La Coctelera

Caffè Reggio

Un lugar de encuentro, para leer juntos

25 Agosto 2006

Jóvenes como producto social, de Eulàlia Solé en La Vanguardia

A los jóvenes solemos reprocharles determinadas conductas, siendo los propios padres quienes más se inquietan por lo que hacen o dejan de hacer, por si estudian o no, por si salen o entran. No obstante, deberíamos reconocer que ellos son producto de la sociedad que entre todos vamos construyendo.

Jóvenes y adultos establecemos relaciones mutuas, conformando un contexto social que determina tanto las actitudes y comportamiento de la juventud como sus posibilidades de labrarse un camino satisfactorio. Por lo demás, en la edad de crecimiento físico y emocional, las normas establecidas acostumbran a despertar una sensación de estrechez que induce a liberarse de lo que se vive como limitación de la personalidad.

Ante lo que adolescentes y jóvenes califican de reglamentación de los mayores, el tiempo libre se les aparece como un espacio de autonomía, aunque de hecho se trata de una percepción ilusoria. Por lo común, para divertirse no sólo necesitan del dinero que procede de sus progenitores, sino que utilizan ofertas que provienen del mundo sustentado por los adultos. También es verdad que apercibirse de esto requiere por parte de los jóvenes una capacidad de análisis poco corriente.

El arquetipo liberador por excelencia lo constituyen las discotecas, pese a que hay muchos jóvenes que prescinden de ellas. La discoteca ocupa un lugar preeminente en el imaginario juvenil, pasando por alto que también en ella se generan normas y rutinas. Estereotipos que los jóvenes creen instaurados por ellos mismos cuando en realidad es el sistema económico el que potencia sus gustos y los transforma en prácticas productivas. Toda una simbología a través de la ropa, el peinado o los piercings que conduce a muchos chicos y chicas a vestir diferente los días laborables o los fines de semana. No es que vayan más compuestos, es que mudan de estilo. Viene a ser una ruptura con lo convencional que al cabo se convierte asimismo en usanza. Rituales que el mercado se preocupa de fomentar incluso en los tiernos consumidores, siendo la muestra más flagrante la existencia de discotecas infantiles. ¿Hacia dónde se desea, pues, encaminar el ocio y el consumo de la juventud?

Esta juventud que estudia, trabaja o está desempleada, y que padece una característica de nuestra sociedad: en un lado se hallan el aprender y el trabajar; en el otro, el divertirse. Dicotomía que en lo primero presupone disciplina y tedio, y en lo segundo, entretenimiento y libertad. Perniciosa separación que niega entusiasmo e interés al quehacer de instruirse y ganarse la vida, en tanto que adjudica a la diversión unos atributos compensatorios que a menudo resultan decepcionantes. Bifurcación creada precisamente por el mundo de los adultos y transmitida a niños y jóvenes.

En medio de tales errores, los padres buscan una receta para encarrilar bien a sus hijos. Querrían que su proceder se hallara lejos de cualquier acto antisocial o peligroso para sí mismos. Dicen los manuales educativos que hay que escucharles; que hay que entender qué quieren expresar y luego contestar argumentando; que ha de haber coordinación con la escuela, ya que algunos progenitores achacan a los maestros la mala formación de sus retoños sin advertir que esperan lecciones que ellos contradicen.

Una cuestión poliédrica cuyo meollo emana del sistema social que los jóvenes encuentran vigente, el que estamos creando todos y cada uno de nosotros con nuestras actitudes y forma de vida.

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