Las putas de Regine que frecuentaba en Marbella Bin Laden antes de ser asceta, enseñaban las tiras del sostén después de las tetas sueltas del 68, antes de que el wonderbra hiciera una enmienda a la totalidad del feminismo. La ropa interior cara de París se impuso en el harén civil, porque no hay nada que sea más excitante que la lencería en un paisaje nudista. Luego aparecieron las chicas del Nabila, efébicas, con pechos limón, lejos de la estética musulmana. La Milla de Oro fue y es una zorrera.

No sé si los árabes quisieron reproducir en Marbella aquel harén de Córdoba, el mayor del universo, con 5.000 esclavas. Ahora añoran y reclaman Al Andalus, pero se van a los prostíbulos y las casas de masajes; no recuerdan que, aquí, las mujeres no iban siempre veladas, gozaban de una igualdad utópica en la Arabia de hoy y llegaban a ser astrónomas y poetas.

Milady Palace, en el kilómetro 177 de la carretera de Cádiz, entre Marbella y Puerto Banús, estuvo triste en las primeras semanas de agosto. Ese majestuoso club, que frecuenta Carmen Rigalt, nació con vocación de serrallo para el séquito. Solo se oían los tristes lamentos de los ruiseñores. Se decía que el palacio de El Rocío, la segunda residencia de la familia saudí, estaba en venta. Al fin, ha aparecido el príncipe Salman y se han alegrado las putas y los jardineros, El Corte Inglés y los joyeros. Los empresarios le dan la bienvenida y dicen que la Familia Real saudí reactivará la economía.

Los cortesanos buscan vino, miel y huríes en esta vida. Los jeques e imanes piden las putas y los relojes por docenas y dan joyas de propina, joyas baudelerianas que tienen en sus días dichosos las esclavas de los moros. Y las pobres podrían cantar, cuando salen de los yates, aquella copla popular recogida por Camilo José Cela: Ay salero, salero / con el coño se gana dinero.

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