nacional –rechazada por el PP- el poder y la capacidad de mando directo del presidente del Gobierno. “Comandante Zapatero”, le llamó Bono a bordo del portaeronaves Príncipe de Asturias ante los miembros de la Junta de Jefes de Estado Mayor (JUJEM) que acaban de aprobar el nuevo Plan Estratégico de la Defensa.

Desde entonces, las reformas han sido imparables y silenciosas. La centralidad del mando ha comenzado a ejercerse a través del jefe del Estado Mayor de la Defensa, general de Ejército Félix Sanz Roldán, y del Mando de Operaciones que ostenta el teniente general Bernardo Álvarez del Manzano. De él dependen todas las misiones en el exterior y las fuerzas proyectables.

Los servicios de inteligencia e información militar han experimentado asimismo una reforma profunda, con dependencia efectiva del Estado Mayor de la Defensa. Y la creación de la Unidad Militar de Emergencias (UME) ha venido a culminar la pérdida de poder de los cuarteles generales a favor de la centralidad. El jefe de la UME, con dependencia directa de Zapatero es el teniente general Fulgencio Coll, el mismo que se enfrentó al norteamericano Ricardo Sánchez, que entró a sangre y fuego con sus tropas en la zona asignada a España en Irak, y retiró a los soldados españoles. Él se perfila a medio plazo como el futuro Jefe del Estado Mayor de la Defensa en sustitución de Félix Sanz, que desea ser destinado a la OTAN.

Si el azañismo reformador de Zapatero resulta más que evidente para los militares que lo viven de cerca, no aparece como tal para los ciudadanos. Y es que, como antes decíamos, y a diferencia de Azaña, intelectual de grandes palabras y fuertes decisiones, Zapatero prefiere la propaganda de los hechos.