Entonces apareció el libro. Estaba sobre el felpudo, a los pies de nuestra puerta. No sé cuánto tiempo estaría a solas en el oscuro descansillo, ni siquiera quién lo puso allí. El caso es que cogí el libro. Me ganó sólo con su aspecto. Me puso tierno. El libro era como uno de esos niños que se abandona a la puerta de un hospicio. Qué pena de libro. Lástima que no dejaran ni un aviso.

El brillo satinado de sus páginas era como un guiño, un saludo, un «aquí estoy yo, ábreme, por favor». Entonces pensé que algún despistado habría cometido un error al enviarnos ese libro, porque en mi casa somos pobres y, hasta la fecha, lo único que habían dejado sobre el felpudo era la guía telefónica, donde ni siquiera aparecemos.

Este libro era tan tímido que no se atrevió a llamar a la puerta. Qué libro más extraño, pensé, y cuánto pesa. Parece un buen libro, un libro caro, con mucha fotografía y a todo color. Al abrirlo aparecieron los caretos de unos cuantos «arecistas» y la publicidad de unos cuantos reputados constructores. Entonces comprendí por qué pesaba tanto el libro, pues resulta que había sido financiado con cemento.

Maldito libro, si parece que está vivo, ¿cómo habrás llegado hasta aquí? Le pregunté, pero no me contestó. El problema del libro es que no tenía autor o que su autor no quería saber nada del libro. Lo cual que el libro era huérfano de padre o de madre y, según indicaba en una de sus páginas, lo habían parido junto a otros miles allá por Leganés, aunque esto último, según me cuentan, lo habría que confirmar. De momento, lo tenemos en casa, junto al televisor, porque adorna mucho, pero no le damos de comer hasta que no largue quién lo mandó escribir.